LIBRO: Los Sueños de un chamán


LOS SUEÑOS DE UN CHAMÁN

Visiones Oníricas en los

Andes de Perú


ÍNDICE

PRESENTACIÓN
CAPITULO I
La Iniciación
La Ñusta Choquechaca
La Waka Titije qotaña
La Waka Sillustani
La Ñusta Tomasiri
Las sirenas del lago
El destino
La Chullpa
Las siete Ñustas
El llamado de la Voz
Los egos apresurados
Mis espejos
El sonido de la Pachamama
La vanidad
Las heridas del alma
La despedida
El retorno al lago
Despertando mi conciencia
La Wachuma
El regalo de los ancestros
La Chakana
La purificación
 
CAPITULO II
La bendición del Apu Sinaq’ara
La Waka Miculla
La soberbia
El Apu Illapa
El control
La Waka Wilka Wawawara
El Apu Ausangate
El Apu Wamanlipa
El Apu Chaupi Orqu
El Apu Sinaq’ara
El Apu Tunupa
La Waka Tiahuanacu
El Apu Wichinqallu
La Ñusta Umantu
La Ñusta Quana
El Apu Misti
El Cheq’a thaqui
La Waka Raqchi
La tierra de los reptiles
 
CAPITULO III
La bendición de la Ñusta
El guardián de la montaña
El guía de los guardianes
El Qullana Apu
Las sirenas
La quebrada Takana
La Waka Choquequilla
Detrás de las sombras
La Waka Puma uta
El hospedaje
 
CAPITULO IV
El Apu Salkantay y las ñustas
Las heridas de la infancia
Los Conflictos de la adolescencia
El miedo a cambiar
El primer trabajo
El fracaso de un viaje
La danza de mi abuela
Inca
El dinero
El Tras tatarabuelo
EL retorno del tras tatarabuelo
La identidad perdida
El cuti
La Waka Huanaq Qahuarin
El Ancestro olvidado
La deuda pagada
En busca de la maestra
El valor de la sinceridad
El empoderamiento
Waka Paucartambo
La renovación
El llamado de los vientos
Los Programadores
Las raíces lejanas
Las memorias olvidadas
El cierre de un ciclo
Glosario
 
  

PRESENTACIÓN

 

 Estimado lector(a),

Jaime Durand, Qollana Apu, es un Chamán (Yatiri), de las montañas, el lago Titicaca y las wakas. Lleva la voz de su linaje de curanderos andinos y de sus guías espirituales, desde que fue señalado por el Apu Tunupa, mensajero del Rayo. Cada piedra, cada territorio, cada espacio guarda memorias accesibles a quienes están abiertos a recibirlas.

Los sueños de un Chamán, es una colección de historias surgidas en los últimos años de recorrido como Sanador Andino. Cada sueño refleja una vivencia personal que se presentó antes o después de visitar un territorio sagrado, de estar frente a su altar al pedir la resolución de un problema en particular, o de acompañar a personas en ceremonias de sanación.

Los Apus y las Ñustas, a través de los sueños, le revelaron sus dones, fortalezas, habilidades y bendiciones, pero también sus defectos, heridas, remordimientos y cargas ancestrales. Ellos perciben lo que el corazón y el alma guardan en silencio. Cuando surgen dudas, le orientan y le indican las pautas para realizar un ritual o ceremonia específica.

Al adentrarte en estas páginas descubrirás que son mensajes provenientes del mundo de los sueños, que te ayudaran a ampliar la visión sobre los espíritus de las montañas, lagos, lagunas, pampas, templos antiguos y plantas maestras. Ellos y ellas están dispuestos a guiarte para comprender desde una mirada más elevada la situación que atraviesas y así tomar mejores decisiones. Al honrarlos te acompañarán para que puedas sanar heridas, miedos y traumas de distintas etapas de tu vida, y también para mejorar tu relación contigo mismo, con tu padre, tu madre, tus abuelos y abuelas.

Este libro también busca despertar en el lector una interpretación de los sueños, propia y abierta, en sintonía con su crianza, su formación académica, su entorno cultural y su manera de comprender la vida.

Invito al lector a sumergirse en estas páginas con la misma curiosidad con la que uno se acerca a un manantial en la montaña: con respeto, con sed de claridad y con la certeza de que el mensaje que brota aquí puede refrescar la mente y el espíritu.


CAPITULO I


La Iniciación

            Sentado al borde de la cama, en una habitación donde los días eran tan grises como el polvo acumulado en las ventanas, comprendí que aquella ciudad no tenía horizonte para mí. Decidí marcharme en busca de un destino nuevo.

Esa noche, tras décadas de silencio, se me apareció mi madre. Su voz, suave como el murmullo de un arroyo en la montaña, me aconsejó que lo acompañara. Al despertar, una sensación de tranquilidad recorrió mi alma, aunque permanecía la duda sobre a quién debía seguir.

Con el paso de los días, empecé a visitar los fines de semana a mi padre, que vivía en otra ciudad más al sur. Conversábamos, y yo sentía que estaba allí únicamente para escucharlo. Él padecía una enfermedad del alma, un mal desconocido que lo acompañaba desde la pérdida de mi madre, cuando yo apenas tenía once años. Cuatro meses después de aquel anuncio, decidió partir hacia otros planos, y con él se cerró una etapa de mi vida.

Por aquel tiempo me adentré en los misterios de lo inexplicable, investigando curaciones ancestrales y otras medicinas alternativas. Aprendí los primeros pasos: preparar ofrendas denominada despacho para los Apus y la Pachamama, saberes que mi abuelo, bisabuelo y bisabuela dominaban, pero que nunca me transmitieron en vida. Asistí a la fiesta del Willka Cuti, en Tihuanaco, y sentí que allí se abría un nuevo camino.

A los pocos meses regresé a la tierra de mi nacimiento, a orillas del lago Titicaca. Volví con la intención de quedarme largo tiempo. Limpié el cuarto cubierto de polvo, moví trastos viejos y, en un rincón de maderas y muebles apilados, encontré nuevamente un cráneo humano. Lo habían hallado en una excavación cerca de la casa. Mi padre le había construido una pequeña casita de madera, donde mi madre encendía velas blancas para que protegiera el hogar. En ocasiones lo llevábamos oculto en una bolsa hasta la iglesia del pueblo, para que escuchara misa. Ese cuerpo óseo era temido y respetado por todos nosotros.

Decidí que había llegado el momento de que continuara su viaje a otros mundos. Preparé una ofrenda y lo entregué al fuego. Aquella noche, sin embargo, se me presentó en forma de pesadilla: estaba descontento con mi decisión unilateral. Desperté asustado, sin saber qué hacer. Entonces preparé otra ofrenda, esta vez con respeto y pidiéndole permiso. Deposité sus restos al pie de un árbol frondoso, confiando en que la Pachamama lo acogería. Me fui a dormir temeroso, sahumando los ambientes y esperando que todo marchara bien.

En las primeras horas de la madrugada apareció un anciano de barbas blancas acompañado de una mujer joven. Conversaron entre ellos y, luego, con un bastón de madera examinó mi cuerpo de pies a cabeza. Golpeó varias veces en un punto preciso, como si allí guardara un secreto que descubriría solo años más tarde. Sentí entonces una calma profunda. Les hablé telepáticamente, preguntando qué hacían. La mujer, tomando su muñeca izquierda, me respondió:

—Tienes la piel de piscis.

Luego desaparecieron.

Después llegó otro anciano, cargado de lujuria, que jugaba con mis partes íntimas, y tras él una mujer que me besó en la boca. De inmediato ambos se marcharon. Entonces desperté en un pueblo oscuro, apenas iluminado por luminarias. Con miedo me atreví a recorrer sus calles, hasta que varios leopardos surgieron de las sombras y comenzaron a perseguirme. Trepé desesperado a un poste de luz, y uno de ellos estuvo a punto de alcanzarme con sus garras. En ese instante, una voz metálica descendió del cielo y me preguntó:

—¿Qué harías en esa situación?

Protegido por aquella voz, mi mano se transformó en metal. Cuando el felino la mordió, tuvo que retirarse. La voz me felicitó por mi acción y me prometió que estarían cerca para guiarme. Desperté con el alma llena de energía, sin palabras para describir aquel acontecimiento divino.

Al tender la cama sentí que mi cabeza quería volar. Creí que sería algo pasajero, pero con el transcurso de las horas la sensación se repetía. El miedo a perder la razón me estremecía, pues había escuchado historias de quienes, tras experiencias semejantes, aparecían en medio de la montaña, sucios y con la ropa hecha harapos.

Guiado por el instinto, preparé otra ofrenda y la enterré, pidiendo a los guías espirituales y a la Pachamama que me sostuvieran. Al caer la tarde, los malestares comenzaron a disiparse.

Se abrió una gran puerta y, ante mí, surgió la oportunidad de atravesarla. Para ello necesitaba encontrar a los maestros y maestras que me acompañaran y revelaran los secretos de la Tradición Espiritual Andina.

  

La Ñusta Choquechaca

Recorrí los antiguos senderos del Apu Qhapia, cuyas paredes parecían dibujar la silueta de una inmensa olla donde el eco devolvía, con fidelidad intacta, los gritos y los cantos. Con el paso de los meses empecé a llamar a esa waka Taipi Ñusta. En un año lejano caminé en soledad, desde la oscuridad de la madrugada hasta el primer resplandor del amanecer, decidido a enfrentar las sombras que habitaban en mi interior. En el horizonte, la claridad del alba anunciaba la llegada del sol. Allí preparé una ceremonia karpay para alcanzar al Huayna Qhapia y a Tatito Jesucristo, uniendo en la plegaria la fuerza de la montaña y la Pachamama.

Agotado, cerré los ojos y caí en un sueño arrollador. En medio de ese trance se me apareció un humanoide gigante, de aspecto temible, que me observaba como si me hubiera reconocido de otro tiempo. Desperté con un sobresalto. Días después, una voz de mujer susurró en mis oídos:

—Te invito a mi casa, tengo mucha plata y oro.

Con los años comprendí que no era un simple ofrecimiento, sino una prueba para tentarme a tomar el camino de la codicia.

En el retorno a mi casa me detuve en un recodo del camino, donde de las grietas de la roca brotaban aguas cristalinas. Los comuneros habían construido con piedras un pequeño pozo para dar de beber a los animales que pastaban en los alrededores. Me incliné para recoger un poco de agua. No llevaba flores, bebida ni dulces para entregarle en ayni, así que opté por obsequiarle una canción intuitiva, nacida desde lo más hondo de mi corazón. Al amanecer sentí la presencia suave y profunda de la energía femenina de esas aguas.

Pasaron los días y los meses, y el recuerdo de aquel encuentro permaneció vivo, como una semilla en mi memoria. Un día regresé al mismo lugar, guiado por la intuición, llevando una ofrenda más elaborada para sellar una alianza. Estaba dispuesto a convertirme en puente entre la Ñusta y las aguas, y así continuar en el sendero de la sanación.

  

La Waka Titije qotaña

Cerca del pueblo de Juli, en la región de Puno, emprendí un viaje hacia la waka de Willka Uta, un portal de piedra erguido a orillas del lago Titicaca, centro energético donde se abren caminos hacia dimensiones invisibles. En ese recorrido conocí a una mujer de tierras lejanas, de cabellos rubios y mirada clara. Entre nosotros nació una amistad profunda y sincera, como si hubiéramos esperado siglos para encontrarnos.

Una tarde visitamos los waruwaru: camellones elevados de tierra, de formas circulares, rodeados por canales de agua, cerca del poblado de Acora. Desde tiempos antiguos allí se sembraban papas, quinuas y otros granos del altiplano. Eran vestigios venerables de un mundo remoto. Años más tarde supe que en la década de 1990 habían sido reconstruidos siguiendo huellas casi borradas por el tiempo, cuando su utilidad ancestral ya se desvanecía.

De madrugada observé, desde cierta distancia, a mi amiga correr con alegría entre los camellones, con la sonrisa plena de una niña. Más allá, otra mujer, de piel morena y cabellos oscuros, realizaba un ritual ancestral sobre una mesa cubierta con un mantel. Bajo ella ardía un pequeño plato de sahumerio, y el humo blanco ascendía hacia los cielos como un rezo. A un costado, en una asta, flameaba una bandera anaranjada que anunciaba su linaje. Hacia el este, una anciana en cuclillas —al principio confundida en mi visión con un abuelo— resplandecía como una sabia sonriente, en completa calma.

Alrededor del círculo, varias mujeres vestidas como guerreras custodiaban el lugar, montadas sobre máquinas semejantes a pequeñas naves voladoras. Antes del amanecer, todavía entre sueños, sentí en mi cuerpo un placer profundo, tan real que me acompañó hasta el instante de abrir los ojos.

 

La Waka Sillustani

Arribé al complejo de Sillustani alrededor de las tres de la tarde, en una movilidad local. En la garita de control, a la entrada, pregunté al vigilante dónde podía armar mi carpa para pasar la noche. El hombre respondió con desconfianza, como si guardara un secreto. Busqué entonces a otras personas, esperando mejor suerte. En la carretera intercepté a una mujer de carácter sereno, que me orientó con amabilidad sobre dónde quedarme. Seguí su consejo y levanté la carpa frente a la laguna que abraza parte del complejo. En mi interior presentía que aquel era un lugar movido, donde la energía densa se manifiesta con mayor fuerza al caer la noche.

Al atardecer contemplé las siluetas de las construcciones, a unos doscientos metros, erguidas en lo alto del horizonte como guardianes inmortales. Recordé mi primera visita, en un febrero de lluvias, cuando fuimos guiados por un amigo paqo. Antes de dejar el recinto, le pregunté dónde podía conseguir un meteorito caído desde tiempos remotos, para colocarlo en mi altar personal. Con naturalidad señaló una piedra casi enterrada. La recogí: era más pesada que una roca común y, al limpiarla, descubrí que era negra como el carbón, con destellos plateados. La guardé en mi mochila como quien resguarda un tesoro.

Tiempo después, ya en mi casa, realicé un ritual de conexión para conocerla. De pronto me vi trasladado a un hospital repleto de enfermos. Algunos permanecían en sus camas; otros eran conducidos en camillas por hombres vestidos de blanco. Caminé por pasillos interminables, habitaciones y corredores que poco a poco se oscurecían, hasta llegar a un sótano de luz difusa, tétrica. Allí, de repente, me encontré en otro espacio iluminado, donde una mujer daba a luz. Envolvieron al recién nacido en pañales limpios y me lo entregaron. Lo sostuve en brazos con emoción paternal. Entonces, de entre sus pañales, sacó un libro grueso. Abrió la página central y me mostró símbolos y dibujos indescifrables, hablándome en un idioma extraño. Lo único que comprendí fue cuando mencionó los nombres de las pirámides de Egipto.

Al borde de la laguna, saludé con respeto a los guardianes y a las sirenas invisibles que la habitan, ofreciéndoles dulces de colores y quintus de coca, para que las olas llevaran mi gratitud hasta las profundidades. La noche descendió lentamente hasta cubrirlo todo con su manto. Bajo un cielo estrellado me recosté en el suelo duro. Entre sueños sentí un peso extraño aplastando mi pecho. Reaccioné con valentía: el miedo se disipó y me dejé llevar de nuevo al mundo onírico. Desde el lado izquierdo de mis pies y muslos, entidades sombrías intentaron molestarme, confirmando que estaba en tierras tormentosas. Desperté enojado, encendí tabaco y, con bocanadas de humo, los reprendí con firmeza. Me sentí fuerte, dueño de mí, y volví a dormir.

Entonces aparecieron dos ancianos vestidos con ponchos y chullos de otras épocas. Los reconocí como sacerdotes guardianes del lugar. Me invitaron a challar, a bendecir las cuatro direcciones. Me entregaron dos vasos de barro, reliquias olvidadas por el tiempo: uno rajado cerca de la boca y amarrado con una cinta de cuero. Estaban llenos de chicha de maíz amarillo. Los sostuve, uno en cada mano, elevé el rostro al cielo y, con voz firme, saludé a los Apus y a la Pachamama, esparciendo el líquido espumoso hacia los cuatro rumbos.

  

La Ñusta Tomasiri

Me trasladé desde una ciudad de la costa hasta el pueblo de mi padre, en las alturas de los Andes, donde aún vivían mi tío y su esposa. Lo hice en motocicleta, con nervios de aprendiz: recién estaba aprendiendo a manejar y, en una larga subida, el motor se recalentó como si compartiera el esfuerzo de mis pulmones. Llegué al atardecer, cuando el sol se ocultaba tras las cumbres, y al encontrarme con mi tío, me recibió con temor y desconfianza. Me preguntó si no traía conmigo el virus, pues eran tiempos de pandemia. Sentí tristeza, tanto por el cansancio del camino como por la distancia que el miedo imponía entre nosotros.

Entonces fui al río a hablarle a la Ñusta, princesa de las aguas, para saludarla y desahogarme por el momento que me tocaba vivir. Esa noche soñé con una mujer de ojos penetrantes que me observaba en silencio, con una mirada tan fija que parecía atravesar mi alma.

Al día siguiente fui con todas mis kuyas a un lugar que bauticé como Ñusta Qamaña, aunque más tarde supe que se llamaba Tomasiri. Lavé mis piedras sagradas, agradecí la oportunidad de estar allí y les dediqué canciones intuitivas nacidas desde lo profundo del corazón.

En la noche me encontré en un terreno eriazo, donde el silencio parecía custodiarlo todo. Más allá, erguido como un espía siniestro, se alzaba un espantapájaros con nariz de loro y sombrero negro, que me observaba disimuladamente, como un mensajero de los laikas. Yo estaba acompañado de un pequeño gato que, al verlo, se abalanzó furioso contra su cabeza. Corrí a ayudarlo y le asesté una patada en sus piernas de trapo. En ese instante desperté con un sobresalto, pues el dolor era real: había golpeado con mi propio pie la pared de la habitación.

  

Las sirenas del lago

Por las orillas de la playa, poco antes del mediodía, caminé observando a los patos y a las wallatas deslizarse sobre el agua como si dibujaran con sus cuerpos antiguos códigos. Me detuve en mi lugar preferido para contemplar el movimiento sutil de las olas frente a la madre Wiñaymarca, el lago menor del Titicaca, cuyas aguas guardan la memoria de los ancestros.

Inicié entonces un canto de melodías monótonas, entrelazadas con frases en mi lengua materna. Mi voz se abrió paso en la quietud del agua cristalina y mansa, y tuve la certeza de que las energías femeninas que custodian las profundidades —aquellas de las que hablaban los yatiris en los círculos de conocimiento— escuchaban con atención mi deseo de conocerlas. Mi cuerpo se fue soltando, ligero, hasta quedar inundado por un sentimiento de felicidad perpetua.

Al amanecer, dos mujeres surgieron atravesando un manto invisible: una de carácter amistoso, con sonrisa de viento fresco, y la otra de semblante severo. Sus voces, dulces y firmes a la vez, me hablaron con la claridad de sus aguas, asegurándome que podía invocarlas por sus nombres siempre que deseara llamar sus fuerzas para acompañar en las ceremonias.

  

El destino

Conocí a una mujer de tierras lejanas; su sola presencia encendió en mí un fuego voraz. Hablamos largamente sobre misterios, sobre mundos invisibles y sobre esa otra vida que palpita más allá de lo que solemos llamar real. Su carácter libre me inspiraba confianza. Me confesó que su senda era de soledad y que en ella encontraba tranquilidad; aún no estaba lista para hallar un compañero con quien compartir sus días. Entre nosotros, sin embargo, nació una amistad sincera, clara como el agua que corre entre las piedras de los manantes.

Esa noche consulté al mundo de los sueños, pidiendo una señal que me guiara qué camino debía seguir y si aquel lazo podía transformarse en compañía de vida. Vi entonces cómo levantaba una tienda grande a un costado de una carretera solitaria para vender productos del campo. Un transeúnte me advirtió que allí no había feria; desanimado, decidí desarmarla. Subí a mi furgón y conduje con dificultad: el timón parecía resistirse y mis pies, de pronto, no alcanzaban los pedales del acelerador ni del freno. En esa distracción tomé un camino sin salida y luego regresé por el mismo. Intenté otra ruta, pero el sendero hacia mi casa se volvía desconocido, como si una fuerza del destino me empujara a mirar en otra dirección.

Junto a una laguna de aguas turquesas, me hallé en las faldas del Apu Ausangate, una montaña poderosa desde tiempos ancestrales donde en otras ocasiones había sido iniciado en el camino espiritual andino. Allí reconocí la presencia de dos paqos: uno era mi maestro y el otro un desconocido. El extraño me dijo con solemnidad:

—Tomémonos de las manos.

Formamos un pequeño círculo y, al enlazar nuestras palmas, sentí que las mías comenzaban a calentarse, como si en ese instante un fuego se encendiera en lo profundo de mi ser.

  

La Chullpa

En una habitación de una construcción antigua y en evidente abandono, acompañado de dos mujeres, me acerqué a cortejar a una de ellas, de carácter libertino, cuya presencia evocaba a la de una prostituta. Me recosté en su cama y la acaricié, deseando la intimidad de su cuerpo sensual. La abracé, pero en un instante se me escapó un pedo. Ella, horrorizada, me expulsó de su lecho. Avergonzado, lo negué, alegando que quizá el olor provenía de mis calcetines. Me apresuré hacia la puerta para abrirla y ventilar la habitación del hotel. Les sugerí que en la avenida principal había hospedajes mejores, por el mismo precio de treinta soles.

Ambas mujeres decidieron ir a bañarse a otro ambiente, ya que la habitación no contaba con baño privado. Las acompañé hasta cierta parte y, al regresar, encontré mis calcetines cerca de la puerta, como si los hubieran dejado allí a propósito por su mal olor. Luego me recosté en mi cama. Al poco rato la mujer sensual volvió y se acostó sobre mí. Esta vez, antes de entregarnos, debía escuchar el latido de su corazón y el mío. La acerqué con mis manos, seduciéndola, pero su cuerpo, pesado como una piedra fría, me impedía sentirlo. Nos levantamos enseguida, como si su pecho helado rechazara el calor de mi corazón. Entonces dijo que había llegado la hora de emprender un viaje en el ómnibus que la aguardaba.

Antes de partir, las acompañé a una bodega donde vendían golosinas y bebidas de toda clase. Cada quien escogía lo suyo para comer durante el camino. Un hombre que viajaba con ellas, como si fuera su guardaespaldas, comenzó a recoger de los estantes pan dulce, galletas y helados. Yo solo tenía unas cuantas monedas en la mano y reclamé que no pagaría lo que él pretendía cargarme. La cajera, molesta, se negó a venderme una bolsita de dulces que ya tenía en mis manos. Salí enojado de la tienda, convencido de que encontraría otra en el camino.

El bus aguardaba únicamente por nosotros. Decidí viajar también, atraído por aquella mujer sensual. Pero al intentar sentarme, descubrí que estaba solo; sin otra opción, me acomodé en la parte delantera. A mi costado, un asiento vacío parecía acompañarme. Alrededor, la mayoría de los pasajeros eran hombres silenciosos.

En el trayecto recordé relatos de los abuelos: decían que las chullpas son espíritus que habitan bajo la tierra, en el mundo de abajo. Seres de otros tiempos que, en ciertas horas o días del año, se aparecen ante los vivos tomando la forma de un conocido —una mujer, un marido, una amante— para seducirlos y poseerlos. Una de las maneras de detectarlas, aseguraban, era tirándose un pedo o arañando la tierra, gestos que las incomodan y las delatan. Si llegara a consumarse la relación, el mortal enfermaría, perdería el ánimo y la vitalidad, e incluso podría morir si no recibía el tratamiento adecuado.

La cura consistía en hallar, cerca del lugar del encuentro, huesos de la chullpa y preparar con ellos un mate, añadiendo un poco del polvo del hueso para que lo bebiera el afectado.

Un paqo de la comunidad Q’ero me contó la historia de un hombre que descansaba en su casa del campo cuando apareció, de improviso, su mujer. Sin embargo, en sus gestos había algo extraño que lo hacía dudar. Ella lo invitó a acostarse. El hombre, desconfiado, ató a su tobillo la punta de un ovillo de lana de alpaca. Tras el acto carnal se quedó dormido hasta el día siguiente. Al despertar, no había rastro de su esposa; solo encontró el hilo extendido por el piso. Lo siguió hasta unos montículos de piedra, donde halló que el ovillo estaba atado a un hueso antiguo manchado con semen. Enfurecido, quemó todos los huesos para romper los lazos con aquella entidad del mundo de los muertos.

 

Las siete Ñustas

Después de la experiencia con las chullpas pasé el día exhausto, sin energías, abrumado por pensamientos que me empujaban hacia un abismo sin retorno. Me sentía incomprendido y vulnerable. Antes de dormir realicé un ritual sobre un plato: coloqué flores rojas y rosadas, y vertí aguas recogidas de distintos centros energéticos.

Una provenía de una playa del lago Titicaca; otra, de Copacahuana, obtenida de un manante escondido al pie de un cerro visitado por peregrinos. También traje agua de Putuputuni —cerro con muchas cuevas—, donde existe una de gran tamaño de cuyas grietas brotan gotas cristalinas que, según los comuneros, aseguraban curar las enfermedades de los ojos.

Incluí agua de Ñusta Qamaña —“donde vive la princesa”—, sitio del que mi familia aún recuerda historias fantásticas: la aparición de un pez monstruoso que dormía en sus orillas como guardián del portal.

Otra agua provenía de Poccona, recogida en el camino hacia la cima de la montaña Mama Juana, también llamada Quana o Janqu Tayca. Los abuelos contaban que en noches escogidas allí se abría una ciudad iluminada. El riachuelo que desciende del cerro forma pequeños pozos donde antaño habitaba el maure, pez oriundo del altiplano.

Añadí además agua de Chojña Cocha, procedente de los deshielos del Apu Sinaq’ara, cuya energía es como un hielo que quema. Recordé que una vez, al bañarme allí, tuve que enfrentar mis propias sombras, temblando de miedo. Finalmente sumé agua de Choquechaca, recogida en uno de los caminos que conducen al Apu Qhapia, Janqu Auqui.

Inicié cantos de melodías melancólicas y, poco a poco, la tristeza se transformó en himnos de gratitud y fuerza. Abracé mi cuerpo como quien vuelve a reconocerse y esparcí gotas de aquellas aguas con las flores sobre cada rincón de mi casa, invocando el buen vivir, la alegría y el agradecimiento hacia la Pachamama y las ñustas del agua.

Después me encontré en un taller eléctrico ajustando tornillos en una pared. Había colocado dos y faltaban otros dos para completar los cuatro. El jefe del taller, con aire severo, me encargó instalar uno más antes del final de la jornada. Yo, confiado, sentía que lo lograría sin dificultad.

En otra escena aparecí en una galería de exposición fotográfica. Las obras eran de un amigo fotógrafo, pero mi tarea consistía en firmar con autógrafos las piezas vendidas, como si fueran mías. En el fondo me corroía el miedo de que descubrieran la farsa. Los críticos murmuraban que aquellas fotos tenían un alma débil.

De pronto ingresaron al lugar varios hombres que se presentaron como dirigentes sindicales y convocaron a sumarse a una manifestación. Sentí que en cualquier instante descubrirían mi presencia. Con apuro me puse unos pantalones holgados y los aseguré con un cinturón para poder huir. El guardia de seguridad quiso detenerme en la puerta, pero logré escabullirme por unas escaleras laterales, dejando atrás la galería como quien abandona un engaño.

En el camino recapacité: debía regresar para completar un curso de capacitación, como si se tratara de aprender a gestar mis propias obras. Estaba convencido de que el aprendizaje sería sencillo.

Más tarde entré a un viejo departamento de un edificio en ruinas. Sus habitaciones estaban descuidadas, con filtraciones que rezumaban desde los pisos superiores, y sentí que en cualquier momento estallaría una plaga de ratas. En una de las estancias, en mejor estado que las demás, hallé a mis familiares viviendo allí. Les recomendé trasladarse a otra casa más abajo, más sana y segura.

El viaje prosiguió en el auto de mi hermano menor. En el trayecto por la montaña, el motor comenzó a fallar y descubrimos que el líquido de la batería se fugaba como un chorro de agua. Nos vimos obligados a detenernos en unas casitas al borde de la carretera. Pedimos pegamento, pero el comerciante aclaró que ese material solo podía solicitarse al distribuidor con anticipación.

Revisamos el motor de nuevo: la fuga era mínima, casi inofensiva. Sugerí continuar sin mayores preocupaciones, pero otro hermano insistió en buscar ayuda. Dejamos al menor cuidando el coche y pedimos a los vecinos que lo asistieran. Finalmente encontramos el pegamento necesario y, aunque resolvimos el problema, comprendimos que llegaríamos más tarde de lo previsto.

  

El llamado de la Voz

En una ceremonia en la que participaba me pidieron cantar. Con inseguridad respondí que lo haría después, como quien pospone un destino inevitable.

De regreso compartimos el viaje con una mujer que integraba un grupo de cinco personas. Íbamos desde la ciudad capital hacia una ciudad del sur del país. Sentí una atracción inmediata por aquella mujer hermosa, que llevaba consigo a su pequeño hijo: un niño que parecía demandar más de lo que sus manos podían ofrecer. Comprendí entonces que ella buscaba, quizá sin expresarlo, a alguien que la ayudara en su cuidado, pues el trabajo la mantenía ocupada la mayor parte del tiempo.

Así fue como, sin esperar más, comencé a acercarme a ella con esmero, como si su compañía me invitara a descubrir mi propia voz.

  

Los egos apresurados

El 15 de agosto es día de feria en mi pueblo, cuando se celebra la festividad de la Virgen de la Asunción. Las calles se desbordan de comerciantes y artesanos venidos de tierras lejanas que ofrecen utensilios de barro: ollas, platos, tazas, vasos y fogones, con precios que varían según tamaño y calidad. También venden pequeños animales de arcilla, multicolores, que las madres compran para alegrar a sus hijos e hijas.

Caminé por el centro de la plaza, distraído entre la multitud que se arremolinaba frente a los puestos. Deslumbrado por la algarabía de los vendedores, olvidé que debía acompañar a un familiar hasta su casa. Cuando al fin lo recordé, la tarde ya había oscurecido. Corrí apresurado y, al alcanzarla, me recibió con disgusto, mirándome con fría indiferencia.

Avanzamos juntos hasta una esquina de la plaza, donde unas mujeres —entre adultas y niñas— atendían alrededor de una mesa vacía. Yo llevaba sujeto con una soga a un toro que, en un descuido de la realidad, se había transformado en un enorme cerdo macho. Lo acerqué a la niña y le pedí que lo castrara. El animal, dócil, se echó sin resistencia sobre la mesa. Ella hundió el cuchillo en la piel con precisión quirúrgica, extrajo un pedazo de carne con nervios rojos, luego un testículo enorme y finalmente el segundo. Untó pomada sobre las heridas abiertas, como si dominara un arte de curación aprendido siglos atrás. Me pidió siete soles por la operación, pero enseguida corrigió a cinco, aclarando que era por ambas extracciones. Le pagué con disgusto, convencido de que el costo era desmesurado.

Mi familiar, de pronto, ya no era la misma: se había transformado en una mujer de carácter áspero, como roca dura. En medio de la plaza me encontré con un amigo paqo, heredero de un linaje ancestral de la zona quechua de Puno. Enterado de nuestros conflictos, tomó a la mujer y la condujo a un espacio privado para reprenderla con firmeza, no sin antes entregarnos un bebé recién nacido para que lo cuidáramos.

Más tarde abordamos una camioneta amplia, de asientos generosos, y aguardamos cómodamente su regreso. A los pocos minutos la radio transmitió un mensaje suyo, convocando a otras personas como si pidiera ayuda. Preferimos callar, como si nuestra compasión estuviera herida.

Rumbo a la ciudad blanca viajaba cómodo y confiado, hasta que el vehículo se detuvo sin causa aparente. No pregunté por el percance: descendí cargando unas mantas pesadas y subí una cuesta que conducía a un pueblito a la entrada de la ciudad blanca. Apresuré mis pasos para no ser alcanzado por el bus cuando reanudara la marcha, temiendo quedar en ridículo frente a los demás pasajeros. Me convencí entonces de que los procesos apresurados y desconocidos alteran negativamente los resultados.

 Mis espejos

Los rostros pálidos de varias personas se mostraban complacidos al escuchar mis relatos de historias fantásticas y misteriosas. Viajábamos en un bus que, tras un largo trecho, arribó a una ciudad de calles silenciosas, donde los pasajeros comenzaron a descender. Entre ellos, cinco jóvenes, con la serenidad marcada en sus pasos, se apartaron del grupo para seguir otros rumbos, como si ya hubieran cumplido con la parte que les correspondía.

El resto, conformado por mujeres, eligió hospedarse en un hotel lujoso. Yo, con humildad, les advertí que mi boleto no incluía el costo de aquel alojamiento y que prefería buscar un hotel más económico donde pasar la noche. En mi interior, una punzada de arrepentimiento me recordó que debí quedarme en el pueblo anterior, donde estaba mi casa; pero el corazón, sabio e intuitivo, me empujaba a permanecer cerca de ellas y a participar en la reunión de despedida en esa ciudad serena.

Antes de separarnos, ellas me aseguraron que más adelante regresarían en otro viaje para continuar conociéndonos. Una de ellas, con un gesto inesperado, me regaló un beso en la mejilla. Sin embargo, entre los presentes, un joven me miraba con antipatía, con esa expresión confusa que busca excluir al intruso de la última fiesta. Su gesto me recordó que ese mismo defecto también habitaba en mi interior.

 

El sonido de la Pachamama

Mi hermana me pidió que visitara a una abuela que canta canciones sanadoras, para recibir de ella el canto destinado a la recuperación de la salud de su esposo y de otra persona más. Ocupada en sus quehaceres, confió en mí y en la abuela curandera, aclarando que ya había depositado el dinero por sus servicios. Yo, en silencio, pensaba en mis propios cantos intuitivos que brotaban del corazón; sin embargo, reconocí que era una oportunidad para aprender, escuchar su voz y comprender el misterio de su ritual.

La abuela me recibió con dulzura en su casa e inició la ceremonia mirando hacia el sur. Saludó con reverencia a los espíritus protectores, dibujando en el aire la señal de la chakana, y luego se dirigió hacia un viejo cactus que crecía junto a la pared. Cortó algunos pedazos y me pidió colocarlos en el tercer piso. Después nos arrodillamos frente a su altar, rezando en silencio. Untó barro rojo en mi frente y en mis manos, y entonces comenzó a emitir sonidos extraños, como si la tierra hablara a través de su garganta.

En ese trance escuché dos golpes claros —pum, pum— semejantes al retumbar de un bombo atrapado en las entrañas de la tierra. Incrédulo y temeroso, abrí los ojos, pero al cerrarlos los golpes regresaron con la misma fuerza, como si el corazón mismo de la Pachamama latiera allí abajo.

Con curiosidad pregunté:

—¿Qué significan esos golpes?

Ella respondió con solemnidad incomprensible:

—Son dólares, son ceros; solo te falta el uno. Sigue limpiando y llama al uno.

Me pidió que me concentrara y continuara con la oración.

De pronto, otro cliente interrumpió la sesión y la abuela se retiró con él a una habitación contigua, dejándome solo. En ese instante apareció un hombre enfermo, consumido por sus adicciones. Al mirarlo fijamente lo reconocí: era un antiguo compañero de la escuela primaria que solía atormentarme. Su presencia despertó en mí viejas heridas. Comenzó a fastidiar, impidiéndome unirme en la meditación. Lleno de ira lo enfrenté, lo tumbé al piso y casi aplasté su rostro con una piedra que encontré en un rincón.

El escándalo alertó a la abuela, que irrumpió airada. Nos reprendió con severidad, como si su voz fuera un rayo, y nos advirtió que la sesión debía terminar a las cuatro. Después, debíamos abandonar su casa.

Sentí tristeza por no haber sabido contener mis impulsos violentos, como si hubiese fallado a los espíritus que nos observaban. Sin embargo, en mi interior me comprometí a regresar, a pedirle perdón a la abuela y a seguir aprendiendo de su sabiduría ancestral.

 

La vanidad

En una ceremonia que celebramos para honrar el equinoccio de primavera en estas tierras del sur, guie a dos mujeres venidas de parajes lejanos, con la intención de abrir juntos nuevos proyectos. Comencé trabajando con una de ellas, dirigiendo un ritual antiguo; pero con el correr de los días llegó la noticia de que había desaparecido, como tragada por la tierra.

Después me trasladé al matrimonio de unos familiares cercanos. Me presenté a la fiesta con traje elegante, pero la algarabía y la cerveza me vencieron, y al recuperar la conciencia descubrí que mi vestidura estaba sucia y desgastada, como si hubiese envejecido conmigo en apenas unas horas.

Al día siguiente me invitaron a otra boda. Sin embargo, en mi afán de buscar un nuevo traje para aparentar respeto, descuidé el paso del tiempo y, al volver, supe que la fiesta ya había terminado. Como consuelo pensé que, al menos, me había ahorrado el gasto.

Más tarde, mientras caminaba por la calle, una mujer que me reconoció me miró con frialdad: en sus ojos se adivinaban la indiferencia y la desilusión ante mi aspecto marchito.

  

Las heridas del alma

Participé en una sanación de memorias ancestrales, guiada por una maestra a la que conocía desde mi niñez. Al principio estaba tenso, incrédulo y reacio a abrirme; la cólera me cegaba la visión como una niebla espesa que nublaba mis sentidos. Sin embargo, a medida que la ceremonia avanzaba, mi alma comenzó a serenarse y sentí mi cuerpo latir al compás del corazón, envuelto en compasión.

Descendí entonces a los dominios de las sombras del bajo mundo. Allí vi a dos guerreros de tiempos olvidados, cubiertos de cicatrices que parecían mapas de antiguas batallas. Luchaban con furia dentro de una jaula de acero. Uno empuñaba tres cuchillos circulares que blandía con rabia, como si en cada corte quisiera vengar años de dolor. Era una pelea sin misericordia, un combate sin fronteras.

En un descuido, un hombre de tez oscura, perteneciente a una tribu ancestral africana, logró arrebatarle los cuchillos desde fuera de la jaula. Entonces la violencia comenzó a menguar. Los guerreros, agotados por la crudeza de los golpes, fueron perdiendo fuerzas. Por un instante sentí que mi espíritu encarnaba en uno de ellos, que sus heridas eran también las mías. Y en ese trance, una voz me llamó dos veces por mi nombre para anunciarme que la pelea había terminado.

  

La despedida

Conocí a una mujer que, desde el primer instante, me causó admiración. Juntos recorrimos distintos parajes para sentir el latido de las aguas del majestuoso lago. Fueron momentos inolvidables, marcados tanto por la intimidad como por la tensión: mi paciencia se desbordaba al no comprender del todo su lenguaje, y ella también sufría esa incomunicación. Al final, decidió alejarse sin dar explicaciones, como quien se marcha llevando una herida oculta en las entrañas.

Con los años, su recuerdo siguió persiguiéndome. A veces me arrepentía de las decisiones apresuradas, pero en lo más hondo de mi ser presentía que aquello no era solo emoción: quizá provenía de pactos antiguos, de promesas sembradas por mis ancestros en otras vidas.

Ingresé entonces en la habitación de mis padres, un espacio amplio donde había transcurrido parte de mi infancia. Allí la vi, de pie, esperándome en silencio, como si nunca se hubiera marchado.

En otro tiempo le había entregado un despacho como ofrenda, con la esperanza de sembrar una buena relación. Hablamos con frases secas y, por momentos, el silencio se volvió frío como el aire antes de una tormenta. Le propuse hacerle un ritual de limpieza con mis kuyas. Sin responder, se sentó en el piso de madera y fijó la mirada en las hojas de coca extendidas sobre una incuña. Escogió dos hojas intactas y, con delicadeza, formó una flor de ocho pétalos, orientando cada hoja hacia las cuatro direcciones.

Entonces, un pequeño papel celeste cayó de entre sus ropas. Me preguntó si aún recordaba hablar inglés. Avergonzado, le respondí que ya no, que mi hermano podía hacerlo. Ella no contestó. Se levantó en silencio y caminó hacia la puerta de salida. Al intentar despedirme, quedé sorprendido: de espaldas a mí ya no estaba la mujer de cabellos negros, sino un hombre pelirrojo que se alejaba sin volver la mirada. Lo sentí como una señal, el final de una etapa de engaños.


El retorno al lago

El jefe de la cocina me reprendió con rigor por haber derramado, sin querer, una sopa en el piso. Era un caldo preparado con ingredientes seleccionados, de esos que conservan el sabor de una tradición añeja. Su enojo no admitía excusas: tendríamos que regresar al mercado para abastecernos de nuevo y cocinarlo desde el principio. Lo aceptamos con serenidad, como quien acata una orden con gusto.

Abordamos un bus de pasajeros en compañía de una mujer de cabellos amarillos y nos sentamos en los asientos delanteros. Poco después subió otra viajera que, con movimientos disimulados, colocó sus maletas debajo de nuestros pies. Preferí callar, convencido de que no era asunto mío.

En medio del camino, el bus fue detenido por la policía para un control de identidad. Mi compañera, sobresaltada, escondió apresurada su carnet dorado entre sus pertenencias, como quien resguarda un secreto. Los funcionarios la bajaron de inmediato para detenerla. Yo intenté defenderla, alegando que todo era un error y que nuestras intenciones eran nobles: queríamos formar una institución para ayudar a los más necesitados. Pero el policía, incrédulo, quiso acusarme de cómplice y de engaño. Finalmente, sin pruebas para retenernos, nos dejaron en libertad. Ya era tarde: nuestro bus había partido, abandonándonos en la carretera.

Esperamos otro vehículo para alcanzarlo y recuperar el equipaje. A nuestro alrededor crecían totoras, esos juncos que brotan como guardianas en las orillas del lago. Entonces se acercó un hombre que me reconoció: me recordó que alguna vez lo había curado. Me halagó diciendo que mi tratamiento había sido bueno y me confió que ahora enfrentaba un caso más delicado, preguntándome cuánto costaría la atención. Le expliqué el proceso con calma, consciente de que las palabras mismas forman parte de la curación.

Por un momento cerré los ojos y sentí que volaba como un ave sobre la vasta inmensidad, hasta divisar el bus que cargaba nuestras pertenencias. Al abrirlos, apareció otro hombre: su rostro me resultaba familiar, como si lo hubiera conocido en otras vidas. Me habló con la certeza de un viajero antiguo, asegurando que había recorrido muchas regiones del mundo y que ese sitio, a orillas del lago, estaba recibiendo un caudal mayor de energía del cosmos.

  

Despertando mi conciencia

Un hombre solía engañar a las personas para llevarlas a la intimidad, sin importar si eran hombres o mujeres. En una ocasión se acercó a mí y, al descubrir sus verdaderas intenciones, lo enfrenté sin rodeos: lo sujeté por sus partes íntimas y lo golpeé hasta derribarlo, como si en cada golpe buscara despertar la conciencia que había perdido.

Después abordé un automóvil atiborrado de cuerpos y voces. Me hicieron un espacio y, al sentarme, sentí una incomodidad extraña en los glúteos: estaba sentado sobre una mujer. Al reconocerla comprendí, atónito, que se trataba de una familiar. Balbuceé una disculpa y continué el viaje, con el sonrojo ardiendo en mi rostro.

Cuando la tarde alcanzó su punto más alto, descendí en un parque concurrido, un hormiguero de transeúntes que iban y venían como si obedecieran a un mismo pulso invisible. Allí un hombre ofrecía un espectáculo improvisado, moviéndose con gestos erráticos, como poseído por una demencia serena que arrancaba sonrisas a los curiosos. A un costado reposaban sus pertenencias en una bolsa sucia. Al concluir su función, se dejó caer sobre la vereda para dormir, vulnerable como un niño abandonado. Entonces algunos hurgaron en su bolsa, buscando objetos de valor. Indignado, protesté contra aquel acto atroz, defendiendo la dignidad del desvalido como si defendiera la mía propia.

Aún con el enojo atravesándome el pecho, me dirigí al paradero. Allí reconocí a antiguos compañeros de trabajo. Nos saludamos con apretones de mano que parecían rescatar amistades olvidadas en el tiempo. Ellos subieron a un bus repleto y, al despedirse, me dijeron que pronto me enteraría de un nuevo trabajo.

  

La Wachuma

Purifiqué mi cuerpo físico en cuatro ocasiones con una dieta especial. Al finalizar el proceso, mi padre, furioso, me dijo:

—No te corresponde la herencia de la abundancia.

Con pena me retiré a la casa de mi bisabuela materna, en la ladera de un cerrito rodeado de muros de piedra y andenes donde se sembraban papas. Allí me recibió una mujer madura, vestida con ropas multicolores, quien me informó que la abuela había salido.

De pronto, un águila negra descendió del cielo y se posó sobre unos pequeños árboles, mirando hacia el norte, frente a un patio cubierto de hierba verde. El águila se transformó primero en un anciano y enseguida en una anciana. Junto con otras mujeres formamos un círculo. Una por una se fueron acercando para saludarla con reverencia, y yo hice lo mismo, siguiendo el orden.

Frente a ella, le confesé que durante años me había preparado para recibir su bendición. Entonces me entregó una incuña con hojas de coca. Escogí las más verdes y hermosas, pero al instante se marchitaban y se doblaban en mis manos. Así permanecí un largo rato, hasta que decreté con voz firme:

—Muéstrense las que correspondan.

Entonces apareció un tallo con seis hojas agrupadas de tres en tres; añadí una más para completar quintus de dos y tres unidades.

—¿Cuál es tu pedido? —me preguntó.

—Quiero abundancia —respondí con certeza.

Ella, sorprendida, pronunció una frase que sonaba similar al aimara y al quechua. Al preguntarle qué significaba, me contestó:

—Temprano puede ser que recibas algo.

Finalmente, me recomendó que me uniera con alguien de la costa. Confundido, me retiré de su presencia, preguntándome si debía establecerme en aquella región o salir en busca de algo en esas tierras lejanas.


El regalo de los ancestros

Se celebraba un concurso de vuelo de cometas en la fiesta de mi pueblo, durante la celebración del Wiñay Pacha. El cielo se llenaba de formas y colores, como si las almas de los difuntos disputaran un lugar en las alturas. Decidí participar con mi cometa verde, grande y majestuosa, que se enfrentaba a otra aún mayor de color violeta. La competencia consistía en permanecer el mayor tiempo posible en el aire, pero en aquel cielo reducido las cuerdas se enredaban, y varias cometas caían arrastrando consigo a las que aún resistían. La tarde oscurecía y los postes de luz se encendían uno tras otro, como luciérnagas. Solo dos cometas persistían, obstinadas en mantenerse en el aire. Finalmente, la mía, exhausta, cayó sobre la plaza, y la multitud corrió a desgarrarla en pedazos, guardando cada fragmento como si fuera un trofeo.

Entonces la lluvia irrumpió con furia, inundando calles y casas con agua y lodo. Caminé por la vereda procurando no mojarme demasiado, cargando bultos pesados que me vencían. Avanzaba lentamente hasta que un amigo me ayudó a acomodarlos sobre los hombros, pero el cuerpo no resistió y cayeron al suelo. Con esfuerzo los levanté de nuevo, abrazándolos a la altura del vientre, y se los entregué a la autoridad del pueblo. El hombre abrió el bulto, sacó varios paquetes envueltos en papel plateado y los repartió con solemnidad entre sus allegados, como si fueran regalos de cumpleaños.

 

La Chakana

Cerca de una decena de ambientes de piedra, levantados desde tiempos remotos en las faldas de un cerro de un valle interandino, se celebraba la fiesta de la Chakana. En una casa grande tronaba una orquesta cuyos parlantes producían un ruido insoportable, mientras los borrachos, ebrios de música y aguardiente, bailaban sin control, deslizándose tambaleantes por las calles polvorientas.

Al mismo tiempo, en un descampado, un grupo de músicos vestidos con ponchos rojos arrancaba de sus quenas melodías agudas que parecían llamar a la lluvia. De pronto me rodearon y, contagiado por su energía, me uní a su danza con alegría desbordante. Pero al poco rato, uno de ellos, con la quena aún en la mano, me pidió que le convidara cerveza. Le respondí con calma que no tenía por costumbre beber.

Entonces, decepcionados, siguieron su camino y me dejaron solo en la calle, con el eco de su música apagándose en la distancia. En los pueblos olvidados por el tiempo, donde todavía respiran los espíritus de los abuelos, es importante corresponderles siempre con nuestro cariño y atención.

 

La purificación

El mar se retiró dejando al descubierto lomas áridas; el viento levantaba un polvo arenoso sobre la tierra reseca. La gente invadía aquellos espacios desérticos levantando barricadas para marcar como suyas las tierras recién descubiertas. Yo buscaba mi mochila, donde guardaba mis herramientas de poder. Me acompañaba una mujer de cabellos negros y sonrisa enigmática. El paraje estaba irreconocible, y no recordaba dónde la había dejado, aunque confiaba en hallarla, pues ya me había comunicado con los guardianes de las montañas.

De pronto la encontré tirada en el suelo, al pie de una cuesta. Poco después, unos ladrones se me acercaron para entregarme otra mochila, disculpándose porque creyeron que estaba abandonada. Les agradecí y les di ocho soles como recompensa. La mujer, agotada de tanto andar, se sumergió con todas sus ropas en un pozo de aguas heladas. Al salir, tiritaba al borde del congelamiento, pero otras mujeres la cubrieron con mantas. Rebuscando en las mochilas encontré un abrigo y una camisa, aunque dudé que fueran míos. Luego hallé un par de botas con tacos y unos zapatos de montaña; decidimos quedarnos con estos últimos.

Llegamos después a un restaurante, propiedad de la familia de un paqo de barba tupida y negra. Nos saludamos con un apretón de manos y, con voz baja y cierta duda, le presenté a la mujer de sonrisa enigmática como mi novia. Nos acercamos a la mesa para comer, pero faltaba una silla para mí. Amablemente fui a buscar una en otro lugar y, cuando regresé, mi amigo ya no estaba: me dijeron que se había retirado para atender a otra pareja, sus parientes. Con nostalgia abandonamos el restaurante, y la mujer me invitó a mirar una estrella en el cielo.


CAPITULO II


La bendición del Apu Sinaq’ara

Por senderos montañosos, a veces acompañado solo por la sombra de mi propia soledad y otras por peregrinos que avanzaban en la penumbra de la noche, caminé hacia el Apu Qoylluriti y el Apu Sinaq’ara, la estrella brillante de los Andes. En cada apacheta, señalizado por cruces y montículos de piedras que guardan la memoria de caminantes desde la antigüedad, me detenía para recomponer el aliento, dejar el cansancio y desprender de mi pecho los miedos.

Al amanecer, cuando el sol asomaba tímido entre los picos de los macizos, avancé por el camino serpenteante que parecía abrirse solo para mí. La senda me condujo hasta una laguna pequeña, de aguas turquesas, nacidas del deshielo de la montaña. Allí, en su regazo, preparé la ofrenda y la entregué con reverencia a los espíritus tutelares que, invisibles y eternos, custodian desde las cumbres.

Entonces, una gran cometa irrumpió en la inmensidad del cielo. Revoloteaba como un ave gigante empeñada en liberarse de la cuerda que la sujetaba a la tierra. Mis fuerzas casi me abandonaban al intentar dominarla, y sentí el miedo de ser arrastrado por los aires como un frágil papel. Con esfuerzo la até a una baranda de hierro clavada en el suelo, anclada también a la firmeza de la tierra.

El viento, que antes soplaba con furia, se serenó de repente y la tormenta dejó de ser hostil. La gran cometa descendió suavemente, como si obedeciera al mandato del Apu, acompañada por otra más pequeña que la seguía en silencio.

  

La Waka Miculla

En el solsticio de invierno, en el hemisferio sur, celebramos la fiesta del Inti Raymi. En un centro ceremonial marcado por antiguos petroglifos en medio del desierto, se había congregado una multitud para recibir al Inti Tata y bañarse con sus primeros rayos al amanecer. Al borde de una pequeña loma, los comerciantes ofrecían productos diversos, desde utensilios para el hogar hasta herramientas para la agricultura.

Me aparté del gentío en busca de silencio interior. Entonces el ambiente comenzó a oscurecer y descubrí fogatas encendidas donde ardían ofrendas dedicadas a los espíritus guardianes del desierto. Continué explorando en la soledad de la noche hasta que, a lo lejos, divisé enormes piedras. En la penumbra, aquellas moles pétreas parecieron cobrar vida: de ellas emergieron gigantes humanoides que despertaban de un sueño milenario. Con movimientos torpes y pesados avanzaban como bestias hambrientas en busca de alimento.

Al sentir el peligro, un estremecimiento me recorrió el cuerpo y temí lo peor. Tomé valor e invoqué la fuerza de Inti Tata. Entonces, en el horizonte surgió su luz imponente, disipando la oscuridad. Los gigantes, cegados por aquel resplandor que quemaba sus sombras, retrocedieron apresurados y se ocultaron en sus guaridas.

  

La soberbia

En un andén, en las faldas de un cerro cercado por muros de piedra, realizábamos una ceremonia en secreto. De pronto, unas mujeres ricas, altaneras y soberbias nos descubrieron y se alejaron presurosas, decididas a buscar con quién acusarnos.

Entonces un hombre gigante irrumpió corriendo por el prado verde, aplastando sin compasión a cualquiera que se cruzara en su camino, como si fueran simples moscas bajo sus pies. Al ver el peligro, emprendimos la huida. Me quité mi casaca roja y la volteé para cambiarle el color, mientras mi compañero, temeroso, se preocupaba por su pantalón del mismo tono. Corrimos con todas nuestras fuerzas hasta detenernos, jadeantes. Por un instante el gigante desapareció, pero sabíamos que no tenía sentido seguir huyendo: podía alcanzarnos en cualquier momento.

Decidí trepar a la copa de un árbol para divisarlo y enfrentarlo cara a cara. Pero, sorpresivamente, ya estaba frente a mí. Era colosal: su cabeza alcanzaba la altura de mi cuerpo entero. La lucha fue desigual. Intentó clavarme un dedo en la cadera, pero logré esquivarlo e ingresé por su oído, golpeando sus órganos auditivos hasta hacerlo tambalear. Entonces comenzó a menguar, reduciéndose de tamaño hasta caer al suelo.

Aproveché para introducirle el mango de un pico por la oreja, pero se partía como madera podrida. Otros me alcanzaron palos más firmes, pero también se quebraban. Entre todos lo rellenamos con los pedazos astillados, hasta que finalmente la cabeza del gigante se abrió en dos fragmentos inertes de hueso, quedando inmóvil.

Presentí que aquel hombre gigante había sido enviado por la soberbia de dos paqos.

  

El Apu Illapa

El cielo retumbaba con relámpagos y truenos, y temí morir en medio de la montaña, alcanzado por un rayo. Entonces crucé un pasillo iluminado por una luz serena, impregnado de fragancias dulces que apaciguaban mi alma. Allí, un grupo de mujeres de presencia majestuosa me aguardaba en silencio, como guardianas del cielo.

De entre ellas surgió una figura vestida con seda blanca, transparente como la neblina. Su rostro alargado, con facciones duales, irradiaba belleza y misterio. Me invitó a entrar en una habitación y, en la tersura de su piel, donde el sudor brillaba como rocío, percibí el encuentro profundo entre lo humano y lo divino.

Descendí luego en medio de la selva y entré en una casa rústica de piso de tierra, donde nos reunimos con un viejo curandero de baja estatura y nariz triangular. Su incomodidad era evidente: el frío que emanaba del suelo parecía calarle hasta los huesos. En un rincón ardía su estufa, un horno extraño con manillas circulares y relojes antiguos que respondían solos al calor que generaba en su interior.

  

El control

Entré acompañado de una mujer de cabellos castaños a una base militar de construcciones aparentemente abandonadas. De inmediato, el pasaje se abrió hacia la sala de recepción de un hospital. Se unió a nosotros un hombre de carácter osco y autoritario, quien mostró unos papeles asegurando que la mujer había nacido en aquella maternidad.

Ella comenzó a transformarse por momentos: en perro, en vaca, en cabra. Su pelaje era corto y su comportamiento dócil. Nos pidieron acariciarla porque estaba embarazada. Pronto sufrió los dolores del parto y la recostaron sobre una mesa metálica. A su lado estaban sus hijos: la muchacha, que la sostenía desde la cabeza, y el muchacho, desde los pies. Entre pujos y gritos, el bebé nació cayendo violentamente al piso, sin que nadie lograra atraparlo en el aire. Con premura lo levanté y lo envolví en pañales.

El hijo exigió que no haya peleas entre hermanos; enojado le pedí que cuidara con más atención a su hermanito. Luego lo coloqué en el pecho de su madre, mientras un médico cortaba el cordón umbilical. La hija le colocó finos alambres en la cabeza y en la lengua, como si quisiera sujetarle los pensamientos y amordazarle la voz. La madre, desesperada, se lamentó porque se había acabado el jarabe que bebía. El bebé era gordo, de cabello abundante y lacio, y se decía que sus primeros años serían difíciles.

Salimos de la sala de operaciones llevando al bebé, listos para regresar a casa. La calle estaba oscura. Me lo alcanzaron para calmar mis tristezas; con desgano lo tomé en brazos, pero al mirarlo sentí ternura y tranquilidad. Al volver a verlo, ya estaba dentro de una pantalla de computadora.

Nos encontramos con un hombre conocido que, con gesto disimulado, me colocó una pulsera de metal con dos bolitas en los extremos. Observé que en otras personas esas bolitas se movían bajo la piel con voluntad propia. En la calle descubrí un hilo metálico que se extendía a lo largo de la vía, conectando todas las pulseras como si fueran nervios de un organismo artificial. Intenté quitármela, pero se calentó como mecanismo de defensa. El lodo servía para enfriarlas, y muchos lo usábamos para mitigar su ardor.

Regresé a mi casa, en un piso alto de un edificio. Mientras subía por las amplias gradas me crucé con varias personas; una de ellas también llevaba una pulsera similar y comentó que aún no estaba personalizada. Otros murmuraban que era un mecanismo de control para impedir ciertos comportamientos.

En el grupo reconocí a un viejo compañero de la escuela, alguien molestoso desde siempre. Me sirvió alcohol en una jarra de vidrio transparente, queriendo obligarme a beber. Al rechazar su orden, discutimos, y enfurecido me amenazó. Le respondí con un empujón que lo hizo caer unos escalones más abajo. Los demás me incitaban a golpearlo, pero me contuve: ahora era inofensivo, aunque empuñaba un gran cuchillo.

De repente, otro compañero salió del grupo blandiendo una gran espada de hoja ancha y lo golpeó sin compasión, enviándolo al fondo de las gradas. Entre ellos discutían, mientras el pequeño hombre aún gritaba que nadie los había visto, vociferando que gracias a sus atenciones todos vivían allí.

  

La Waka Wilka Wawawara

Participé en una competencia, una maratón de atletismo. Tiempo atrás ya había recorrido aquel tramo escarpado de subidas y descensos. Por un instante me descubrí en la ciudad donde transcurrió mi adolescencia, preparándome otra vez para la travesía. Vi a mi hermano menor mudarse de casa; lo ayudé a cargar sus pertenencias, pero él no me reconocía, como si el recuerdo se hubiera borrado de sus ojos.

Comencé a correr. Frente a mí se abrían dos puentes tendidos sobre un mismo río. Por costumbre elegí el de la izquierda, pero esta vez lo encontré duro y fatigoso, mientras los demás atletas cruzaban por el de la derecha, liviano como un soplo. Llegué al primer control y el encargado me pidió mi documento de identidad. Estaba seguro de no llevarlo, pero en el bolsillo de mi camisa hallé, como un milagro, una imagen congelada de mi propio rostro.

Más adelante, el camino volvió a bifurcarse. A la derecha, los corredores avanzaban en fila lenta y resignada; yo tomé el pasadizo izquierdo, libre y desierto. Al salir, apareció ante mí una ciudad de muros blancos donde todo era blanco: el suelo, el aire, los rostros confundidos de las personas que vagaban sin rumbo. Les indiqué que tomaran la calle angosta del lado izquierdo, que trepaba bordeando un cementerio. Me adelanté con rapidez hasta la cabecera de la construcción y crucé hacia el camino derecho. Entonces, las mismas personas a las que había guiado me sobrepasaron, veloces y renovadas, mientras yo me iba cansando, quedándome atrás.

De pronto, un grupo de atletas antiguos irrumpió corriendo: eran semejantes a momias egipcias, vendadas con telas rotas, y atravesaron mi cuerpo sin resistencia para seguir su camino. Escuché una voz firme que retumbó en el aire:

—No se distraigan, sigan adelante.

El escenario cambió. En medio del desierto, el suelo se volvió arena blanca; el polvo flotaba como una neblina lechosa, y en la distancia, hacia el lado derecho, emergían las siluetas de pirámides blancas.

En otra escena trabajaba en una construcción, un lugar extraño para mí. Me pidieron unir dos mangueras gruesas, cuyos acoples semejaban órganos masculino y femenino. Dudé en hacerlo, pero todos colaboraban. Intentamos una y otra vez, hasta que, al revisar, descubrimos que de uno de los acoples emergía un animal flaco y monstruoso, cubierto de babas negras, que se deslizó hacia un compañero y lo envolvió con sus aguas turbias, como la descarga pestilente de un desagüe atorado.

Luego me pidieron conectar otras dos mangueras más delgadas, por donde corría un líquido extraño. Antes debía liberar un seguro, pero tampoco encajaba. El experto intervino: vertió el líquido en un pozo de agua, revisó el acople y halló retenes de jebe que no correspondían. Los retiró y reparó la falla. Aprendí entonces que, para reparar algo, primero hay que cortar el flujo, como quien apaga la llave general de la electricidad.

Más adelante, limpiaba el cuerpo sin vida de una persona de piel clara, recostada sobre una mesa. Al mirarlo, me estremecí: era mi propio cuerpo, inerte, como esperando que algún día lo habitara otra vez. Pensé que sus órganos se marchitarían sin uso, como frutas abandonadas. El cuerpo es un vehículo, y la energía es quien lo anima.

  

El Apu Ausangate

En un encuentro ceremonial en medio de la selva, reconocí que no había sido invitado y merodeaba por los alrededores como un extraño en busca de su lugar. El frío mordía mis piernas, pues solo llevaba puesto un calzoncillo. Me dijeron que en un rincón hallaría abrigo. Entonces le pedí a una anciana risueña, vestida de blanco inmaculado, que me dejara entrar con ella en la maloca para encontrar calor en su interior. La construcción de madera vibraba con la energía de la montaña.

Dentro, contemplé a una persona entregada a sus ejercicios físicos; en otro ambiente, una danza sensual comenzaba entre personas de avanzada edad. Las parejas coqueteaban como adolescentes, como si la selva misma hubiera despertado en ellas una energía dormida. La anciana desapareció; la última vez que la vi agitaba unas pequeñas mancuernas en cada mano.

Con desgano invité a otra abuela a bailar, pero ella, adivinando mi inseguridad, me dejó solo en la fiesta.

Tiempo después, junto a varios trabajadores, formamos una fila frente a una oficina para reclamar la reposición de pasajes, pues nuestro contrato en la empresa había concluido. Al revisar el bolsillo del pantalón encontré un boleto; dudé si me correspondía devolución. Pregunté a un amigo que aún permanecía en la compañía, y él me respondió con firmeza que debía reclamar lo que era mío. Sin embargo, en mi interior me tentaba la idea de alterar el monto del pasaje.

  

El Apu Wamanlipa

Una mujer proveniente de las montañas me enseñaba con esmero que el agua, al caer en el pozo desde lo alto, dibujaba círculos concéntricos que podían expandirse en todas direcciones, siempre que no encontraran barreras en su camino. Sin embargo, en su aparente simpleza no alcancé a comprender del todo el mensaje oculto.

Aún permanecía en un aula del colegio, atrapado en una tarea pendiente que se resistía a concluir. Me pedían elaborar la planilla de pago para los trabajadores, pero con la condición de no incluir mi propio sueldo. Había varias computadoras, todas ocupadas. Otra amiga, absorta, observaba los astros en el cielo, mientras un compañero me sugería hacerlo desde el teléfono móvil, aunque la tarea parecía más difícil que descifrar una constelación.

Desde el interior de la oficina se alcanzaba a ver una inmensa laguna celeste y luminosa. Pensé en pedirle una computadora al jefe, pero el miedo me detuvo en el umbral de su puerta.

  

El Apu Chaupi Orqu

En una banca de madera de la plaza de la ciudad donde transcurrió mi adolescencia, me senté a recordar el camino hacia el centro de una montaña. Con buena fe reservé un asiento para un familiar que vestía un saco plomo, bien planchado, idéntico al de muchos transeúntes que cruzaban la plaza. Sospechosamente, un desconocido me filmaba con su teléfono celular, como si quisiera acusarme de un mal comportamiento, convencido de que ocupar un asiento público era una falta de ética.

De pronto, una perra se acercó con dos naranjas atadas a ambos lados de su rabo, simulando un grotesco rostro. Los transeúntes, burlones, rieron de su apariencia. El animal, triste y humillado, se aproximó como pidiendo auxilio. Entonces accedí a quitarle aquellos objetos colgantes, y la perra quedó aliviada.

En el otro extremo de la plaza, varios perros con aspecto de cerdos se enfrentaban en una feroz disputa. Me apresuré a lanzar piedras y a gritar con fuerza para ahuyentarlos y poner fin a la pelea.

Más tarde, junto a mis compañeros enanos participé en un concurso de entretenimiento televisivo. Subimos a una torre metálica que sostenía una plataforma donde se congregaban otros participantes. La competencia consistía en derribar a los contrincantes, obligándolos a caer al vacío. La estructura podía controlarse con la mente: se volvía flexible como una goma que se mecía en todas direcciones, provocando la caída de quienes perdían la concentración.

Superamos la primera prueba, aunque una pancarta nos identificaba como pertenecientes a un país extranjero. Al finalizar, nos retiramos por pasadizos estrechos, saludando a otros competidores mientras descendíamos unas escaleras angostas y empinadas. Sentía descontento por las dificultades del camino de salida, murmurando sobre lo mucho que uno debe recorrer para ser reconocido.

Una mujer a la que conocía desde niña me encargó dirigir la evaluación del personal que aspiraba a un puesto en su empresa. La prueba consistía en beber un mate de hierbas en tres partes, para limpiar las cargas emocionales. Se acercó un antiguo amigo de años de trabajo compartido: al probar la medicina, no pudo concluir la prueba. Después, uno de mis hermanos, tras beber la primera parte, perdió el control emocional; le dimos palmadas en el rostro, pero no despertaba del trance. Entonces le soplamos humo de tabaco y, al instante, recuperó la calma.

La mujer me recordó que es imprescindible respetar los procesos formales del Gran Camino.

En un arrebato de cólera, uno de mis hermanos me golpeó en el rostro. Dolido y furioso, corrí a esconderme lejos de él y, con remordimiento, le auguré que ese año enfermaría. Poco después, arrepentido, bajó la mirada. Otro familiar nos advirtió que no debíamos olvidar a nuestra madre.

Por consejo de otro hermano, revisé si tenía dinero en mi cuenta bancaria y, sin pensarlo demasiado, abordé un bus para huir hacia otra ciudad. Más adelante me encontraron, me tomaron del brazo e insistieron en que regresara. Uno de mis hermanos, vestido con una casaca amarilla, me sujetó con fuerza; le exigí que me soltara y, sin oponer resistencia, accedió.

Decidí, entre dudas, acompañarlos. En el paradero se detenían distintos buses, pero ninguno parecía conducirnos a nuestro destino. Por un instante quise escapar. Sin embargo, comprendí que nuestro verdadero destino era la ciudad de las flores, la tierra de nuestros ancestros.

  

El Apu Sinaq’ara

En las arenas de una playa frente al mar caminé junto a una mujer de baja estatura y energía sensual. Cuando la abracé por detrás, susurró con voz suave que el Apu estaba cerca. El viento agitaba las aguas y levantaba olas enormes que reventaban con furia contra la orilla: el propio mar respondía a su presencia.

Con mis maletas salí de un hospedaje y avancé por la calle principal del centro de la ciudad. De pronto, un ladrón me arrebató de los bolsillos un billete de veinte soles. Reaccioné con furia: lo sujeté de la cabeza y lo derribé violentamente contra el suelo, dejándolo inmóvil. En ese instante, un desfile alegórico irrumpió en la calle con carrozas y músicos. Unas señoras mayores levantaron el cuerpo malherido y lo colocaron con solemnidad sobre una banca de madera, mientras sus cómplices se acercaban a custodiarlo. Al verlos reunidos, me escabullí entre la muchedumbre, trepé a la azotea de un edificio para vigilarlos y, desde allí, contemplé el desfile que avanzaba como un río de música y colores. Cuando descendí, descubrí que estaba dentro de una clínica de salud.

Más tarde, en un taller, nos enseñaban a doblar tubos de plástico. Me correspondió hacer la prueba, pero me resultaba difícil lograr una curva precisa. El maestro advirtió que para cada medida existía un molde específico. Mi compañero, hablándome en aimara, me hizo sentir una conexión profunda con el alma: sus palabras me devolvían a las raíces de mi pueblo.

  

El Apu Tunupa

En una conversación con una mujer joven y un hombre mayor, me dijeron que mi lado izquierdo era más grande. No supe comprenderlo. Poco después, otra mujer familiar de la línea materna me sirvió con cariño un plato de carne y papas cocinado bajo la tierra, como si celebrara mi afinidad con ese lado oculto.

Esa noche, al recostarme en mi cama iluminada, descubrí allí a una mujer desnuda, a quien conocía desde siempre. Su cuerpo, lleno y tibio, me invitaba a la intimidad. Intenté apagar las luces para amarla, pero estas se resistían, permaneciendo encendidas, como si una fuerza protectora lo impidiera.

De pronto irrumpieron dos ancianas, con el rostro marcado por la preocupación. Me advirtieron que jamás debía unirme a ella, pues dañaría mi pie izquierdo. Como prueba, una de ellas me mostró el suyo: quemado, oscuro y malformado, testimonio de su desconocimiento.

Conmovido y agradecido, besé su mejilla en señal de respeto.

 

La Waka Tiahuanacu

En un ambiente festivo, iluminado por luces tenues, llamado Kalasasaya, se celebraba la fiesta del retorno del sol, Willka Cuti, acontecimiento sagrado en todos los pueblos andinos de Sudamérica. Varias personas se habían congregado y, entre ellas, desde un rincón inadvertido, distinguí a tres amigos paqos rodeados de gente. Al reconocerme, se abrieron paso y me ofrecieron una botella de vino tinto, mientras yo sostenía media botella en la mano. Sin embargo, en un descuido, aquel gesto de reconocimiento fue arrebatado por otra persona.

Más tarde, me encontré con una mujer paqo cuyo rostro estaba marcado por algunas manchas. La halagué, diciéndole que pronto estaría aún más hermosa. Ella, con confianza, me propuso que, si quería estar con ella, debía traerle un champú y un acondicionador. Apresurado, corrí a la tienda más cercana y compré solo el champú, restándole importancia al acondicionador. Arrepentido, decidí regresar por él. Al pagar, el vendedor no tenía vuelto y, por un instante, estuvo a punto de darme más de la cuenta. Pero un cliente se adelantó, impidiendo su error. Luego continuó conmigo y esta vez me entregó dos soles de vuelto, como un símbolo de que ambos procesos debían ir juntos.

Regresé volando sobre los techos de las construcciones del pueblo, ligero como un pájaro, para reencontrarme con ella. Pero al aproximarme, mi casa estaba irreconocible: antiguos muros de piedra labrada se alzaban, altos, al borde de un lago inmenso que parecía un espejo del cielo. En la otra orilla, montañas majestuosas, cubiertas de nieve, adornaban el horizonte.

  

El Apu Wichinqallu

Entre los peñascos en las faldas de una montaña, una pareja —un hombre y una mujer— me amenazaba con aplastarme usando enormes kuyas negras de más de un metro de altura. Decidido a defenderme, iniciamos la disputa: enfrenté sus ataques con mi kuya de similar tamaño, golpeando con tal fuerza que las suyas comenzaron a astillarse y rajarse. Me contuve, temeroso de que la mía corriera la misma suerte.

De pronto, desde las profundidades de la montaña, escuché una voz ronca, fuerte y enfadada, semejante al trueno. Gritó con autoridad y decepción:

—¡Váyanse! No quiero que lleguen hasta aquí, se pelean entre ustedes.

Las paredes del cerro comenzaron a cerrarse con violencia, devorando en su avance las rocas de mis adversarios. Escapé con dificultad, aferrándome a las laderas cubiertas de arbustos espinosos. Al mirar mis manos comprobé con asombro que aún conservaba intacta mi piedra negra.

De inmediato, otras kuyas negras, algunas incrustadas con cuarzos luminosos, se alzaron frente a mí desafiándome a un nuevo combate. Entonces descargué mi furia: las golpeé con dos kuyas hasta reducirlas a fragmentos inservibles.

En ese instante apareció un hombre enfurecido, montado en una bicicleta, que avanzaba por una calle en construcción. Al cruzarse con una máquina de movimiento de tierra, descargó su rabia contra ella, rompiendo de un golpe el espejo lateral de la cabina. El operador, al sentirse atacado, volcó su máquina hacia un costado y culpó al ciclista de todos los daños, como si hubiera estado esperando una excusa para deshacerse de aquel trabajo que lo consumía.

  

La Ñusta Umantu

En una calle angosta, la misma que recorrí durante varios años para ir a estudiar tras concluir la secundaria, me encaminé hacia el centro de estudios. A lo lejos, en la vereda, reconocí con sorpresa a una mujer a quien respeto con la misma devoción que lo hicieron mis ancestros. Sentí vergüenza de acercarme y, para disimular, me refugié entre mis amigos mientras ganaba valor.

Ella venía desde las tierras altas, donde el agua es cristalina. Era una joven de piel delicada, cabellos rizados y sonrisa radiante, a quien le encantaba jugar con los niños y niñas como si fuera una de ellos. En un descuido desapareció de mi vista y, de pronto, estaba frente a mí, mirándome con una dulzura fraternal que desarmaba mis temores.

En silencio, con los labios apenas curvados en una pregunta muda, me dijo:

—¿Me buscabas?

 ...


Libro completo en venta en AMAZON, aquí en el link:  https://a.co/d/6pj3kxX

Pueden escribirme para envíos del libro físico en Perú, con precio de promoción.

Whatsapp +51975294326


Comentarios