LIBRO: Los Sueños de un chamán
LOS SUEÑOS DE UN CHAMÁN
Visiones Oníricas en los
Andes de Perú
ÍNDICE
PRESENTACIÓN
CAPITULO
I
La Iniciación
La Ñusta Choquechaca
La Waka Titije qotaña
La Waka Sillustani
La Ñusta Tomasiri
Las sirenas del lago
El destino
La Chullpa
Las siete Ñustas
El llamado de la Voz
Los egos apresurados
Mis espejos
El sonido de la Pachamama
La vanidad
Las heridas del alma
La despedida
El retorno al lago
Despertando mi conciencia
La Wachuma
El regalo de los ancestros
La Chakana
La purificación
CAPITULO
II
La bendición del Apu
Sinaq’ara
La Waka Miculla
La soberbia
El Apu Illapa
El control
La Waka Wilka Wawawara
El Apu Ausangate
El Apu Wamanlipa
El Apu Chaupi Orqu
El Apu Sinaq’ara
El Apu Tunupa
La Waka Tiahuanacu
El Apu Wichinqallu
La Ñusta Umantu
La Ñusta Quana
El Apu Misti
El Cheq’a thaqui
La Waka Raqchi
La tierra de los reptiles
CAPITULO
III
La bendición de la Ñusta
El guardián de la montaña
El guía de los guardianes
El Qullana Apu
Las sirenas
La quebrada Takana
La Waka Choquequilla
Detrás de las sombras
La Waka Puma uta
El hospedaje
CAPITULO
IV
El Apu Salkantay y las
ñustas
Las heridas de la
infancia
Los Conflictos de la
adolescencia
El miedo a cambiar
El primer trabajo
El fracaso de un viaje
La danza de mi abuela
Inca
El dinero
El Tras tatarabuelo
EL retorno del tras
tatarabuelo
La identidad perdida
El cuti
La Waka Huanaq Qahuarin
El Ancestro olvidado
La deuda pagada
En busca de la maestra
El valor de la sinceridad
El empoderamiento
Waka Paucartambo
La renovación
El llamado de los vientos
Los Programadores
Las raíces lejanas
Las memorias olvidadas
El cierre de un ciclo
Glosario
PRESENTACIÓN
Jaime Durand, Qollana
Apu, es un Chamán (Yatiri), de las montañas, el lago Titicaca y
las wakas. Lleva la voz de su linaje de curanderos andinos y de sus
guías espirituales, desde que fue señalado por el Apu Tunupa,
mensajero del Rayo. Cada piedra, cada territorio, cada espacio guarda memorias
accesibles a quienes están abiertos a recibirlas.
Los sueños de un Chamán,
es una colección de historias surgidas en los últimos años de recorrido como Sanador
Andino. Cada sueño refleja una vivencia personal que se presentó antes o
después de visitar un territorio sagrado, de estar frente a su altar al pedir
la resolución de un problema en particular, o de acompañar a personas en
ceremonias de sanación.
Los Apus y las Ñustas, a
través de los sueños, le revelaron sus dones, fortalezas, habilidades y
bendiciones, pero también sus defectos, heridas, remordimientos y cargas
ancestrales. Ellos perciben lo que el corazón y el alma guardan en silencio.
Cuando surgen dudas, le orientan y le indican las pautas para realizar un
ritual o ceremonia específica.
Al adentrarte en estas páginas
descubrirás que son mensajes provenientes del mundo de los sueños, que te ayudaran
a ampliar la visión sobre los espíritus de las montañas, lagos, lagunas,
pampas, templos antiguos y plantas maestras. Ellos y ellas están dispuestos a
guiarte para comprender desde una mirada más elevada la situación que
atraviesas y así tomar mejores decisiones. Al honrarlos te acompañarán para que
puedas sanar heridas, miedos y traumas de distintas etapas de tu vida, y
también para mejorar tu relación contigo mismo, con tu padre, tu madre, tus
abuelos y abuelas.
Este libro también busca despertar en
el lector una interpretación de los sueños, propia y abierta, en sintonía con su
crianza, su formación académica, su entorno cultural y su manera de comprender
la vida.
Invito al lector a sumergirse en estas
páginas con la misma curiosidad con la que uno se acerca a un manantial en la
montaña: con respeto, con sed de claridad y con la certeza de que el mensaje
que brota aquí puede refrescar la mente y el espíritu.
CAPITULO I
La Iniciación
Sentado al borde de la cama,
en una habitación donde los días eran tan grises como el polvo acumulado en las
ventanas, comprendí que aquella ciudad no tenía horizonte para mí. Decidí
marcharme en busca de un destino nuevo.
Esa noche, tras décadas de silencio,
se me apareció mi madre. Su voz, suave como el murmullo de un arroyo en la
montaña, me aconsejó que lo acompañara. Al despertar, una sensación de
tranquilidad recorrió mi alma, aunque permanecía la duda sobre a quién debía
seguir.
Con el paso de los días, empecé a
visitar los fines de semana a mi padre, que vivía en otra ciudad más al sur.
Conversábamos, y yo sentía que estaba allí únicamente para escucharlo. Él
padecía una enfermedad del alma, un mal desconocido que lo acompañaba desde la
pérdida de mi madre, cuando yo apenas tenía once años. Cuatro meses después de
aquel anuncio, decidió partir hacia otros planos, y con él se cerró una etapa
de mi vida.
Por aquel tiempo me adentré en los
misterios de lo inexplicable, investigando curaciones ancestrales y otras
medicinas alternativas. Aprendí los primeros pasos: preparar ofrendas denominada
despacho para los Apus y la Pachamama, saberes que mi abuelo,
bisabuelo y bisabuela dominaban, pero que nunca me transmitieron en vida.
Asistí a la fiesta del Willka Cuti, en Tihuanaco, y sentí que
allí se abría un nuevo camino.
A los pocos meses regresé a la tierra
de mi nacimiento, a orillas del lago Titicaca. Volví con la intención de
quedarme largo tiempo. Limpié el cuarto cubierto de polvo, moví trastos viejos
y, en un rincón de maderas y muebles apilados, encontré nuevamente un cráneo
humano. Lo habían hallado en una excavación cerca de la casa. Mi padre le había
construido una pequeña casita de madera, donde mi madre encendía velas blancas
para que protegiera el hogar. En ocasiones lo llevábamos oculto en una bolsa
hasta la iglesia del pueblo, para que escuchara misa. Ese cuerpo óseo era
temido y respetado por todos nosotros.
Decidí que había llegado el momento de
que continuara su viaje a otros mundos. Preparé una ofrenda y lo entregué al
fuego. Aquella noche, sin embargo, se me presentó en forma de pesadilla: estaba
descontento con mi decisión unilateral. Desperté asustado, sin saber qué hacer.
Entonces preparé otra ofrenda, esta vez con respeto y pidiéndole permiso.
Deposité sus restos al pie de un árbol frondoso, confiando en que la Pachamama
lo acogería. Me fui a dormir temeroso, sahumando los ambientes y esperando que
todo marchara bien.
En las primeras horas de la madrugada
apareció un anciano de barbas blancas acompañado de una mujer joven.
Conversaron entre ellos y, luego, con un bastón de madera examinó mi cuerpo de
pies a cabeza. Golpeó varias veces en un punto preciso, como si allí guardara
un secreto que descubriría solo años más tarde. Sentí entonces una calma
profunda. Les hablé telepáticamente, preguntando qué hacían. La mujer, tomando
su muñeca izquierda, me respondió:
—Tienes la piel de piscis.
Luego desaparecieron.
Después llegó otro anciano, cargado de
lujuria, que jugaba con mis partes íntimas, y tras él una mujer que me besó en
la boca. De inmediato ambos se marcharon. Entonces desperté en un pueblo
oscuro, apenas iluminado por luminarias. Con miedo me atreví a recorrer sus
calles, hasta que varios leopardos surgieron de las sombras y comenzaron a
perseguirme. Trepé desesperado a un poste de luz, y uno de ellos estuvo a punto
de alcanzarme con sus garras. En ese instante, una voz metálica descendió del
cielo y me preguntó:
—¿Qué harías en esa situación?
Protegido por aquella voz, mi mano se
transformó en metal. Cuando el felino la mordió, tuvo que retirarse. La voz me
felicitó por mi acción y me prometió que estarían cerca para guiarme. Desperté
con el alma llena de energía, sin palabras para describir aquel acontecimiento
divino.
Al tender la cama sentí que mi cabeza
quería volar. Creí que sería algo pasajero, pero con el transcurso de las horas
la sensación se repetía. El miedo a perder la razón me estremecía, pues había
escuchado historias de quienes, tras experiencias semejantes, aparecían en
medio de la montaña, sucios y con la ropa hecha harapos.
Guiado por el instinto, preparé otra
ofrenda y la enterré, pidiendo a los guías espirituales y a la Pachamama que me
sostuvieran. Al caer la tarde, los malestares comenzaron a disiparse.
Se abrió una gran puerta y, ante mí,
surgió la oportunidad de atravesarla. Para ello necesitaba encontrar a los
maestros y maestras que me acompañaran y revelaran los secretos de la Tradición
Espiritual Andina.
La Ñusta Choquechaca
Recorrí los
antiguos senderos del Apu Qhapia, cuyas paredes parecían dibujar la
silueta de una inmensa olla donde el eco devolvía, con fidelidad intacta, los
gritos y los cantos. Con el paso de los meses empecé a llamar a esa waka
Taipi Ñusta. En un año lejano caminé en soledad, desde la oscuridad de la
madrugada hasta el primer resplandor del amanecer, decidido a enfrentar las
sombras que habitaban en mi interior. En el horizonte, la claridad del alba
anunciaba la llegada del sol. Allí preparé una ceremonia karpay para
alcanzar al Huayna Qhapia y a Tatito Jesucristo, uniendo en la
plegaria la fuerza de la montaña y la Pachamama.
Agotado, cerré los ojos y caí en un
sueño arrollador. En medio de ese trance se me apareció un humanoide gigante,
de aspecto temible, que me observaba como si me hubiera reconocido de otro
tiempo. Desperté con un sobresalto. Días después, una voz de mujer susurró en
mis oídos:
—Te invito a mi casa, tengo mucha
plata y oro.
Con los años comprendí que no era un
simple ofrecimiento, sino una prueba para tentarme a tomar el camino de la
codicia.
En el retorno a mi casa me detuve en
un recodo del camino, donde de las grietas de la roca brotaban aguas
cristalinas. Los comuneros habían construido con piedras un pequeño pozo para
dar de beber a los animales que pastaban en los alrededores. Me incliné para
recoger un poco de agua. No llevaba flores, bebida ni dulces para entregarle en
ayni, así que opté por obsequiarle una canción intuitiva, nacida desde lo más
hondo de mi corazón. Al amanecer sentí la presencia suave y profunda de la energía
femenina de esas aguas.
Pasaron los días y los meses, y el
recuerdo de aquel encuentro permaneció vivo, como una semilla en mi memoria. Un
día regresé al mismo lugar, guiado por la intuición, llevando una ofrenda más
elaborada para sellar una alianza. Estaba dispuesto a convertirme en puente
entre la Ñusta y las aguas, y así continuar en el sendero de la
sanación.
La Waka Titije qotaña
Cerca del pueblo de
Juli, en la región de Puno, emprendí un viaje hacia la waka de Willka
Uta, un portal de piedra erguido a orillas del lago Titicaca, centro
energético donde se abren caminos hacia dimensiones invisibles. En ese
recorrido conocí a una mujer de tierras lejanas, de cabellos rubios y mirada
clara. Entre nosotros nació una amistad profunda y sincera, como si hubiéramos
esperado siglos para encontrarnos.
Una tarde visitamos los waruwaru:
camellones elevados de tierra, de formas circulares, rodeados por canales de
agua, cerca del poblado de Acora. Desde tiempos antiguos allí se sembraban
papas, quinuas y otros granos del altiplano. Eran vestigios venerables de un
mundo remoto. Años más tarde supe que en la década de 1990 habían sido
reconstruidos siguiendo huellas casi borradas por el tiempo, cuando su utilidad
ancestral ya se desvanecía.
De madrugada observé, desde cierta
distancia, a mi amiga correr con alegría entre los camellones, con la sonrisa
plena de una niña. Más allá, otra mujer, de piel morena y cabellos oscuros,
realizaba un ritual ancestral sobre una mesa cubierta con un mantel. Bajo ella
ardía un pequeño plato de sahumerio, y el humo blanco ascendía hacia los cielos
como un rezo. A un costado, en una asta, flameaba una bandera anaranjada que
anunciaba su linaje. Hacia el este, una anciana en cuclillas —al principio
confundida en mi visión con un abuelo— resplandecía como una sabia sonriente,
en completa calma.
Alrededor del círculo, varias mujeres
vestidas como guerreras custodiaban el lugar, montadas sobre máquinas
semejantes a pequeñas naves voladoras. Antes del amanecer, todavía entre
sueños, sentí en mi cuerpo un placer profundo, tan real que me acompañó hasta
el instante de abrir los ojos.
La Waka Sillustani
Arribé al complejo
de Sillustani alrededor de las tres de la tarde, en una movilidad local.
En la garita de control, a la entrada, pregunté al vigilante dónde podía armar
mi carpa para pasar la noche. El hombre respondió con desconfianza, como si
guardara un secreto. Busqué entonces a otras personas, esperando mejor suerte.
En la carretera intercepté a una mujer de carácter sereno, que me orientó con
amabilidad sobre dónde quedarme. Seguí su consejo y levanté la carpa frente a
la laguna que abraza parte del complejo. En mi interior presentía que aquel era
un lugar movido, donde la energía densa se manifiesta con mayor fuerza al caer
la noche.
Al atardecer contemplé las siluetas de
las construcciones, a unos doscientos metros, erguidas en lo alto del horizonte
como guardianes inmortales. Recordé mi primera visita, en un febrero de
lluvias, cuando fuimos guiados por un amigo paqo. Antes de dejar el
recinto, le pregunté dónde podía conseguir un meteorito caído desde tiempos
remotos, para colocarlo en mi altar personal. Con naturalidad señaló una piedra
casi enterrada. La recogí: era más pesada que una roca común y, al limpiarla,
descubrí que era negra como el carbón, con destellos plateados. La guardé en mi
mochila como quien resguarda un tesoro.
Tiempo después, ya en mi casa, realicé
un ritual de conexión para conocerla. De pronto me vi trasladado a un hospital
repleto de enfermos. Algunos permanecían en sus camas; otros eran conducidos en
camillas por hombres vestidos de blanco. Caminé por pasillos interminables,
habitaciones y corredores que poco a poco se oscurecían, hasta llegar a un
sótano de luz difusa, tétrica. Allí, de repente, me encontré en otro espacio
iluminado, donde una mujer daba a luz. Envolvieron al recién nacido en pañales
limpios y me lo entregaron. Lo sostuve en brazos con emoción paternal.
Entonces, de entre sus pañales, sacó un libro grueso. Abrió la página central y
me mostró símbolos y dibujos indescifrables, hablándome en un idioma extraño.
Lo único que comprendí fue cuando mencionó los nombres de las pirámides de
Egipto.
Al borde de la laguna, saludé con
respeto a los guardianes y a las sirenas invisibles que la habitan,
ofreciéndoles dulces de colores y quintus de coca, para que las olas
llevaran mi gratitud hasta las profundidades. La noche descendió lentamente
hasta cubrirlo todo con su manto. Bajo un cielo estrellado me recosté en el
suelo duro. Entre sueños sentí un peso extraño aplastando mi pecho. Reaccioné
con valentía: el miedo se disipó y me dejé llevar de nuevo al mundo onírico.
Desde el lado izquierdo de mis pies y muslos, entidades sombrías intentaron
molestarme, confirmando que estaba en tierras tormentosas. Desperté enojado,
encendí tabaco y, con bocanadas de humo, los reprendí con firmeza. Me sentí
fuerte, dueño de mí, y volví a dormir.
Entonces aparecieron dos ancianos vestidos
con ponchos y chullos de otras épocas. Los reconocí como sacerdotes guardianes
del lugar. Me invitaron a challar, a bendecir las cuatro direcciones. Me
entregaron dos vasos de barro, reliquias olvidadas por el tiempo: uno rajado
cerca de la boca y amarrado con una cinta de cuero. Estaban llenos de chicha de
maíz amarillo. Los sostuve, uno en cada mano, elevé el rostro al cielo y, con
voz firme, saludé a los Apus y a la Pachamama, esparciendo el
líquido espumoso hacia los cuatro rumbos.
La Ñusta Tomasiri
Me trasladé desde
una ciudad de la costa hasta el pueblo de mi padre, en las alturas de los
Andes, donde aún vivían mi tío y su esposa. Lo hice en motocicleta, con nervios
de aprendiz: recién estaba aprendiendo a manejar y, en una larga subida, el
motor se recalentó como si compartiera el esfuerzo de mis pulmones. Llegué al
atardecer, cuando el sol se ocultaba tras las cumbres, y al encontrarme con mi
tío, me recibió con temor y desconfianza. Me preguntó si no traía conmigo el
virus, pues eran tiempos de pandemia. Sentí tristeza, tanto por el cansancio
del camino como por la distancia que el miedo imponía entre nosotros.
Entonces fui al río a hablarle a la Ñusta,
princesa de las aguas, para saludarla y desahogarme por el momento que me
tocaba vivir. Esa noche soñé con una mujer de ojos penetrantes que me observaba
en silencio, con una mirada tan fija que parecía atravesar mi alma.
Al día siguiente fui con todas mis kuyas
a un lugar que bauticé como Ñusta Qamaña, aunque más tarde supe que
se llamaba Tomasiri. Lavé mis piedras sagradas, agradecí la oportunidad
de estar allí y les dediqué canciones intuitivas nacidas desde lo profundo del
corazón.
En la noche me encontré en un terreno
eriazo, donde el silencio parecía custodiarlo todo. Más allá, erguido como un
espía siniestro, se alzaba un espantapájaros con nariz de loro y sombrero
negro, que me observaba disimuladamente, como un mensajero de los laikas.
Yo estaba acompañado de un pequeño gato que, al verlo, se abalanzó furioso
contra su cabeza. Corrí a ayudarlo y le asesté una patada en sus piernas de
trapo. En ese instante desperté con un sobresalto, pues el dolor era real:
había golpeado con mi propio pie la pared de la habitación.
Las sirenas del lago
Por las orillas de
la playa, poco antes del mediodía, caminé observando a los patos y a las wallatas
deslizarse sobre el agua como si dibujaran con sus cuerpos antiguos códigos. Me
detuve en mi lugar preferido para contemplar el movimiento sutil de las olas
frente a la madre Wiñaymarca, el lago menor del Titicaca, cuyas aguas
guardan la memoria de los ancestros.
Inicié entonces un canto de
melodías monótonas, entrelazadas con frases en mi lengua materna. Mi voz se
abrió paso en la quietud del agua cristalina y mansa, y tuve la certeza de que
las energías femeninas que custodian las profundidades —aquellas de las que
hablaban los yatiris en los círculos de conocimiento— escuchaban con
atención mi deseo de conocerlas. Mi cuerpo se fue soltando, ligero, hasta
quedar inundado por un sentimiento de felicidad perpetua.
Al amanecer, dos mujeres surgieron
atravesando un manto invisible: una de carácter amistoso, con sonrisa de viento
fresco, y la otra de semblante severo. Sus voces, dulces y firmes a la vez, me
hablaron con la claridad de sus aguas, asegurándome que podía invocarlas por
sus nombres siempre que deseara llamar sus fuerzas para acompañar en las
ceremonias.
El destino
Conocí a una mujer
de tierras lejanas; su sola presencia encendió en mí un fuego voraz. Hablamos
largamente sobre misterios, sobre mundos invisibles y sobre esa otra vida que
palpita más allá de lo que solemos llamar real. Su carácter libre me inspiraba
confianza. Me confesó que su senda era de soledad y que en ella encontraba
tranquilidad; aún no estaba lista para hallar un compañero con quien compartir
sus días. Entre nosotros, sin embargo, nació una amistad sincera, clara como el
agua que corre entre las piedras de los manantes.
Esa noche consulté al mundo de
los sueños, pidiendo una señal que me guiara qué camino debía seguir y si aquel
lazo podía transformarse en compañía de vida. Vi entonces cómo levantaba una
tienda grande a un costado de una carretera solitaria para vender productos del
campo. Un transeúnte me advirtió que allí no había feria; desanimado, decidí
desarmarla. Subí a mi furgón y conduje con dificultad: el timón parecía
resistirse y mis pies, de pronto, no alcanzaban los pedales del acelerador ni
del freno. En esa distracción tomé un camino sin salida y luego regresé por el
mismo. Intenté otra ruta, pero el sendero hacia mi casa se volvía desconocido,
como si una fuerza del destino me empujara a mirar en otra dirección.
Junto a una laguna de aguas turquesas,
me hallé en las faldas del Apu Ausangate, una montaña poderosa
desde tiempos ancestrales donde en otras ocasiones había sido iniciado en el
camino espiritual andino. Allí reconocí la presencia de dos paqos: uno
era mi maestro y el otro un desconocido. El extraño me dijo con solemnidad:
—Tomémonos de las manos.
Formamos un pequeño círculo y, al
enlazar nuestras palmas, sentí que las mías comenzaban a calentarse, como si en
ese instante un fuego se encendiera en lo profundo de mi ser.
La Chullpa
En una habitación
de una construcción antigua y en evidente abandono, acompañado de dos mujeres,
me acerqué a cortejar a una de ellas, de carácter libertino, cuya presencia
evocaba a la de una prostituta. Me recosté en su cama y la acaricié, deseando
la intimidad de su cuerpo sensual. La abracé, pero en un instante se me escapó
un pedo. Ella, horrorizada, me expulsó de su lecho. Avergonzado, lo negué,
alegando que quizá el olor provenía de mis calcetines. Me apresuré hacia la
puerta para abrirla y ventilar la habitación del hotel. Les sugerí que en la
avenida principal había hospedajes mejores, por el mismo precio de treinta
soles.
Ambas mujeres decidieron ir a bañarse
a otro ambiente, ya que la habitación no contaba con baño privado. Las acompañé
hasta cierta parte y, al regresar, encontré mis calcetines cerca de la puerta,
como si los hubieran dejado allí a propósito por su mal olor. Luego me recosté
en mi cama. Al poco rato la mujer sensual volvió y se acostó sobre mí. Esta
vez, antes de entregarnos, debía escuchar el latido de su corazón y el mío. La
acerqué con mis manos, seduciéndola, pero su cuerpo, pesado como una piedra
fría, me impedía sentirlo. Nos levantamos enseguida, como si su pecho helado
rechazara el calor de mi corazón. Entonces dijo que había llegado la hora de
emprender un viaje en el ómnibus que la aguardaba.
Antes de partir, las acompañé a una
bodega donde vendían golosinas y bebidas de toda clase. Cada quien escogía lo
suyo para comer durante el camino. Un hombre que viajaba con ellas, como si
fuera su guardaespaldas, comenzó a recoger de los estantes pan dulce, galletas
y helados. Yo solo tenía unas cuantas monedas en la mano y reclamé que no
pagaría lo que él pretendía cargarme. La cajera, molesta, se negó a venderme
una bolsita de dulces que ya tenía en mis manos. Salí enojado de la tienda,
convencido de que encontraría otra en el camino.
El bus aguardaba únicamente por
nosotros. Decidí viajar también, atraído por aquella mujer sensual. Pero al
intentar sentarme, descubrí que estaba solo; sin otra opción, me acomodé en la
parte delantera. A mi costado, un asiento vacío parecía acompañarme. Alrededor,
la mayoría de los pasajeros eran hombres silenciosos.
En el trayecto recordé relatos de los
abuelos: decían que las chullpas son espíritus que habitan bajo la
tierra, en el mundo de abajo. Seres de otros tiempos que, en ciertas horas o
días del año, se aparecen ante los vivos tomando la forma de un conocido —una
mujer, un marido, una amante— para seducirlos y poseerlos. Una de las maneras
de detectarlas, aseguraban, era tirándose un pedo o arañando la tierra, gestos
que las incomodan y las delatan. Si llegara a consumarse la relación, el mortal
enfermaría, perdería el ánimo y la vitalidad, e incluso podría morir si no
recibía el tratamiento adecuado.
La cura consistía en hallar, cerca del
lugar del encuentro, huesos de la chullpa y preparar con ellos un mate,
añadiendo un poco del polvo del hueso para que lo bebiera el afectado.
Un paqo de la comunidad Q’ero
me contó la historia de un hombre que descansaba en su casa del campo cuando
apareció, de improviso, su mujer. Sin embargo, en sus gestos había algo extraño
que lo hacía dudar. Ella lo invitó a acostarse. El hombre, desconfiado, ató a
su tobillo la punta de un ovillo de lana de alpaca. Tras el acto carnal se
quedó dormido hasta el día siguiente. Al despertar, no había rastro de su
esposa; solo encontró el hilo extendido por el piso. Lo siguió hasta unos
montículos de piedra, donde halló que el ovillo estaba atado a un hueso antiguo
manchado con semen. Enfurecido, quemó todos los huesos para romper los lazos
con aquella entidad del mundo de los muertos.
Las siete Ñustas
Después de la
experiencia con las chullpas pasé el día exhausto, sin energías,
abrumado por pensamientos que me empujaban hacia un abismo sin retorno. Me
sentía incomprendido y vulnerable. Antes de dormir realicé un ritual sobre un
plato: coloqué flores rojas y rosadas, y vertí aguas recogidas de distintos centros
energéticos.
Una provenía de una playa del lago Titicaca;
otra, de Copacahuana, obtenida de un manante escondido al pie de un
cerro visitado por peregrinos. También traje agua de Putuputuni —cerro
con muchas cuevas—, donde existe una de gran tamaño de cuyas grietas brotan
gotas cristalinas que, según los comuneros, aseguraban curar las enfermedades
de los ojos.
Incluí agua de Ñusta Qamaña
—“donde vive la princesa”—, sitio del que mi familia aún recuerda historias
fantásticas: la aparición de un pez monstruoso que dormía en sus orillas como
guardián del portal.
Otra agua provenía de Poccona,
recogida en el camino hacia la cima de la montaña Mama Juana, también llamada Quana
o Janqu Tayca. Los abuelos contaban que en noches escogidas allí
se abría una ciudad iluminada. El riachuelo que desciende del cerro forma
pequeños pozos donde antaño habitaba el maure, pez oriundo del altiplano.
Añadí además agua de Chojña Cocha,
procedente de los deshielos del Apu Sinaq’ara, cuya energía es
como un hielo que quema. Recordé que una vez, al bañarme allí, tuve que
enfrentar mis propias sombras, temblando de miedo. Finalmente sumé agua de Choquechaca,
recogida en uno de los caminos que conducen al Apu Qhapia, Janqu
Auqui.
Inicié cantos de melodías melancólicas
y, poco a poco, la tristeza se transformó en himnos de gratitud y fuerza.
Abracé mi cuerpo como quien vuelve a reconocerse y esparcí gotas de aquellas
aguas con las flores sobre cada rincón de mi casa, invocando el buen vivir, la
alegría y el agradecimiento hacia la Pachamama y las ñustas del agua.
Después me encontré en un taller
eléctrico ajustando tornillos en una pared. Había colocado dos y faltaban otros
dos para completar los cuatro. El jefe del taller, con aire severo, me encargó
instalar uno más antes del final de la jornada. Yo, confiado, sentía que lo
lograría sin dificultad.
En otra escena aparecí en una galería
de exposición fotográfica. Las obras eran de un amigo fotógrafo, pero mi tarea
consistía en firmar con autógrafos las piezas vendidas, como si fueran mías. En
el fondo me corroía el miedo de que descubrieran la farsa. Los críticos
murmuraban que aquellas fotos tenían un alma débil.
De pronto ingresaron al lugar varios
hombres que se presentaron como dirigentes sindicales y convocaron a sumarse a
una manifestación. Sentí que en cualquier instante descubrirían mi presencia.
Con apuro me puse unos pantalones holgados y los aseguré con un cinturón para poder
huir. El guardia de seguridad quiso detenerme en la puerta, pero logré
escabullirme por unas escaleras laterales, dejando atrás la galería como quien
abandona un engaño.
En el camino recapacité: debía regresar
para completar un curso de capacitación, como si se tratara de aprender a
gestar mis propias obras. Estaba convencido de que el aprendizaje sería
sencillo.
Más tarde entré a un viejo
departamento de un edificio en ruinas. Sus habitaciones estaban descuidadas,
con filtraciones que rezumaban desde los pisos superiores, y sentí que en
cualquier momento estallaría una plaga de ratas. En una de las estancias, en
mejor estado que las demás, hallé a mis familiares viviendo allí. Les recomendé
trasladarse a otra casa más abajo, más sana y segura.
El viaje prosiguió en el auto de mi
hermano menor. En el trayecto por la montaña, el motor comenzó a fallar y
descubrimos que el líquido de la batería se fugaba como un chorro de agua. Nos
vimos obligados a detenernos en unas casitas al borde de la carretera. Pedimos
pegamento, pero el comerciante aclaró que ese material solo podía solicitarse
al distribuidor con anticipación.
Revisamos el motor de nuevo: la fuga
era mínima, casi inofensiva. Sugerí continuar sin mayores preocupaciones, pero
otro hermano insistió en buscar ayuda. Dejamos al menor cuidando el coche y
pedimos a los vecinos que lo asistieran. Finalmente encontramos el pegamento
necesario y, aunque resolvimos el problema, comprendimos que llegaríamos más
tarde de lo previsto.
El llamado de la Voz
En una ceremonia en
la que participaba me pidieron cantar. Con inseguridad respondí que lo haría
después, como quien pospone un destino inevitable.
De regreso compartimos el viaje con
una mujer que integraba un grupo de cinco personas. Íbamos desde la ciudad
capital hacia una ciudad del sur del país. Sentí una atracción inmediata por
aquella mujer hermosa, que llevaba consigo a su pequeño hijo: un niño que
parecía demandar más de lo que sus manos podían ofrecer. Comprendí entonces que
ella buscaba, quizá sin expresarlo, a alguien que la ayudara en su cuidado,
pues el trabajo la mantenía ocupada la mayor parte del tiempo.
Así fue como, sin esperar más, comencé
a acercarme a ella con esmero, como si su compañía me invitara a descubrir mi
propia voz.
Los egos apresurados
El 15 de agosto es
día de feria en mi pueblo, cuando se celebra la festividad de la Virgen de la
Asunción. Las calles se desbordan de comerciantes y artesanos venidos de
tierras lejanas que ofrecen utensilios de barro: ollas, platos, tazas, vasos y
fogones, con precios que varían según tamaño y calidad. También venden pequeños
animales de arcilla, multicolores, que las madres compran para alegrar a sus
hijos e hijas.
Caminé por el centro de la plaza,
distraído entre la multitud que se arremolinaba frente a los puestos.
Deslumbrado por la algarabía de los vendedores, olvidé que debía acompañar a un
familiar hasta su casa. Cuando al fin lo recordé, la tarde ya había oscurecido.
Corrí apresurado y, al alcanzarla, me recibió con disgusto, mirándome con fría
indiferencia.
Avanzamos juntos hasta una esquina de
la plaza, donde unas mujeres —entre adultas y niñas— atendían alrededor de una
mesa vacía. Yo llevaba sujeto con una soga a un toro que, en un descuido de la
realidad, se había transformado en un enorme cerdo macho. Lo acerqué a la niña
y le pedí que lo castrara. El animal, dócil, se echó sin resistencia sobre la
mesa. Ella hundió el cuchillo en la piel con precisión quirúrgica, extrajo un
pedazo de carne con nervios rojos, luego un testículo enorme y finalmente el
segundo. Untó pomada sobre las heridas abiertas, como si dominara un arte de
curación aprendido siglos atrás. Me pidió siete soles por la operación, pero
enseguida corrigió a cinco, aclarando que era por ambas extracciones. Le pagué
con disgusto, convencido de que el costo era desmesurado.
Mi familiar, de pronto, ya no era la
misma: se había transformado en una mujer de carácter áspero, como roca dura.
En medio de la plaza me encontré con un amigo paqo, heredero de un
linaje ancestral de la zona quechua de Puno. Enterado de nuestros conflictos,
tomó a la mujer y la condujo a un espacio privado para reprenderla con firmeza,
no sin antes entregarnos un bebé recién nacido para que lo cuidáramos.
Más tarde abordamos una camioneta
amplia, de asientos generosos, y aguardamos cómodamente su regreso. A los pocos
minutos la radio transmitió un mensaje suyo, convocando a otras personas como
si pidiera ayuda. Preferimos callar, como si nuestra compasión estuviera
herida.
Rumbo a la ciudad blanca viajaba
cómodo y confiado, hasta que el vehículo se detuvo sin causa aparente. No
pregunté por el percance: descendí cargando unas mantas pesadas y subí una
cuesta que conducía a un pueblito a la entrada de la ciudad blanca. Apresuré
mis pasos para no ser alcanzado por el bus cuando reanudara la marcha, temiendo
quedar en ridículo frente a los demás pasajeros. Me convencí entonces de que
los procesos apresurados y desconocidos alteran negativamente los resultados.
Mis espejos
Los rostros pálidos
de varias personas se mostraban complacidos al escuchar mis relatos de
historias fantásticas y misteriosas. Viajábamos en un bus que, tras un largo
trecho, arribó a una ciudad de calles silenciosas, donde los pasajeros
comenzaron a descender. Entre ellos, cinco jóvenes, con la serenidad marcada en
sus pasos, se apartaron del grupo para seguir otros rumbos, como si ya hubieran
cumplido con la parte que les correspondía.
El resto, conformado por mujeres,
eligió hospedarse en un hotel lujoso. Yo, con humildad, les advertí que mi
boleto no incluía el costo de aquel alojamiento y que prefería buscar un hotel
más económico donde pasar la noche. En mi interior, una punzada de
arrepentimiento me recordó que debí quedarme en el pueblo anterior, donde
estaba mi casa; pero el corazón, sabio e intuitivo, me empujaba a permanecer
cerca de ellas y a participar en la reunión de despedida en esa ciudad serena.
Antes de separarnos, ellas me
aseguraron que más adelante regresarían en otro viaje para continuar
conociéndonos. Una de ellas, con un gesto inesperado, me regaló un beso en la
mejilla. Sin embargo, entre los presentes, un joven me miraba con antipatía,
con esa expresión confusa que busca excluir al intruso de la última fiesta. Su gesto
me recordó que ese mismo defecto también habitaba en mi interior.
El sonido de la Pachamama
Mi hermana me pidió
que visitara a una abuela que canta canciones sanadoras, para recibir de ella
el canto destinado a la recuperación de la salud de su esposo y de otra persona
más. Ocupada en sus quehaceres, confió en mí y en la abuela curandera,
aclarando que ya había depositado el dinero por sus servicios. Yo, en silencio,
pensaba en mis propios cantos intuitivos que brotaban del corazón; sin embargo,
reconocí que era una oportunidad para aprender, escuchar su voz y comprender el
misterio de su ritual.
La abuela me recibió con dulzura en su
casa e inició la ceremonia mirando hacia el sur. Saludó con reverencia a los
espíritus protectores, dibujando en el aire la señal de la chakana, y
luego se dirigió hacia un viejo cactus que crecía junto a la pared. Cortó
algunos pedazos y me pidió colocarlos en el tercer piso. Después nos
arrodillamos frente a su altar, rezando en silencio. Untó barro rojo en mi
frente y en mis manos, y entonces comenzó a emitir sonidos extraños, como si la
tierra hablara a través de su garganta.
En ese trance escuché dos golpes claros
—pum, pum— semejantes al retumbar de un bombo atrapado en las entrañas de la
tierra. Incrédulo y temeroso, abrí los ojos, pero al cerrarlos los golpes
regresaron con la misma fuerza, como si el corazón mismo de la Pachamama
latiera allí abajo.
Con curiosidad pregunté:
—¿Qué significan esos golpes?
Ella respondió con solemnidad
incomprensible:
—Son dólares, son ceros; solo te falta
el uno. Sigue limpiando y llama al uno.
Me pidió que me concentrara y
continuara con la oración.
De pronto, otro cliente interrumpió la
sesión y la abuela se retiró con él a una habitación contigua, dejándome solo.
En ese instante apareció un hombre enfermo, consumido por sus adicciones. Al
mirarlo fijamente lo reconocí: era un antiguo compañero de la escuela primaria
que solía atormentarme. Su presencia despertó en mí viejas heridas. Comenzó a
fastidiar, impidiéndome unirme en la meditación. Lleno de ira lo enfrenté, lo
tumbé al piso y casi aplasté su rostro con una piedra que encontré en un
rincón.
El escándalo alertó a la abuela, que
irrumpió airada. Nos reprendió con severidad, como si su voz fuera un rayo, y
nos advirtió que la sesión debía terminar a las cuatro. Después, debíamos
abandonar su casa.
Sentí tristeza por no haber sabido
contener mis impulsos violentos, como si hubiese fallado a los espíritus que
nos observaban. Sin embargo, en mi interior me comprometí a regresar, a pedirle
perdón a la abuela y a seguir aprendiendo de su sabiduría ancestral.
La vanidad
En una ceremonia
que celebramos para honrar el equinoccio de primavera en estas tierras del sur,
guie a dos mujeres venidas de parajes lejanos, con la intención de abrir juntos
nuevos proyectos. Comencé trabajando con una de ellas, dirigiendo un ritual
antiguo; pero con el correr de los días llegó la noticia de que había
desaparecido, como tragada por la tierra.
Después me trasladé al matrimonio de
unos familiares cercanos. Me presenté a la fiesta con traje elegante, pero la
algarabía y la cerveza me vencieron, y al recuperar la conciencia descubrí que
mi vestidura estaba sucia y desgastada, como si hubiese envejecido conmigo en
apenas unas horas.
Al día siguiente me invitaron a otra
boda. Sin embargo, en mi afán de buscar un nuevo traje para aparentar respeto,
descuidé el paso del tiempo y, al volver, supe que la fiesta ya había
terminado. Como consuelo pensé que, al menos, me había ahorrado el gasto.
Más tarde, mientras caminaba por la
calle, una mujer que me reconoció me miró con frialdad: en sus ojos se
adivinaban la indiferencia y la desilusión ante mi aspecto marchito.
Las heridas del alma
Participé en una
sanación de memorias ancestrales, guiada por una maestra a la que conocía desde
mi niñez. Al principio estaba tenso, incrédulo y reacio a abrirme; la cólera me
cegaba la visión como una niebla espesa que nublaba mis sentidos. Sin embargo, a
medida que la ceremonia avanzaba, mi alma comenzó a serenarse y sentí mi cuerpo
latir al compás del corazón, envuelto en compasión.
Descendí entonces a los dominios de
las sombras del bajo mundo. Allí vi a dos guerreros de tiempos olvidados,
cubiertos de cicatrices que parecían mapas de antiguas batallas. Luchaban con
furia dentro de una jaula de acero. Uno empuñaba tres cuchillos circulares que
blandía con rabia, como si en cada corte quisiera vengar años de dolor. Era una
pelea sin misericordia, un combate sin fronteras.
En un descuido, un hombre de tez
oscura, perteneciente a una tribu ancestral africana, logró arrebatarle los
cuchillos desde fuera de la jaula. Entonces la violencia comenzó a menguar. Los
guerreros, agotados por la crudeza de los golpes, fueron perdiendo fuerzas. Por
un instante sentí que mi espíritu encarnaba en uno de ellos, que sus heridas
eran también las mías. Y en ese trance, una voz me llamó dos veces por mi
nombre para anunciarme que la pelea había terminado.
La despedida
Conocí a una mujer
que, desde el primer instante, me causó admiración. Juntos recorrimos distintos
parajes para sentir el latido de las aguas del majestuoso lago. Fueron momentos
inolvidables, marcados tanto por la intimidad como por la tensión: mi paciencia
se desbordaba al no comprender del todo su lenguaje, y ella también sufría esa
incomunicación. Al final, decidió alejarse sin dar explicaciones, como quien se
marcha llevando una herida oculta en las entrañas.
Con los años, su recuerdo siguió persiguiéndome.
A veces me arrepentía de las decisiones apresuradas, pero en lo más hondo de mi
ser presentía que aquello no era solo emoción: quizá provenía de pactos
antiguos, de promesas sembradas por mis ancestros en otras vidas.
Ingresé entonces en la habitación de
mis padres, un espacio amplio donde había transcurrido parte de mi infancia.
Allí la vi, de pie, esperándome en silencio, como si nunca se hubiera marchado.
En otro tiempo le había entregado un
despacho como ofrenda, con la esperanza de sembrar una buena relación. Hablamos
con frases secas y, por momentos, el silencio se volvió frío como el aire antes
de una tormenta. Le propuse hacerle un ritual de limpieza con mis kuyas. Sin
responder, se sentó en el piso de madera y fijó la mirada en las hojas de coca
extendidas sobre una incuña. Escogió dos hojas intactas y, con
delicadeza, formó una flor de ocho pétalos, orientando cada hoja hacia las
cuatro direcciones.
Entonces, un pequeño papel celeste
cayó de entre sus ropas. Me preguntó si aún recordaba hablar inglés.
Avergonzado, le respondí que ya no, que mi hermano podía hacerlo. Ella no
contestó. Se levantó en silencio y caminó hacia la puerta de salida. Al
intentar despedirme, quedé sorprendido: de espaldas a mí ya no estaba la mujer
de cabellos negros, sino un hombre pelirrojo que se alejaba sin volver la
mirada. Lo sentí como una señal, el final de una etapa de engaños.
El retorno al lago
El jefe de la
cocina me reprendió con rigor por haber derramado, sin querer, una sopa en el
piso. Era un caldo preparado con ingredientes seleccionados, de esos que
conservan el sabor de una tradición añeja. Su enojo no admitía excusas:
tendríamos que regresar al mercado para abastecernos de nuevo y cocinarlo desde
el principio. Lo aceptamos con serenidad, como quien acata una orden con gusto.
Abordamos un bus de pasajeros en
compañía de una mujer de cabellos amarillos y nos sentamos en los asientos
delanteros. Poco después subió otra viajera que, con movimientos disimulados,
colocó sus maletas debajo de nuestros pies. Preferí callar, convencido de que
no era asunto mío.
En medio del camino, el bus fue
detenido por la policía para un control de identidad. Mi compañera,
sobresaltada, escondió apresurada su carnet dorado entre sus pertenencias, como
quien resguarda un secreto. Los funcionarios la bajaron de inmediato para
detenerla. Yo intenté defenderla, alegando que todo era un error y que nuestras
intenciones eran nobles: queríamos formar una institución para ayudar a los más
necesitados. Pero el policía, incrédulo, quiso acusarme de cómplice y de
engaño. Finalmente, sin pruebas para retenernos, nos dejaron en libertad. Ya
era tarde: nuestro bus había partido, abandonándonos en la carretera.
Esperamos otro vehículo para
alcanzarlo y recuperar el equipaje. A nuestro alrededor crecían totoras, esos
juncos que brotan como guardianas en las orillas del lago. Entonces se acercó
un hombre que me reconoció: me recordó que alguna vez lo había curado. Me
halagó diciendo que mi tratamiento había sido bueno y me confió que ahora
enfrentaba un caso más delicado, preguntándome cuánto costaría la atención. Le
expliqué el proceso con calma, consciente de que las palabras mismas forman
parte de la curación.
Por un momento cerré los ojos y sentí
que volaba como un ave sobre la vasta inmensidad, hasta divisar el bus que
cargaba nuestras pertenencias. Al abrirlos, apareció otro hombre: su rostro me
resultaba familiar, como si lo hubiera conocido en otras vidas. Me habló con la
certeza de un viajero antiguo, asegurando que había recorrido muchas regiones
del mundo y que ese sitio, a orillas del lago, estaba recibiendo un caudal
mayor de energía del cosmos.
Despertando mi conciencia
Un hombre solía
engañar a las personas para llevarlas a la intimidad, sin importar si eran
hombres o mujeres. En una ocasión se acercó a mí y, al descubrir sus verdaderas
intenciones, lo enfrenté sin rodeos: lo sujeté por sus partes íntimas y lo
golpeé hasta derribarlo, como si en cada golpe buscara despertar la conciencia
que había perdido.
Después abordé un automóvil atiborrado
de cuerpos y voces. Me hicieron un espacio y, al sentarme, sentí una
incomodidad extraña en los glúteos: estaba sentado sobre una mujer. Al
reconocerla comprendí, atónito, que se trataba de una familiar. Balbuceé una
disculpa y continué el viaje, con el sonrojo ardiendo en mi rostro.
Cuando la tarde alcanzó su punto más
alto, descendí en un parque concurrido, un hormiguero de transeúntes que iban y
venían como si obedecieran a un mismo pulso invisible. Allí un hombre ofrecía un
espectáculo improvisado, moviéndose con gestos erráticos, como poseído por una
demencia serena que arrancaba sonrisas a los curiosos. A un costado reposaban
sus pertenencias en una bolsa sucia. Al concluir su función, se dejó caer sobre
la vereda para dormir, vulnerable como un niño abandonado. Entonces algunos
hurgaron en su bolsa, buscando objetos de valor. Indignado, protesté contra
aquel acto atroz, defendiendo la dignidad del desvalido como si defendiera la
mía propia.
Aún con el enojo atravesándome el
pecho, me dirigí al paradero. Allí reconocí a antiguos compañeros de trabajo.
Nos saludamos con apretones de mano que parecían rescatar amistades olvidadas
en el tiempo. Ellos subieron a un bus repleto y, al despedirse, me dijeron que
pronto me enteraría de un nuevo trabajo.
La Wachuma
Purifiqué mi cuerpo
físico en cuatro ocasiones con una dieta especial. Al finalizar el proceso, mi
padre, furioso, me dijo:
—No te corresponde
la herencia de la abundancia.
Con pena me retiré a la casa de mi
bisabuela materna, en la ladera de un cerrito rodeado de muros de piedra y
andenes donde se sembraban papas. Allí me recibió una mujer madura, vestida con
ropas multicolores, quien me informó que la abuela había salido.
De pronto, un águila negra descendió
del cielo y se posó sobre unos pequeños árboles, mirando hacia el norte, frente
a un patio cubierto de hierba verde. El águila se transformó primero en un
anciano y enseguida en una anciana. Junto con otras mujeres formamos un
círculo. Una por una se fueron acercando para saludarla con reverencia, y yo
hice lo mismo, siguiendo el orden.
Frente a ella, le confesé que durante
años me había preparado para recibir su bendición. Entonces me entregó una incuña
con hojas de coca. Escogí las más verdes y hermosas, pero al instante se
marchitaban y se doblaban en mis manos. Así permanecí un largo rato, hasta que
decreté con voz firme:
—Muéstrense las que correspondan.
Entonces apareció un tallo con seis
hojas agrupadas de tres en tres; añadí una más para completar quintus de
dos y tres unidades.
—¿Cuál es tu pedido? —me preguntó.
—Quiero abundancia —respondí con
certeza.
Ella, sorprendida, pronunció una frase
que sonaba similar al aimara y al quechua. Al preguntarle qué
significaba, me contestó:
—Temprano puede ser que recibas algo.
Finalmente, me recomendó que me uniera
con alguien de la costa. Confundido, me retiré de su presencia, preguntándome
si debía establecerme en aquella región o salir en busca de algo en esas
tierras lejanas.
El regalo de los ancestros
Se celebraba un
concurso de vuelo de cometas en la fiesta de mi pueblo, durante la celebración
del Wiñay Pacha. El cielo se llenaba de formas y colores, como si las
almas de los difuntos disputaran un lugar en las alturas. Decidí participar con
mi cometa verde, grande y majestuosa, que se enfrentaba a otra aún mayor de
color violeta. La competencia consistía en permanecer el mayor tiempo posible
en el aire, pero en aquel cielo reducido las cuerdas se enredaban, y varias
cometas caían arrastrando consigo a las que aún resistían. La tarde oscurecía y
los postes de luz se encendían uno tras otro, como luciérnagas. Solo dos
cometas persistían, obstinadas en mantenerse en el aire. Finalmente, la mía,
exhausta, cayó sobre la plaza, y la multitud corrió a desgarrarla en pedazos,
guardando cada fragmento como si fuera un trofeo.
Entonces la lluvia irrumpió con furia,
inundando calles y casas con agua y lodo. Caminé por la vereda procurando no
mojarme demasiado, cargando bultos pesados que me vencían. Avanzaba lentamente
hasta que un amigo me ayudó a acomodarlos sobre los hombros, pero el cuerpo no
resistió y cayeron al suelo. Con esfuerzo los levanté de nuevo, abrazándolos a
la altura del vientre, y se los entregué a la autoridad del pueblo. El hombre
abrió el bulto, sacó varios paquetes envueltos en papel plateado y los repartió
con solemnidad entre sus allegados, como si fueran regalos de cumpleaños.
La Chakana
Cerca de una decena
de ambientes de piedra, levantados desde tiempos remotos en las faldas de un
cerro de un valle interandino, se celebraba la fiesta de la Chakana. En
una casa grande tronaba una orquesta cuyos parlantes producían un ruido
insoportable, mientras los borrachos, ebrios de música y aguardiente, bailaban
sin control, deslizándose tambaleantes por las calles polvorientas.
Al mismo tiempo, en un descampado, un
grupo de músicos vestidos con ponchos rojos arrancaba de sus quenas melodías
agudas que parecían llamar a la lluvia. De pronto me rodearon y, contagiado por
su energía, me uní a su danza con alegría desbordante. Pero al poco rato, uno
de ellos, con la quena aún en la mano, me pidió que le convidara cerveza. Le
respondí con calma que no tenía por costumbre beber.
Entonces, decepcionados, siguieron su
camino y me dejaron solo en la calle, con el eco de su música apagándose en la
distancia. En los pueblos olvidados por el tiempo, donde todavía respiran los
espíritus de los abuelos, es importante corresponderles siempre con nuestro
cariño y atención.
La purificación
El mar se retiró
dejando al descubierto lomas áridas; el viento levantaba un polvo arenoso sobre
la tierra reseca. La gente invadía aquellos espacios desérticos levantando
barricadas para marcar como suyas las tierras recién descubiertas. Yo buscaba
mi mochila, donde guardaba mis herramientas de poder. Me acompañaba una mujer
de cabellos negros y sonrisa enigmática. El paraje estaba irreconocible, y no
recordaba dónde la había dejado, aunque confiaba en hallarla, pues ya me había
comunicado con los guardianes de las montañas.
De pronto la encontré tirada en el
suelo, al pie de una cuesta. Poco después, unos ladrones se me acercaron para
entregarme otra mochila, disculpándose porque creyeron que estaba abandonada.
Les agradecí y les di ocho soles como recompensa. La mujer, agotada de tanto
andar, se sumergió con todas sus ropas en un pozo de aguas heladas. Al salir,
tiritaba al borde del congelamiento, pero otras mujeres la cubrieron con
mantas. Rebuscando en las mochilas encontré un abrigo y una camisa, aunque dudé
que fueran míos. Luego hallé un par de botas con tacos y unos zapatos de
montaña; decidimos quedarnos con estos últimos.
Llegamos después a un restaurante,
propiedad de la familia de un paqo de barba tupida y negra. Nos
saludamos con un apretón de manos y, con voz baja y cierta duda, le presenté a
la mujer de sonrisa enigmática como mi novia. Nos acercamos a la mesa para
comer, pero faltaba una silla para mí. Amablemente fui a buscar una en otro
lugar y, cuando regresé, mi amigo ya no estaba: me dijeron que se había
retirado para atender a otra pareja, sus parientes. Con nostalgia abandonamos
el restaurante, y la mujer me invitó a mirar una estrella en el cielo.
CAPITULO
II
La bendición del Apu Sinaq’ara
Por senderos
montañosos, a veces acompañado solo por la sombra de mi propia soledad y otras
por peregrinos que avanzaban en la penumbra de la noche, caminé hacia el Apu
Qoylluriti y el Apu Sinaq’ara, la estrella brillante de los
Andes. En cada apacheta, señalizado por cruces y montículos de piedras que
guardan la memoria de caminantes desde la antigüedad, me detenía para
recomponer el aliento, dejar el cansancio y desprender de mi pecho los miedos.
Al amanecer, cuando el sol asomaba
tímido entre los picos de los macizos, avancé por el camino serpenteante que
parecía abrirse solo para mí. La senda me condujo hasta una laguna pequeña, de
aguas turquesas, nacidas del deshielo de la montaña. Allí, en su regazo,
preparé la ofrenda y la entregué con reverencia a los espíritus tutelares que,
invisibles y eternos, custodian desde las cumbres.
Entonces, una gran cometa irrumpió en
la inmensidad del cielo. Revoloteaba como un ave gigante empeñada en liberarse
de la cuerda que la sujetaba a la tierra. Mis fuerzas casi me abandonaban al
intentar dominarla, y sentí el miedo de ser arrastrado por los aires como un
frágil papel. Con esfuerzo la até a una baranda de hierro clavada en el suelo,
anclada también a la firmeza de la tierra.
El viento, que antes soplaba con
furia, se serenó de repente y la tormenta dejó de ser hostil. La gran cometa
descendió suavemente, como si obedeciera al mandato del Apu, acompañada
por otra más pequeña que la seguía en silencio.
La Waka Miculla
En el solsticio de
invierno, en el hemisferio sur, celebramos la fiesta del Inti Raymi.
En un centro ceremonial marcado por antiguos petroglifos en medio del desierto,
se había congregado una multitud para recibir al Inti Tata y
bañarse con sus primeros rayos al amanecer. Al borde de una pequeña loma, los
comerciantes ofrecían productos diversos, desde utensilios para el hogar hasta
herramientas para la agricultura.
Me aparté del gentío en busca de
silencio interior. Entonces el ambiente comenzó a oscurecer y descubrí fogatas
encendidas donde ardían ofrendas dedicadas a los espíritus guardianes del desierto.
Continué explorando en la soledad de la noche hasta que, a lo lejos, divisé
enormes piedras. En la penumbra, aquellas moles pétreas parecieron cobrar vida:
de ellas emergieron gigantes humanoides que despertaban de un sueño milenario.
Con movimientos torpes y pesados avanzaban como bestias hambrientas en busca de
alimento.
Al sentir el peligro, un
estremecimiento me recorrió el cuerpo y temí lo peor. Tomé valor e invoqué la
fuerza de Inti Tata. Entonces, en el horizonte surgió su luz
imponente, disipando la oscuridad. Los gigantes, cegados por aquel resplandor
que quemaba sus sombras, retrocedieron apresurados y se ocultaron en sus
guaridas.
La soberbia
En un andén, en las
faldas de un cerro cercado por muros de piedra, realizábamos una ceremonia en
secreto. De pronto, unas mujeres ricas, altaneras y soberbias nos descubrieron
y se alejaron presurosas, decididas a buscar con quién acusarnos.
Entonces un hombre gigante irrumpió
corriendo por el prado verde, aplastando sin compasión a cualquiera que se
cruzara en su camino, como si fueran simples moscas bajo sus pies. Al ver el
peligro, emprendimos la huida. Me quité mi casaca roja y la volteé para
cambiarle el color, mientras mi compañero, temeroso, se preocupaba por su
pantalón del mismo tono. Corrimos con todas nuestras fuerzas hasta detenernos,
jadeantes. Por un instante el gigante desapareció, pero sabíamos que no tenía
sentido seguir huyendo: podía alcanzarnos en cualquier momento.
Decidí trepar a la copa de un árbol
para divisarlo y enfrentarlo cara a cara. Pero, sorpresivamente, ya estaba
frente a mí. Era colosal: su cabeza alcanzaba la altura de mi cuerpo entero. La
lucha fue desigual. Intentó clavarme un dedo en la cadera, pero logré
esquivarlo e ingresé por su oído, golpeando sus órganos auditivos hasta hacerlo
tambalear. Entonces comenzó a menguar, reduciéndose de tamaño hasta caer al
suelo.
Aproveché para introducirle el mango
de un pico por la oreja, pero se partía como madera podrida. Otros me
alcanzaron palos más firmes, pero también se quebraban. Entre todos lo
rellenamos con los pedazos astillados, hasta que finalmente la cabeza del
gigante se abrió en dos fragmentos inertes de hueso, quedando inmóvil.
Presentí que aquel hombre gigante
había sido enviado por la soberbia de dos paqos.
El Apu Illapa
El cielo retumbaba
con relámpagos y truenos, y temí morir en medio de la montaña, alcanzado por un
rayo. Entonces crucé un pasillo iluminado por una luz serena, impregnado de
fragancias dulces que apaciguaban mi alma. Allí, un grupo de mujeres de
presencia majestuosa me aguardaba en silencio, como guardianas del cielo.
De entre ellas surgió una figura
vestida con seda blanca, transparente como la neblina. Su rostro alargado, con
facciones duales, irradiaba belleza y misterio. Me invitó a entrar en una
habitación y, en la tersura de su piel, donde el sudor brillaba como rocío,
percibí el encuentro profundo entre lo humano y lo divino.
Descendí luego en medio de la selva y
entré en una casa rústica de piso de tierra, donde nos reunimos con un viejo curandero
de baja estatura y nariz triangular. Su incomodidad era evidente: el frío que
emanaba del suelo parecía calarle hasta los huesos. En un rincón ardía su
estufa, un horno extraño con manillas circulares y relojes antiguos que
respondían solos al calor que generaba en su interior.
El control
Entré acompañado de
una mujer de cabellos castaños a una base militar de construcciones
aparentemente abandonadas. De inmediato, el pasaje se abrió hacia la sala de
recepción de un hospital. Se unió a nosotros un hombre de carácter osco y
autoritario, quien mostró unos papeles asegurando que la mujer había nacido en
aquella maternidad.
Ella comenzó a transformarse por
momentos: en perro, en vaca, en cabra. Su pelaje era corto y su comportamiento
dócil. Nos pidieron acariciarla porque estaba embarazada. Pronto sufrió los dolores
del parto y la recostaron sobre una mesa metálica. A su lado estaban sus hijos:
la muchacha, que la sostenía desde la cabeza, y el muchacho, desde los pies.
Entre pujos y gritos, el bebé nació cayendo violentamente al piso, sin que
nadie lograra atraparlo en el aire. Con premura lo levanté y lo envolví en
pañales.
El hijo exigió que no haya peleas
entre hermanos; enojado le pedí que cuidara con más atención a su hermanito.
Luego lo coloqué en el pecho de su madre, mientras un médico cortaba el cordón
umbilical. La hija le colocó finos alambres en la cabeza y en la lengua, como
si quisiera sujetarle los pensamientos y amordazarle la voz. La madre,
desesperada, se lamentó porque se había acabado el jarabe que bebía. El bebé
era gordo, de cabello abundante y lacio, y se decía que sus primeros años
serían difíciles.
Salimos de la sala de operaciones
llevando al bebé, listos para regresar a casa. La calle estaba oscura. Me lo
alcanzaron para calmar mis tristezas; con desgano lo tomé en brazos, pero al
mirarlo sentí ternura y tranquilidad. Al volver a verlo, ya estaba dentro de
una pantalla de computadora.
Nos encontramos con un hombre conocido
que, con gesto disimulado, me colocó una pulsera de metal con dos bolitas en
los extremos. Observé que en otras personas esas bolitas se movían bajo la piel
con voluntad propia. En la calle descubrí un hilo metálico que se extendía a lo
largo de la vía, conectando todas las pulseras como si fueran nervios de un
organismo artificial. Intenté quitármela, pero se calentó como mecanismo de
defensa. El lodo servía para enfriarlas, y muchos lo usábamos para mitigar su
ardor.
Regresé a mi casa, en un piso alto de
un edificio. Mientras subía por las amplias gradas me crucé con varias
personas; una de ellas también llevaba una pulsera similar y comentó que aún no
estaba personalizada. Otros murmuraban que era un mecanismo de control para
impedir ciertos comportamientos.
En el grupo reconocí a un viejo
compañero de la escuela, alguien molestoso desde siempre. Me sirvió alcohol en
una jarra de vidrio transparente, queriendo obligarme a beber. Al rechazar su
orden, discutimos, y enfurecido me amenazó. Le respondí con un empujón que lo
hizo caer unos escalones más abajo. Los demás me incitaban a golpearlo, pero me
contuve: ahora era inofensivo, aunque empuñaba un gran cuchillo.
De repente, otro compañero salió del
grupo blandiendo una gran espada de hoja ancha y lo golpeó sin compasión,
enviándolo al fondo de las gradas. Entre ellos discutían, mientras el pequeño
hombre aún gritaba que nadie los había visto, vociferando que gracias a sus
atenciones todos vivían allí.
La Waka Wilka Wawawara
Comencé
a correr. Frente a mí se abrían dos puentes tendidos sobre un mismo río. Por
costumbre elegí el de la izquierda, pero esta vez lo encontré duro y fatigoso,
mientras los demás atletas cruzaban por el de la derecha, liviano como un
soplo. Llegué al primer control y el encargado me pidió mi documento de
identidad. Estaba seguro de no llevarlo, pero en el bolsillo de mi camisa
hallé, como un milagro, una imagen congelada de mi propio rostro.
Más
adelante, el camino volvió a bifurcarse. A la derecha, los corredores avanzaban
en fila lenta y resignada; yo tomé el pasadizo izquierdo, libre y desierto. Al
salir, apareció ante mí una ciudad de muros blancos donde todo era blanco: el
suelo, el aire, los rostros confundidos de las personas que vagaban sin rumbo.
Les indiqué que tomaran la calle angosta del lado izquierdo, que trepaba
bordeando un cementerio. Me adelanté con rapidez hasta la cabecera de la
construcción y crucé hacia el camino derecho. Entonces, las mismas personas a
las que había guiado me sobrepasaron, veloces y renovadas, mientras yo me iba
cansando, quedándome atrás.
De
pronto, un grupo de atletas antiguos irrumpió corriendo: eran semejantes a
momias egipcias, vendadas con telas rotas, y atravesaron mi cuerpo sin
resistencia para seguir su camino. Escuché una voz firme que retumbó en el
aire:
—No
se distraigan, sigan adelante.
El
escenario cambió. En medio del desierto, el suelo se volvió arena blanca; el
polvo flotaba como una neblina lechosa, y en la distancia, hacia el lado
derecho, emergían las siluetas de pirámides blancas.
En
otra escena trabajaba en una construcción, un lugar extraño para mí. Me
pidieron unir dos mangueras gruesas, cuyos acoples semejaban órganos masculino
y femenino. Dudé en hacerlo, pero todos colaboraban. Intentamos una y otra vez,
hasta que, al revisar, descubrimos que de uno de los acoples emergía un animal
flaco y monstruoso, cubierto de babas negras, que se deslizó hacia un compañero
y lo envolvió con sus aguas turbias, como la descarga pestilente de un desagüe
atorado.
Luego
me pidieron conectar otras dos mangueras más delgadas, por donde corría un
líquido extraño. Antes debía liberar un seguro, pero tampoco encajaba. El
experto intervino: vertió el líquido en un pozo de agua, revisó el acople y
halló retenes de jebe que no correspondían. Los retiró y reparó la falla.
Aprendí entonces que, para reparar algo, primero hay que cortar el flujo, como
quien apaga la llave general de la electricidad.
Más
adelante, limpiaba el cuerpo sin vida de una persona de piel clara, recostada
sobre una mesa. Al mirarlo, me estremecí: era mi propio cuerpo, inerte, como
esperando que algún día lo habitara otra vez. Pensé que sus órganos se
marchitarían sin uso, como frutas abandonadas. El cuerpo es un vehículo, y la
energía es quien lo anima.
El Apu Ausangate
En un encuentro
ceremonial en medio de la selva, reconocí que no había sido invitado y
merodeaba por los alrededores como un extraño en busca de su lugar. El frío
mordía mis piernas, pues solo llevaba puesto un calzoncillo. Me dijeron que en
un rincón hallaría abrigo. Entonces le pedí a una anciana risueña, vestida de
blanco inmaculado, que me dejara entrar con ella en la maloca para encontrar
calor en su interior. La construcción de madera vibraba con la energía de la
montaña.
Dentro, contemplé a una persona
entregada a sus ejercicios físicos; en otro ambiente, una danza sensual
comenzaba entre personas de avanzada edad. Las parejas coqueteaban como
adolescentes, como si la selva misma hubiera despertado en ellas una energía
dormida. La anciana desapareció; la última vez que la vi agitaba unas pequeñas
mancuernas en cada mano.
Con desgano invité a otra abuela a
bailar, pero ella, adivinando mi inseguridad, me dejó solo en la fiesta.
Tiempo después, junto a varios trabajadores,
formamos una fila frente a una oficina para reclamar la reposición de pasajes,
pues nuestro contrato en la empresa había concluido. Al revisar el bolsillo del
pantalón encontré un boleto; dudé si me correspondía devolución. Pregunté a un
amigo que aún permanecía en la compañía, y él me respondió con firmeza que
debía reclamar lo que era mío. Sin embargo, en mi interior me tentaba la idea
de alterar el monto del pasaje.
El Apu Wamanlipa
Una mujer
proveniente de las montañas me enseñaba con esmero que el agua, al caer en el
pozo desde lo alto, dibujaba círculos concéntricos que podían expandirse en
todas direcciones, siempre que no encontraran barreras en su camino. Sin
embargo, en su aparente simpleza no alcancé a comprender del todo el mensaje
oculto.
Aún permanecía en un aula del colegio,
atrapado en una tarea pendiente que se resistía a concluir. Me pedían elaborar
la planilla de pago para los trabajadores, pero con la condición de no incluir
mi propio sueldo. Había varias computadoras, todas ocupadas. Otra amiga,
absorta, observaba los astros en el cielo, mientras un compañero me sugería
hacerlo desde el teléfono móvil, aunque la tarea parecía más difícil que
descifrar una constelación.
Desde el interior de la oficina se
alcanzaba a ver una inmensa laguna celeste y luminosa. Pensé en pedirle una
computadora al jefe, pero el miedo me detuvo en el umbral de su puerta.
El Apu Chaupi Orqu
En una banca de
madera de la plaza de la ciudad donde transcurrió mi adolescencia, me senté a
recordar el camino hacia el centro de una montaña. Con buena fe reservé un asiento
para un familiar que vestía un saco plomo, bien planchado, idéntico al de
muchos transeúntes que cruzaban la plaza. Sospechosamente, un desconocido me
filmaba con su teléfono celular, como si quisiera acusarme de un mal
comportamiento, convencido de que ocupar un asiento público era una falta de
ética.
De pronto, una perra se acercó con dos
naranjas atadas a ambos lados de su rabo, simulando un grotesco rostro. Los
transeúntes, burlones, rieron de su apariencia. El animal, triste y humillado,
se aproximó como pidiendo auxilio. Entonces accedí a quitarle aquellos objetos
colgantes, y la perra quedó aliviada.
En el otro extremo de la plaza, varios
perros con aspecto de cerdos se enfrentaban en una feroz disputa. Me apresuré a
lanzar piedras y a gritar con fuerza para ahuyentarlos y poner fin a la pelea.
Más tarde, junto a mis compañeros
enanos participé en un concurso de entretenimiento televisivo. Subimos a una
torre metálica que sostenía una plataforma donde se congregaban otros
participantes. La competencia consistía en derribar a los contrincantes,
obligándolos a caer al vacío. La estructura podía controlarse con la mente: se
volvía flexible como una goma que se mecía en todas direcciones, provocando la
caída de quienes perdían la concentración.
Superamos la primera prueba, aunque
una pancarta nos identificaba como pertenecientes a un país extranjero. Al
finalizar, nos retiramos por pasadizos estrechos, saludando a otros competidores
mientras descendíamos unas escaleras angostas y empinadas. Sentía descontento
por las dificultades del camino de salida, murmurando sobre lo mucho que uno
debe recorrer para ser reconocido.
Una mujer a la que conocía desde niña
me encargó dirigir la evaluación del personal que aspiraba a un puesto en su
empresa. La prueba consistía en beber un mate de hierbas en tres partes, para
limpiar las cargas emocionales. Se acercó un antiguo amigo de años de trabajo
compartido: al probar la medicina, no pudo concluir la prueba. Después, uno de
mis hermanos, tras beber la primera parte, perdió el control emocional; le
dimos palmadas en el rostro, pero no despertaba del trance. Entonces le
soplamos humo de tabaco y, al instante, recuperó la calma.
La mujer me recordó que es
imprescindible respetar los procesos formales del Gran Camino.
En un arrebato de cólera, uno de mis
hermanos me golpeó en el rostro. Dolido y furioso, corrí a esconderme lejos de
él y, con remordimiento, le auguré que ese año enfermaría. Poco después,
arrepentido, bajó la mirada. Otro familiar nos advirtió que no debíamos olvidar
a nuestra madre.
Por consejo de otro hermano, revisé si
tenía dinero en mi cuenta bancaria y, sin pensarlo demasiado, abordé un bus
para huir hacia otra ciudad. Más adelante me encontraron, me tomaron del brazo
e insistieron en que regresara. Uno de mis hermanos, vestido con una casaca
amarilla, me sujetó con fuerza; le exigí que me soltara y, sin oponer
resistencia, accedió.
Decidí, entre dudas, acompañarlos. En
el paradero se detenían distintos buses, pero ninguno parecía conducirnos a
nuestro destino. Por un instante quise escapar. Sin embargo, comprendí que
nuestro verdadero destino era la ciudad de las flores, la tierra de nuestros
ancestros.
El Apu Sinaq’ara
En las arenas de
una playa frente al mar caminé junto a una mujer de baja estatura y energía
sensual. Cuando la abracé por detrás, susurró con voz suave que el Apu estaba
cerca. El viento agitaba las aguas y levantaba olas enormes que reventaban con
furia contra la orilla: el propio mar respondía a su presencia.
Con mis maletas salí de un hospedaje y
avancé por la calle principal del centro de la ciudad. De pronto, un ladrón me
arrebató de los bolsillos un billete de veinte soles. Reaccioné con furia: lo
sujeté de la cabeza y lo derribé violentamente contra el suelo, dejándolo
inmóvil. En ese instante, un desfile alegórico irrumpió en la calle con
carrozas y músicos. Unas señoras mayores levantaron el cuerpo malherido y lo
colocaron con solemnidad sobre una banca de madera, mientras sus cómplices se
acercaban a custodiarlo. Al verlos reunidos, me escabullí entre la muchedumbre,
trepé a la azotea de un edificio para vigilarlos y, desde allí, contemplé el
desfile que avanzaba como un río de música y colores. Cuando descendí, descubrí
que estaba dentro de una clínica de salud.
Más tarde, en un taller, nos enseñaban
a doblar tubos de plástico. Me correspondió hacer la prueba, pero me resultaba
difícil lograr una curva precisa. El maestro advirtió que para cada medida
existía un molde específico. Mi compañero, hablándome en aimara, me hizo
sentir una conexión profunda con el alma: sus palabras me devolvían a las
raíces de mi pueblo.
El Apu Tunupa
En una conversación
con una mujer joven y un hombre mayor, me dijeron que mi lado izquierdo era más
grande. No supe comprenderlo. Poco después, otra mujer familiar de la línea
materna me sirvió con cariño un plato de carne y papas cocinado bajo la tierra,
como si celebrara mi afinidad con ese lado oculto.
Esa noche, al recostarme en mi cama
iluminada, descubrí allí a una mujer desnuda, a quien conocía desde siempre. Su
cuerpo, lleno y tibio, me invitaba a la intimidad. Intenté apagar las luces
para amarla, pero estas se resistían, permaneciendo encendidas, como si una
fuerza protectora lo impidiera.
De pronto irrumpieron dos ancianas,
con el rostro marcado por la preocupación. Me advirtieron que jamás debía
unirme a ella, pues dañaría mi pie izquierdo. Como prueba, una de ellas me
mostró el suyo: quemado, oscuro y malformado, testimonio de su desconocimiento.
Conmovido y agradecido, besé su
mejilla en señal de respeto.
La Waka Tiahuanacu
En un ambiente
festivo, iluminado por luces tenues, llamado Kalasasaya, se celebraba la
fiesta del retorno del sol, Willka Cuti, acontecimiento sagrado
en todos los pueblos andinos de Sudamérica. Varias personas se habían
congregado y, entre ellas, desde un rincón inadvertido, distinguí a tres amigos
paqos rodeados de gente. Al reconocerme, se abrieron paso y me
ofrecieron una botella de vino tinto, mientras yo sostenía media botella en la
mano. Sin embargo, en un descuido, aquel gesto de reconocimiento fue arrebatado
por otra persona.
Más tarde, me encontré con una mujer paqo
cuyo rostro estaba marcado por algunas manchas. La halagué, diciéndole que
pronto estaría aún más hermosa. Ella, con confianza, me propuso que, si quería
estar con ella, debía traerle un champú y un acondicionador. Apresurado, corrí
a la tienda más cercana y compré solo el champú, restándole importancia al
acondicionador. Arrepentido, decidí regresar por él. Al pagar, el vendedor no
tenía vuelto y, por un instante, estuvo a punto de darme más de la cuenta. Pero
un cliente se adelantó, impidiendo su error. Luego continuó conmigo y esta vez
me entregó dos soles de vuelto, como un símbolo de que ambos procesos debían ir
juntos.
Regresé volando sobre los techos de
las construcciones del pueblo, ligero como un pájaro, para reencontrarme con
ella. Pero al aproximarme, mi casa estaba irreconocible: antiguos muros de
piedra labrada se alzaban, altos, al borde de un lago inmenso que parecía un
espejo del cielo. En la otra orilla, montañas majestuosas, cubiertas de nieve,
adornaban el horizonte.
El Apu Wichinqallu
Entre los peñascos
en las faldas de una montaña, una pareja —un hombre y una mujer— me amenazaba
con aplastarme usando enormes kuyas negras de más de un metro de altura.
Decidido a defenderme, iniciamos la disputa: enfrenté sus ataques con mi kuya
de similar tamaño, golpeando con tal fuerza que las suyas comenzaron a
astillarse y rajarse. Me contuve, temeroso de que la mía corriera la misma
suerte.
De pronto, desde las profundidades de
la montaña, escuché una voz ronca, fuerte y enfadada, semejante al trueno.
Gritó con autoridad y decepción:
—¡Váyanse! No quiero que lleguen hasta
aquí, se pelean entre ustedes.
Las paredes del cerro comenzaron a
cerrarse con violencia, devorando en su avance las rocas de mis adversarios.
Escapé con dificultad, aferrándome a las laderas cubiertas de arbustos
espinosos. Al mirar mis manos comprobé con asombro que aún conservaba intacta
mi piedra negra.
De inmediato, otras kuyas
negras, algunas incrustadas con cuarzos luminosos, se alzaron frente a mí
desafiándome a un nuevo combate. Entonces descargué mi furia: las golpeé con
dos kuyas hasta reducirlas a fragmentos inservibles.
En ese instante apareció un hombre
enfurecido, montado en una bicicleta, que avanzaba por una calle en
construcción. Al cruzarse con una máquina de movimiento de tierra, descargó su
rabia contra ella, rompiendo de un golpe el espejo lateral de la cabina. El
operador, al sentirse atacado, volcó su máquina hacia un costado y culpó al
ciclista de todos los daños, como si hubiera estado esperando una excusa para
deshacerse de aquel trabajo que lo consumía.
La Ñusta Umantu
En una calle
angosta, la misma que recorrí durante varios años para ir a estudiar tras
concluir la secundaria, me encaminé hacia el centro de estudios. A lo lejos, en
la vereda, reconocí con sorpresa a una mujer a quien respeto con la misma
devoción que lo hicieron mis ancestros. Sentí vergüenza de acercarme y, para
disimular, me refugié entre mis amigos mientras ganaba valor.
Ella venía desde las tierras altas,
donde el agua es cristalina. Era una joven de piel delicada, cabellos rizados y
sonrisa radiante, a quien le encantaba jugar con los niños y niñas como si
fuera una de ellos. En un descuido desapareció de mi vista y, de pronto, estaba
frente a mí, mirándome con una dulzura fraternal que desarmaba mis temores.
En silencio, con los labios apenas
curvados en una pregunta muda, me dijo:
—¿Me buscabas?
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