LIBRO: Los Sueños de un chamán


LOS SUEÑOS DE UN CHAMÁN


Visiones Oníricas en los

Andes de Perú




ÍNDICE

PRESENTACIÓN

CAPITULO I 11

La Iniciación. 11

La Ñusta Choquechaca. 14

La Waka Titije qotaña. 15

La Waka Sillustani 17

La Ñusta Tomasiri 19

Las sirenas del lago. 20

El destino. 21

La Chullpa. 22

Las siete Ñustas. 24

El llamado de la Voz. 27

Los egos apresurados. 28

Mis espejos. 30

El sonido de la Pachamama. 31

La vanidad. 33

Las heridas del alma. 33

La despedida. 34

El retorno al lago. 36

Despertando mi conciencia. 37

La Wachuma. 38

El regalo de los ancestros. 40

La Chakana. 41

La purificación. 42

 

CAPITULO II 45

La bendición del Apu Sinaq’ara. 45

La Waka Miculla. 46

La soberbia. 47

El Apu Illapa. 48

El control 49

La Waka Wilka Wawawara. 51

El Apu Ausangate. 53

El Apu Wamanlipa. 54

El Apu Chaupi Orqu. 55

El Apu Sinaq’ara. 57

El Apu Tunupa. 58

La Waka Tiahuanacu. 59

El Apu Wichinqallu. 60

La Ñusta Umantu. 61

La Ñusta Quana. 62

El Apu Misti 63

El Cheq’a thaqui 65

La Waka Raqchi 67

La tierra de los reptiles. 68

 

CAPITULO III 71

La bendición de la Ñusta. 71

El guardián de la montaña. 73

El guía de los guardianes. 74

El Qullana Apu. 76

Las sirenas. 77

La quebrada Takana. 78

La Waka Choquequilla. 79

Detrás de las sombras. 81

La Waka Puma uta. 83

El hospedaje. 83

 

CAPITULO IV.. 85

El Apu Salkantay y las ñustas. 85

Las heridas de la infancia. 87

Los Conflictos de la adolescencia. 88

El miedo a cambiar 90

El primer trabajo. 91

El fracaso de un viaje. 93

La danza de mi abuela. 94

Inca. 95

El dinero. 98

El Tras tatarabuelo. 100

EL retorno del tras tatarabuelo. 102

La identidad perdida. 103

El cuti 104

La Waka Huanaq Qahuarin. 106

El Ancestro olvidado. 107

La deuda pagada. 108

En busca de la maestra. 110

El valor de la sinceridad. 112

El empoderamiento. 114

Waka Paucartambo. 116

La renovación. 117

El llamado de los vientos. 119

Los Programadores. 120

Las raíces lejanas. 122

Las memorias olvidadas. 123

El cierre de un ciclo. 125

Glosario

 

  

PRESENTACIÓN

 

 Estimado lector(a),

Jaime Durand, Qollana Apu, es un Chamán (Yatiri), de las montañas, el lago Titicaca y las wakas. Lleva la voz de su linaje de curanderos andinos y de sus guías espirituales, desde que fue señalado por el Apu Tunupa, mensajero del Rayo. Cada piedra, cada territorio, cada espacio guarda memorias accesibles a quienes están abiertos a recibirlas.

Los sueños de un Chamán, es una colección de historias surgidas en los últimos años de recorrido como Sanador Andino. Cada sueño refleja una vivencia personal que se presentó antes o después de visitar un territorio sagrado, de estar frente a su altar al pedir la resolución de un problema en particular, o de acompañar a personas en ceremonias de sanación.

Los Apus y las Ñustas, a través de los sueños, le revelaron sus dones, fortalezas, habilidades y bendiciones, pero también sus defectos, heridas, remordimientos y cargas ancestrales. Ellos perciben lo que el corazón y el alma guardan en silencio. Cuando surgen dudas, le orientan y le indican las pautas para realizar un ritual o ceremonia específica.

Al adentrarte en estas páginas descubrirás que son mensajes provenientes del mundo de los sueños, que te ayudaran a ampliar la visión sobre los espíritus de las montañas, lagos, lagunas, pampas, templos antiguos y plantas maestras. Ellos y ellas están dispuestos a guiarte para comprender desde una mirada más elevada la situación que atraviesas y así tomar mejores decisiones. Al honrarlos te acompañarán para que puedas sanar heridas, miedos y traumas de distintas etapas de tu vida, y también para mejorar tu relación contigo mismo, con tu padre, tu madre, tus abuelos y abuelas.

Este libro también busca despertar en el lector una interpretación de los sueños, propia y abierta, en sintonía con su crianza, su formación académica, su entorno cultural y su manera de comprender la vida.

Invito al lector a sumergirse en estas páginas con la misma curiosidad con la que uno se acerca a un manantial en la montaña: con respeto, con sed de claridad y con la certeza de que el mensaje que brota aquí puede refrescar la mente y el espíritu.



 

 

CAPITULO I

 

 

La Iniciación

            Sentado al borde de la cama, en una habitación donde los días eran tan grises como el polvo acumulado en las ventanas, comprendí que aquella ciudad no tenía horizonte para mí. Decidí marcharme en busca de un destino nuevo.

Esa noche, tras décadas de silencio, se me apareció mi madre. Su voz, suave como el murmullo de un arroyo en la montaña, me aconsejó que lo acompañara. Al despertar, una sensación de tranquilidad recorrió mi alma, aunque permanecía la duda sobre a quién debía seguir.

Con el paso de los días, empecé a visitar los fines de semana a mi padre, que vivía en otra ciudad más al sur. Conversábamos, y yo sentía que estaba allí únicamente para escucharlo. Él padecía una enfermedad del alma, un mal desconocido que lo acompañaba desde la pérdida de mi madre, cuando yo apenas tenía once años. Cuatro meses después de aquel anuncio, decidió partir hacia otros planos, y con él se cerró una etapa de mi vida.

Por aquel tiempo me adentré en los misterios de lo inexplicable, investigando curaciones ancestrales y otras medicinas alternativas. Aprendí los primeros pasos: preparar ofrendas denominada despacho para los Apus y la Pachamama, saberes que mi abuelo, bisabuelo y bisabuela dominaban, pero que nunca me transmitieron en vida. Asistí a la fiesta del Willka Cuti, en Tihuanaco, y sentí que allí se abría un nuevo camino.

A los pocos meses regresé a la tierra de mi nacimiento, a orillas del lago Titicaca. Volví con la intención de quedarme largo tiempo. Limpié el cuarto cubierto de polvo, moví trastos viejos y, en un rincón de maderas y muebles apilados, encontré nuevamente un cráneo humano. Lo habían hallado en una excavación cerca de la casa. Mi padre le había construido una pequeña casita de madera, donde mi madre encendía velas blancas para que protegiera el hogar. En ocasiones lo llevábamos oculto en una bolsa hasta la iglesia del pueblo, para que escuchara misa. Ese cuerpo óseo era temido y respetado por todos nosotros.

Decidí que había llegado el momento de que continuara su viaje a otros mundos. Preparé una ofrenda y lo entregué al fuego. Aquella noche, sin embargo, se me presentó en forma de pesadilla: estaba descontento con mi decisión unilateral. Desperté asustado, sin saber qué hacer. Entonces preparé otra ofrenda, esta vez con respeto y pidiéndole permiso. Deposité sus restos al pie de un árbol frondoso, confiando en que la Pachamama lo acogería. Me fui a dormir temeroso, sahumando los ambientes y esperando que todo marchara bien.

En las primeras horas de la madrugada apareció un anciano de barbas blancas acompañado de una mujer joven. Conversaron entre ellos y, luego, con un bastón de madera examinó mi cuerpo de pies a cabeza. Golpeó varias veces en un punto preciso, como si allí guardara un secreto que descubriría solo años más tarde. Sentí entonces una calma profunda. Les hablé telepáticamente, preguntando qué hacían. La mujer, tomando su muñeca izquierda, me respondió:

—Tienes la piel de piscis.

Luego desaparecieron.

Después llegó otro anciano, cargado de lujuria, que jugaba con mis partes íntimas, y tras él una mujer que me besó en la boca. De inmediato ambos se marcharon. Entonces desperté en un pueblo oscuro, apenas iluminado por luminarias. Con miedo me atreví a recorrer sus calles, hasta que varios leopardos surgieron de las sombras y comenzaron a perseguirme. Trepé desesperado a un poste de luz, y uno de ellos estuvo a punto de alcanzarme con sus garras. En ese instante, una voz metálica descendió del cielo y me preguntó:

—¿Qué harías en esa situación?

Protegido por aquella voz, mi mano se transformó en metal. Cuando el felino la mordió, tuvo que retirarse. La voz me felicitó por mi acción y me prometió que estarían cerca para guiarme. Desperté con el alma llena de energía, sin palabras para describir aquel acontecimiento divino.

Al tender la cama sentí que mi cabeza quería volar. Creí que sería algo pasajero, pero con el transcurso de las horas la sensación se repetía. El miedo a perder la razón me estremecía, pues había escuchado historias de quienes, tras experiencias semejantes, aparecían en medio de la montaña, sucios y con la ropa hecha harapos.

Guiado por el instinto, preparé otra ofrenda y la enterré, pidiendo a los guías espirituales y a la Pachamama que me sostuvieran. Al caer la tarde, los malestares comenzaron a disiparse.

Se abrió una gran puerta y, ante mí, surgió la oportunidad de atravesarla. Para ello necesitaba encontrar a los maestros y maestras que me acompañaran y revelaran los secretos de la Tradición Espiritual Andina.

 

 

La Ñusta Choquechaca

Recorrí los antiguos senderos del Apu Qhapia, cuyas paredes parecían dibujar la silueta de una inmensa olla donde el eco devolvía, con fidelidad intacta, los gritos y los cantos. Con el paso de los meses empecé a llamar a esa waka Taipi Ñusta. En un año lejano caminé en soledad, desde la oscuridad de la madrugada hasta el primer resplandor del amanecer, decidido a enfrentar las sombras que habitaban en mi interior. En el horizonte, la claridad del alba anunciaba la llegada del sol. Allí preparé una ceremonia karpay para alcanzar al Huayna Qhapia y a Tatito Jesucristo, uniendo en la plegaria la fuerza de la montaña y la Pachamama.

Agotado, cerré los ojos y caí en un sueño arrollador. En medio de ese trance se me apareció un humanoide gigante, de aspecto temible, que me observaba como si me hubiera reconocido de otro tiempo. Desperté con un sobresalto. Días después, una voz de mujer susurró en mis oídos:

—Te invito a mi casa, tengo mucha plata y oro.

Con los años comprendí que no era un simple ofrecimiento, sino una prueba para tentarme a tomar el camino de la codicia.

En el retorno a mi casa me detuve en un recodo del camino, donde de las grietas de la roca brotaban aguas cristalinas. Los comuneros habían construido con piedras un pequeño pozo para dar de beber a los animales que pastaban en los alrededores. Me incliné para recoger un poco de agua. No llevaba flores, bebida ni dulces para entregarle en ayni, así que opté por obsequiarle una canción intuitiva, nacida desde lo más hondo de mi corazón. Al amanecer sentí la presencia suave y profunda de la energía femenina de esas aguas.

Pasaron los días y los meses, y el recuerdo de aquel encuentro permaneció vivo, como una semilla en mi memoria. Un día regresé al mismo lugar, guiado por la intuición, llevando una ofrenda más elaborada para sellar una alianza. Estaba dispuesto a convertirme en puente entre la Ñusta y las aguas, y así continuar en el sendero de la sanación.

 

 

La Waka Titije qotaña

Cerca del pueblo de Juli, en la región de Puno, emprendí un viaje hacia la waka de Willka Uta, un portal de piedra erguido a orillas del lago Titicaca, centro energético donde se abren caminos hacia dimensiones invisibles. En ese recorrido conocí a una mujer de tierras lejanas, de cabellos rubios y mirada clara. Entre nosotros nació una amistad profunda y sincera, como si hubiéramos esperado siglos para encontrarnos.

Una tarde visitamos los waruwaru: camellones elevados de tierra, de formas circulares, rodeados por canales de agua, cerca del poblado de Acora. Desde tiempos antiguos allí se sembraban papas, quinuas y otros granos del altiplano. Eran vestigios venerables de un mundo remoto. Años más tarde supe que en la década de 1990 habían sido reconstruidos siguiendo huellas casi borradas por el tiempo, cuando su utilidad ancestral ya se desvanecía.

De madrugada observé, desde cierta distancia, a mi amiga correr con alegría entre los camellones, con la sonrisa plena de una niña. Más allá, otra mujer, de piel morena y cabellos oscuros, realizaba un ritual ancestral sobre una mesa cubierta con un mantel. Bajo ella ardía un pequeño plato de sahumerio, y el humo blanco ascendía hacia los cielos como un rezo. A un costado, en una asta, flameaba una bandera anaranjada que anunciaba su linaje. Hacia el este, una anciana en cuclillas —al principio confundida en mi visión con un abuelo— resplandecía como una sabia sonriente, en completa calma.

Alrededor del círculo, varias mujeres vestidas como guerreras custodiaban el lugar, montadas sobre máquinas semejantes a pequeñas naves voladoras. Antes del amanecer, todavía entre sueños, sentí en mi cuerpo un placer profundo, tan real que me acompañó hasta el instante de abrir los ojos.

 


La Waka Sillustani

Arribé al complejo de Sillustani alrededor de las tres de la tarde, en una movilidad local. En la garita de control, a la entrada, pregunté al vigilante dónde podía armar mi carpa para pasar la noche. El hombre respondió con desconfianza, como si guardara un secreto. Busqué entonces a otras personas, esperando mejor suerte. En la carretera intercepté a una mujer de carácter sereno, que me orientó con amabilidad sobre dónde quedarme. Seguí su consejo y levanté la carpa frente a la laguna que abraza parte del complejo. En mi interior presentía que aquel era un lugar movido, donde la energía densa se manifiesta con mayor fuerza al caer la noche.

Al atardecer contemplé las siluetas de las construcciones, a unos doscientos metros, erguidas en lo alto del horizonte como guardianes inmortales. Recordé mi primera visita, en un febrero de lluvias, cuando fuimos guiados por un amigo paqo. Antes de dejar el recinto, le pregunté dónde podía conseguir un meteorito caído desde tiempos remotos, para colocarlo en mi altar personal. Con naturalidad señaló una piedra casi enterrada. La recogí: era más pesada que una roca común y, al limpiarla, descubrí que era negra como el carbón, con destellos plateados. La guardé en mi mochila como quien resguarda un tesoro.

Tiempo después, ya en mi casa, realicé un ritual de conexión para conocerla. De pronto me vi trasladado a un hospital repleto de enfermos. Algunos permanecían en sus camas; otros eran conducidos en camillas por hombres vestidos de blanco. Caminé por pasillos interminables, habitaciones y corredores que poco a poco se oscurecían, hasta llegar a un sótano de luz difusa, tétrica. Allí, de repente, me encontré en otro espacio iluminado, donde una mujer daba a luz. Envolvieron al recién nacido en pañales limpios y me lo entregaron. Lo sostuve en brazos con emoción paternal. Entonces, de entre sus pañales, sacó un libro grueso. Abrió la página central y me mostró símbolos y dibujos indescifrables, hablándome en un idioma extraño. Lo único que comprendí fue cuando mencionó los nombres de las pirámides de Egipto.

Al borde de la laguna, saludé con respeto a los guardianes y a las sirenas invisibles que la habitan, ofreciéndoles dulces de colores y quintus de coca, para que las olas llevaran mi gratitud hasta las profundidades. La noche descendió lentamente hasta cubrirlo todo con su manto. Bajo un cielo estrellado me recosté en el suelo duro. Entre sueños sentí un peso extraño aplastando mi pecho. Reaccioné con valentía: el miedo se disipó y me dejé llevar de nuevo al mundo onírico. Desde el lado izquierdo de mis pies y muslos, entidades sombrías intentaron molestarme, confirmando que estaba en tierras tormentosas. Desperté enojado, encendí tabaco y, con bocanadas de humo, los reprendí con firmeza. Me sentí fuerte, dueño de mí, y volví a dormir.

Entonces aparecieron dos ancianos vestidos con ponchos y chullos de otras épocas. Los reconocí como sacerdotes guardianes del lugar. Me invitaron a challar, a bendecir las cuatro direcciones. Me entregaron dos vasos de barro, reliquias olvidadas por el tiempo: uno rajado cerca de la boca y amarrado con una cinta de cuero. Estaban llenos de chicha de maíz amarillo. Los sostuve, uno en cada mano, elevé el rostro al cielo y, con voz firme, saludé a los Apus y a la Pachamama, esparciendo el líquido espumoso hacia los cuatro rumbos.

 

 

La Ñusta Tomasiri

Me trasladé desde una ciudad de la costa hasta el pueblo de mi padre, en las alturas de los Andes, donde aún vivían mi tío y su esposa. Lo hice en motocicleta, con nervios de aprendiz: recién estaba aprendiendo a manejar y, en una larga subida, el motor se recalentó como si compartiera el esfuerzo de mis pulmones. Llegué al atardecer, cuando el sol se ocultaba tras las cumbres, y al encontrarme con mi tío, me recibió con temor y desconfianza. Me preguntó si no traía conmigo el virus, pues eran tiempos de pandemia. Sentí tristeza, tanto por el cansancio del camino como por la distancia que el miedo imponía entre nosotros.

Entonces fui al río a hablarle a la Ñusta, princesa de las aguas, para saludarla y desahogarme por el momento que me tocaba vivir. Esa noche soñé con una mujer de ojos penetrantes que me observaba en silencio, con una mirada tan fija que parecía atravesar mi alma.

Al día siguiente fui con todas mis kuyas a un lugar que bauticé como Ñusta Qamaña, aunque más tarde supe que se llamaba Tomasiri. Lavé mis piedras sagradas, agradecí la oportunidad de estar allí y les dediqué canciones intuitivas nacidas desde lo profundo del corazón.

En la noche me encontré en un terreno eriazo, donde el silencio parecía custodiarlo todo. Más allá, erguido como un espía siniestro, se alzaba un espantapájaros con nariz de loro y sombrero negro, que me observaba disimuladamente, como un mensajero de los laikas. Yo estaba acompañado de un pequeño gato que, al verlo, se abalanzó furioso contra su cabeza. Corrí a ayudarlo y le asesté una patada en sus piernas de trapo. En ese instante desperté con un sobresalto, pues el dolor era real: había golpeado con mi propio pie la pared de la habitación.

 

 

Las sirenas del lago

Por las orillas de la playa, poco antes del mediodía, caminé observando a los patos y a las wallatas deslizarse sobre el agua como si dibujaran con sus cuerpos antiguos códigos. Me detuve en mi lugar preferido para contemplar el movimiento sutil de las olas frente a la madre Wiñaymarca, el lago menor del Titicaca, cuyas aguas guardan la memoria de los ancestros.

Inicié entonces un canto de melodías monótonas, entrelazadas con frases en mi lengua materna. Mi voz se abrió paso en la quietud del agua cristalina y mansa, y tuve la certeza de que las energías femeninas que custodian las profundidades —aquellas de las que hablaban los yatiris en los círculos de conocimiento— escuchaban con atención mi deseo de conocerlas. Mi cuerpo se fue soltando, ligero, hasta quedar inundado por un sentimiento de felicidad perpetua.

Al amanecer, dos mujeres surgieron atravesando un manto invisible: una de carácter amistoso, con sonrisa de viento fresco, y la otra de semblante severo. Sus voces, dulces y firmes a la vez, me hablaron con la claridad de sus aguas, asegurándome que podía invocarlas por sus nombres siempre que deseara llamar sus fuerzas para acompañar en las ceremonias.

 

 

El destino

Conocí a una mujer de tierras lejanas; su sola presencia encendió en mí un fuego voraz. Hablamos largamente sobre misterios, sobre mundos invisibles y sobre esa otra vida que palpita más allá de lo que solemos llamar real. Su carácter libre me inspiraba confianza. Me confesó que su senda era de soledad y que en ella encontraba tranquilidad; aún no estaba lista para hallar un compañero con quien compartir sus días. Entre nosotros, sin embargo, nació una amistad sincera, clara como el agua que corre entre las piedras de los manantes.

Esa noche consulté al mundo de los sueños, pidiendo una señal que me guiara qué camino debía seguir y si aquel lazo podía transformarse en compañía de vida. Vi entonces cómo levantaba una tienda grande a un costado de una carretera solitaria para vender productos del campo. Un transeúnte me advirtió que allí no había feria; desanimado, decidí desarmarla. Subí a mi furgón y conduje con dificultad: el timón parecía resistirse y mis pies, de pronto, no alcanzaban los pedales del acelerador ni del freno. En esa distracción tomé un camino sin salida y luego regresé por el mismo. Intenté otra ruta, pero el sendero hacia mi casa se volvía desconocido, como si una fuerza del destino me empujara a mirar en otra dirección.

Junto a una laguna de aguas turquesas, me hallé en las faldas del Apu Ausangate, una montaña poderosa desde tiempos ancestrales donde en otras ocasiones había sido iniciado en el camino espiritual andino. Allí reconocí la presencia de dos paqos: uno era mi maestro y el otro un desconocido. El extraño me dijo con solemnidad:

—Tomémonos de las manos.

Formamos un pequeño círculo y, al enlazar nuestras palmas, sentí que las mías comenzaban a calentarse, como si en ese instante un fuego se encendiera en lo profundo de mi ser.

 

 

La Chullpa

En una habitación de una construcción antigua y en evidente abandono, acompañado de dos mujeres, me acerqué a cortejar a una de ellas, de carácter libertino, cuya presencia evocaba a la de una prostituta. Me recosté en su cama y la acaricié, deseando la intimidad de su cuerpo sensual. La abracé, pero en un instante se me escapó un pedo. Ella, horrorizada, me expulsó de su lecho. Avergonzado, lo negué, alegando que quizá el olor provenía de mis calcetines. Me apresuré hacia la puerta para abrirla y ventilar la habitación del hotel. Les sugerí que en la avenida principal había hospedajes mejores, por el mismo precio de treinta soles.

Ambas mujeres decidieron ir a bañarse a otro ambiente, ya que la habitación no contaba con baño privado. Las acompañé hasta cierta parte y, al regresar, encontré mis calcetines cerca de la puerta, como si los hubieran dejado allí a propósito por su mal olor. Luego me recosté en mi cama. Al poco rato la mujer sensual volvió y se acostó sobre mí. Esta vez, antes de entregarnos, debía escuchar el latido de su corazón y el mío. La acerqué con mis manos, seduciéndola, pero su cuerpo, pesado como una piedra fría, me impedía sentirlo. Nos levantamos enseguida, como si su pecho helado rechazara el calor de mi corazón. Entonces dijo que había llegado la hora de emprender un viaje en el ómnibus que la aguardaba.

Antes de partir, las acompañé a una bodega donde vendían golosinas y bebidas de toda clase. Cada quien escogía lo suyo para comer durante el camino. Un hombre que viajaba con ellas, como si fuera su guardaespaldas, comenzó a recoger de los estantes pan dulce, galletas y helados. Yo solo tenía unas cuantas monedas en la mano y reclamé que no pagaría lo que él pretendía cargarme. La cajera, molesta, se negó a venderme una bolsita de dulces que ya tenía en mis manos. Salí enojado de la tienda, convencido de que encontraría otra en el camino.

El bus aguardaba únicamente por nosotros. Decidí viajar también, atraído por aquella mujer sensual. Pero al intentar sentarme, descubrí que estaba solo; sin otra opción, me acomodé en la parte delantera. A mi costado, un asiento vacío parecía acompañarme. Alrededor, la mayoría de los pasajeros eran hombres silenciosos.

En el trayecto recordé relatos de los abuelos: decían que las chullpas son espíritus que habitan bajo la tierra, en el mundo de abajo. Seres de otros tiempos que, en ciertas horas o días del año, se aparecen ante los vivos tomando la forma de un conocido —una mujer, un marido, una amante— para seducirlos y poseerlos. Una de las maneras de detectarlas, aseguraban, era tirándose un pedo o arañando la tierra, gestos que las incomodan y las delatan. Si llegara a consumarse la relación, el mortal enfermaría, perdería el ánimo y la vitalidad, e incluso podría morir si no recibía el tratamiento adecuado.

La cura consistía en hallar, cerca del lugar del encuentro, huesos de la chullpa y preparar con ellos un mate, añadiendo un poco del polvo del hueso para que lo bebiera el afectado.

Un paqo de la comunidad Q’ero me contó la historia de un hombre que descansaba en su casa del campo cuando apareció, de improviso, su mujer. Sin embargo, en sus gestos había algo extraño que lo hacía dudar. Ella lo invitó a acostarse. El hombre, desconfiado, ató a su tobillo la punta de un ovillo de lana de alpaca. Tras el acto carnal se quedó dormido hasta el día siguiente. Al despertar, no había rastro de su esposa; solo encontró el hilo extendido por el piso. Lo siguió hasta unos montículos de piedra, donde halló que el ovillo estaba atado a un hueso antiguo manchado con semen. Enfurecido, quemó todos los huesos para romper los lazos con aquella entidad del mundo de los muertos.

 

 

Las siete Ñustas

Después de la experiencia con las chullpas pasé el día exhausto, sin energías, abrumado por pensamientos que me empujaban hacia un abismo sin retorno. Me sentía incomprendido y vulnerable. Antes de dormir realicé un ritual sobre un plato: coloqué flores rojas y rosadas, y vertí aguas recogidas de distintos centros energéticos.

Una provenía de una playa del lago Titicaca; otra, de Copacahuana, obtenida de un manante escondido al pie de un cerro visitado por peregrinos. También traje agua de Putuputuni —cerro con muchas cuevas—, donde existe una de gran tamaño de cuyas grietas brotan gotas cristalinas que, según los comuneros, aseguraban curar las enfermedades de los ojos.

Incluí agua de Ñusta Qamaña —“donde vive la princesa”—, sitio del que mi familia aún recuerda historias fantásticas: la aparición de un pez monstruoso que dormía en sus orillas como guardián del portal.

Otra agua provenía de Poccona, recogida en el camino hacia la cima de la montaña Mama Juana, también llamada Quana o Janqu Tayca. Los abuelos contaban que en noches escogidas allí se abría una ciudad iluminada. El riachuelo que desciende del cerro forma pequeños pozos donde antaño habitaba el maure, pez oriundo del altiplano.

Añadí además agua de Chojña Cocha, procedente de los deshielos del Apu Sinaq’ara, cuya energía es como un hielo que quema. Recordé que una vez, al bañarme allí, tuve que enfrentar mis propias sombras, temblando de miedo. Finalmente sumé agua de Choquechaca, recogida en uno de los caminos que conducen al Apu Qhapia, Janqu Auqui.

Inicié cantos de melodías melancólicas y, poco a poco, la tristeza se transformó en himnos de gratitud y fuerza. Abracé mi cuerpo como quien vuelve a reconocerse y esparcí gotas de aquellas aguas con las flores sobre cada rincón de mi casa, invocando el buen vivir, la alegría y el agradecimiento hacia la Pachamama y las ñustas del agua.

Después me encontré en un taller eléctrico ajustando tornillos en una pared. Había colocado dos y faltaban otros dos para completar los cuatro. El jefe del taller, con aire severo, me encargó instalar uno más antes del final de la jornada. Yo, confiado, sentía que lo lograría sin dificultad.

En otra escena aparecí en una galería de exposición fotográfica. Las obras eran de un amigo fotógrafo, pero mi tarea consistía en firmar con autógrafos las piezas vendidas, como si fueran mías. En el fondo me corroía el miedo de que descubrieran la farsa. Los críticos murmuraban que aquellas fotos tenían un alma débil.

De pronto ingresaron al lugar varios hombres que se presentaron como dirigentes sindicales y convocaron a sumarse a una manifestación. Sentí que en cualquier instante descubrirían mi presencia. Con apuro me puse unos pantalones holgados y los aseguré con un cinturón para poder huir. El guardia de seguridad quiso detenerme en la puerta, pero logré escabullirme por unas escaleras laterales, dejando atrás la galería como quien abandona un engaño.

En el camino recapacité: debía regresar para completar un curso de capacitación, como si se tratara de aprender a gestar mis propias obras. Estaba convencido de que el aprendizaje sería sencillo.

Más tarde entré a un viejo departamento de un edificio en ruinas. Sus habitaciones estaban descuidadas, con filtraciones que rezumaban desde los pisos superiores, y sentí que en cualquier momento estallaría una plaga de ratas. En una de las estancias, en mejor estado que las demás, hallé a mis familiares viviendo allí. Les recomendé trasladarse a otra casa más abajo, más sana y segura.

El viaje prosiguió en el auto de mi hermano menor. En el trayecto por la montaña, el motor comenzó a fallar y descubrimos que el líquido de la batería se fugaba como un chorro de agua. Nos vimos obligados a detenernos en unas casitas al borde de la carretera. Pedimos pegamento, pero el comerciante aclaró que ese material solo podía solicitarse al distribuidor con anticipación.

Revisamos el motor de nuevo: la fuga era mínima, casi inofensiva. Sugerí continuar sin mayores preocupaciones, pero otro hermano insistió en buscar ayuda. Dejamos al menor cuidando el coche y pedimos a los vecinos que lo asistieran. Finalmente encontramos el pegamento necesario y, aunque resolvimos el problema, comprendimos que llegaríamos más tarde de lo previsto.

 

 

El llamado de la Voz

En una ceremonia en la que participaba me pidieron cantar. Con inseguridad respondí que lo haría después, como quien pospone un destino inevitable.

De regreso compartimos el viaje con una mujer que integraba un grupo de cinco personas. Íbamos desde la ciudad capital hacia una ciudad del sur del país. Sentí una atracción inmediata por aquella mujer hermosa, que llevaba consigo a su pequeño hijo: un niño que parecía demandar más de lo que sus manos podían ofrecer. Comprendí entonces que ella buscaba, quizá sin expresarlo, a alguien que la ayudara en su cuidado, pues el trabajo la mantenía ocupada la mayor parte del tiempo.

Así fue como, sin esperar más, comencé a acercarme a ella con esmero, como si su compañía me invitara a descubrir mi propia voz.

 

 

Los egos apresurados

El 15 de agosto es día de feria en mi pueblo, cuando se celebra la festividad de la Virgen de la Asunción. Las calles se desbordan de comerciantes y artesanos venidos de tierras lejanas que ofrecen utensilios de barro: ollas, platos, tazas, vasos y fogones, con precios que varían según tamaño y calidad. También venden pequeños animales de arcilla, multicolores, que las madres compran para alegrar a sus hijos e hijas.

Caminé por el centro de la plaza, distraído entre la multitud que se arremolinaba frente a los puestos. Deslumbrado por la algarabía de los vendedores, olvidé que debía acompañar a un familiar hasta su casa. Cuando al fin lo recordé, la tarde ya había oscurecido. Corrí apresurado y, al alcanzarla, me recibió con disgusto, mirándome con fría indiferencia.

Avanzamos juntos hasta una esquina de la plaza, donde unas mujeres —entre adultas y niñas— atendían alrededor de una mesa vacía. Yo llevaba sujeto con una soga a un toro que, en un descuido de la realidad, se había transformado en un enorme cerdo macho. Lo acerqué a la niña y le pedí que lo castrara. El animal, dócil, se echó sin resistencia sobre la mesa. Ella hundió el cuchillo en la piel con precisión quirúrgica, extrajo un pedazo de carne con nervios rojos, luego un testículo enorme y finalmente el segundo. Untó pomada sobre las heridas abiertas, como si dominara un arte de curación aprendido siglos atrás. Me pidió siete soles por la operación, pero enseguida corrigió a cinco, aclarando que era por ambas extracciones. Le pagué con disgusto, convencido de que el costo era desmesurado.

Mi familiar, de pronto, ya no era la misma: se había transformado en una mujer de carácter áspero, como roca dura. En medio de la plaza me encontré con un amigo paqo, heredero de un linaje ancestral de la zona quechua de Puno. Enterado de nuestros conflictos, tomó a la mujer y la condujo a un espacio privado para reprenderla con firmeza, no sin antes entregarnos un bebé recién nacido para que lo cuidáramos.

Más tarde abordamos una camioneta amplia, de asientos generosos, y aguardamos cómodamente su regreso. A los pocos minutos la radio transmitió un mensaje suyo, convocando a otras personas como si pidiera ayuda. Preferimos callar, como si nuestra compasión estuviera herida.

Rumbo a la ciudad blanca viajaba cómodo y confiado, hasta que el vehículo se detuvo sin causa aparente. No pregunté por el percance: descendí cargando unas mantas pesadas y subí una cuesta que conducía a un pueblito a la entrada de la ciudad blanca. Apresuré mis pasos para no ser alcanzado por el bus cuando reanudara la marcha, temiendo quedar en ridículo frente a los demás pasajeros. Me convencí entonces de que los procesos apresurados y desconocidos alteran negativamente los resultados.

 

 

Mis espejos

Los rostros pálidos de varias personas se mostraban complacidos al escuchar mis relatos de historias fantásticas y misteriosas. Viajábamos en un bus que, tras un largo trecho, arribó a una ciudad de calles silenciosas, donde los pasajeros comenzaron a descender. Entre ellos, cinco jóvenes, con la serenidad marcada en sus pasos, se apartaron del grupo para seguir otros rumbos, como si ya hubieran cumplido con la parte que les correspondía.

El resto, conformado por mujeres, eligió hospedarse en un hotel lujoso. Yo, con humildad, les advertí que mi boleto no incluía el costo de aquel alojamiento y que prefería buscar un hotel más económico donde pasar la noche. En mi interior, una punzada de arrepentimiento me recordó que debí quedarme en el pueblo anterior, donde estaba mi casa; pero el corazón, sabio e intuitivo, me empujaba a permanecer cerca de ellas y a participar en la reunión de despedida en esa ciudad serena.

Antes de separarnos, ellas me aseguraron que más adelante regresarían en otro viaje para continuar conociéndonos. Una de ellas, con un gesto inesperado, me regaló un beso en la mejilla. Sin embargo, entre los presentes, un joven me miraba con antipatía, con esa expresión confusa que busca excluir al intruso de la última fiesta. Su gesto me recordó que ese mismo defecto también habitaba en mi interior.

 

 

El sonido de la Pachamama

Mi hermana me pidió que visitara a una abuela que canta canciones sanadoras, para recibir de ella el canto destinado a la recuperación de la salud de su esposo y de otra persona más. Ocupada en sus quehaceres, confió en mí y en la abuela curandera, aclarando que ya había depositado el dinero por sus servicios. Yo, en silencio, pensaba en mis propios cantos intuitivos que brotaban del corazón; sin embargo, reconocí que era una oportunidad para aprender, escuchar su voz y comprender el misterio de su ritual.

La abuela me recibió con dulzura en su casa e inició la ceremonia mirando hacia el sur. Saludó con reverencia a los espíritus protectores, dibujando en el aire la señal de la chakana, y luego se dirigió hacia un viejo cactus que crecía junto a la pared. Cortó algunos pedazos y me pidió colocarlos en el tercer piso. Después nos arrodillamos frente a su altar, rezando en silencio. Untó barro rojo en mi frente y en mis manos, y entonces comenzó a emitir sonidos extraños, como si la tierra hablara a través de su garganta.

En ese trance escuché dos golpes claros —pum, pum— semejantes al retumbar de un bombo atrapado en las entrañas de la tierra. Incrédulo y temeroso, abrí los ojos, pero al cerrarlos los golpes regresaron con la misma fuerza, como si el corazón mismo de la Pachamama latiera allí abajo.

Con curiosidad pregunté:

—¿Qué significan esos golpes?

Ella respondió con solemnidad incomprensible:

—Son dólares, son ceros; solo te falta el uno. Sigue limpiando y llama al uno.

Me pidió que me concentrara y continuara con la oración.

De pronto, otro cliente interrumpió la sesión y la abuela se retiró con él a una habitación contigua, dejándome solo. En ese instante apareció un hombre enfermo, consumido por sus adicciones. Al mirarlo fijamente lo reconocí: era un antiguo compañero de la escuela primaria que solía atormentarme. Su presencia despertó en mí viejas heridas. Comenzó a fastidiar, impidiéndome unirme en la meditación. Lleno de ira lo enfrenté, lo tumbé al piso y casi aplasté su rostro con una piedra que encontré en un rincón.

El escándalo alertó a la abuela, que irrumpió airada. Nos reprendió con severidad, como si su voz fuera un rayo, y nos advirtió que la sesión debía terminar a las cuatro. Después, debíamos abandonar su casa.

Sentí tristeza por no haber sabido contener mis impulsos violentos, como si hubiese fallado a los espíritus que nos observaban. Sin embargo, en mi interior me comprometí a regresar, a pedirle perdón a la abuela y a seguir aprendiendo de su sabiduría ancestral.

 


La vanidad

En una ceremonia que celebramos para honrar el equinoccio de primavera en estas tierras del sur, guie a dos mujeres venidas de parajes lejanos, con la intención de abrir juntos nuevos proyectos. Comencé trabajando con una de ellas, dirigiendo un ritual antiguo; pero con el correr de los días llegó la noticia de que había desaparecido, como tragada por la tierra.

Después me trasladé al matrimonio de unos familiares cercanos. Me presenté a la fiesta con traje elegante, pero la algarabía y la cerveza me vencieron, y al recuperar la conciencia descubrí que mi vestidura estaba sucia y desgastada, como si hubiese envejecido conmigo en apenas unas horas.

Al día siguiente me invitaron a otra boda. Sin embargo, en mi afán de buscar un nuevo traje para aparentar respeto, descuidé el paso del tiempo y, al volver, supe que la fiesta ya había terminado. Como consuelo pensé que, al menos, me había ahorrado el gasto.

Más tarde, mientras caminaba por la calle, una mujer que me reconoció me miró con frialdad: en sus ojos se adivinaban la indiferencia y la desilusión ante mi aspecto marchito.

 

 

Las heridas del alma

Participé en una sanación de memorias ancestrales, guiada por una maestra a la que conocía desde mi niñez. Al principio estaba tenso, incrédulo y reacio a abrirme; la cólera me cegaba la visión como una niebla espesa que nublaba mis sentidos. Sin embargo, a medida que la ceremonia avanzaba, mi alma comenzó a serenarse y sentí mi cuerpo latir al compás del corazón, envuelto en compasión.

Descendí entonces a los dominios de las sombras del bajo mundo. Allí vi a dos guerreros de tiempos olvidados, cubiertos de cicatrices que parecían mapas de antiguas batallas. Luchaban con furia dentro de una jaula de acero. Uno empuñaba tres cuchillos circulares que blandía con rabia, como si en cada corte quisiera vengar años de dolor. Era una pelea sin misericordia, un combate sin fronteras.

En un descuido, un hombre de tez oscura, perteneciente a una tribu ancestral africana, logró arrebatarle los cuchillos desde fuera de la jaula. Entonces la violencia comenzó a menguar. Los guerreros, agotados por la crudeza de los golpes, fueron perdiendo fuerzas. Por un instante sentí que mi espíritu encarnaba en uno de ellos, que sus heridas eran también las mías. Y en ese trance, una voz me llamó dos veces por mi nombre para anunciarme que la pelea había terminado.

 

 

La despedida

Conocí a una mujer que, desde el primer instante, me causó admiración. Juntos recorrimos distintos parajes para sentir el latido de las aguas del majestuoso lago. Fueron momentos inolvidables, marcados tanto por la intimidad como por la tensión: mi paciencia se desbordaba al no comprender del todo su lenguaje, y ella también sufría esa incomunicación. Al final, decidió alejarse sin dar explicaciones, como quien se marcha llevando una herida oculta en las entrañas.

Con los años, su recuerdo siguió persiguiéndome. A veces me arrepentía de las decisiones apresuradas, pero en lo más hondo de mi ser presentía que aquello no era solo emoción: quizá provenía de pactos antiguos, de promesas sembradas por mis ancestros en otras vidas.

Ingresé entonces en la habitación de mis padres, un espacio amplio donde había transcurrido parte de mi infancia. Allí la vi, de pie, esperándome en silencio, como si nunca se hubiera marchado.

En otro tiempo le había entregado un despacho como ofrenda, con la esperanza de sembrar una buena relación. Hablamos con frases secas y, por momentos, el silencio se volvió frío como el aire antes de una tormenta. Le propuse hacerle un ritual de limpieza con mis kuyas. Sin responder, se sentó en el piso de madera y fijó la mirada en las hojas de coca extendidas sobre una incuña. Escogió dos hojas intactas y, con delicadeza, formó una flor de ocho pétalos, orientando cada hoja hacia las cuatro direcciones.

Entonces, un pequeño papel celeste cayó de entre sus ropas. Me preguntó si aún recordaba hablar inglés. Avergonzado, le respondí que ya no, que mi hermano podía hacerlo. Ella no contestó. Se levantó en silencio y caminó hacia la puerta de salida. Al intentar despedirme, quedé sorprendido: de espaldas a mí ya no estaba la mujer de cabellos negros, sino un hombre pelirrojo que se alejaba sin volver la mirada. Lo sentí como una señal, el final de una etapa de engaños.



El retorno al lago

El jefe de la cocina me reprendió con rigor por haber derramado, sin querer, una sopa en el piso. Era un caldo preparado con ingredientes seleccionados, de esos que conservan el sabor de una tradición añeja. Su enojo no admitía excusas: tendríamos que regresar al mercado para abastecernos de nuevo y cocinarlo desde el principio. Lo aceptamos con serenidad, como quien acata una orden con gusto.

Abordamos un bus de pasajeros en compañía de una mujer de cabellos amarillos y nos sentamos en los asientos delanteros. Poco después subió otra viajera que, con movimientos disimulados, colocó sus maletas debajo de nuestros pies. Preferí callar, convencido de que no era asunto mío.

En medio del camino, el bus fue detenido por la policía para un control de identidad. Mi compañera, sobresaltada, escondió apresurada su carnet dorado entre sus pertenencias, como quien resguarda un secreto. Los funcionarios la bajaron de inmediato para detenerla. Yo intenté defenderla, alegando que todo era un error y que nuestras intenciones eran nobles: queríamos formar una institución para ayudar a los más necesitados. Pero el policía, incrédulo, quiso acusarme de cómplice y de engaño. Finalmente, sin pruebas para retenernos, nos dejaron en libertad. Ya era tarde: nuestro bus había partido, abandonándonos en la carretera.

Esperamos otro vehículo para alcanzarlo y recuperar el equipaje. A nuestro alrededor crecían totoras, esos juncos que brotan como guardianas en las orillas del lago. Entonces se acercó un hombre que me reconoció: me recordó que alguna vez lo había curado. Me halagó diciendo que mi tratamiento había sido bueno y me confió que ahora enfrentaba un caso más delicado, preguntándome cuánto costaría la atención. Le expliqué el proceso con calma, consciente de que las palabras mismas forman parte de la curación.

Por un momento cerré los ojos y sentí que volaba como un ave sobre la vasta inmensidad, hasta divisar el bus que cargaba nuestras pertenencias. Al abrirlos, apareció otro hombre: su rostro me resultaba familiar, como si lo hubiera conocido en otras vidas. Me habló con la certeza de un viajero antiguo, asegurando que había recorrido muchas regiones del mundo y que ese sitio, a orillas del lago, estaba recibiendo un caudal mayor de energía del cosmos.

 

 

Despertando mi conciencia

Un hombre solía engañar a las personas para llevarlas a la intimidad, sin importar si eran hombres o mujeres. En una ocasión se acercó a mí y, al descubrir sus verdaderas intenciones, lo enfrenté sin rodeos: lo sujeté por sus partes íntimas y lo golpeé hasta derribarlo, como si en cada golpe buscara despertar la conciencia que había perdido.

Después abordé un automóvil atiborrado de cuerpos y voces. Me hicieron un espacio y, al sentarme, sentí una incomodidad extraña en los glúteos: estaba sentado sobre una mujer. Al reconocerla comprendí, atónito, que se trataba de una familiar. Balbuceé una disculpa y continué el viaje, con el sonrojo ardiendo en mi rostro.

Cuando la tarde alcanzó su punto más alto, descendí en un parque concurrido, un hormiguero de transeúntes que iban y venían como si obedecieran a un mismo pulso invisible. Allí un hombre ofrecía un espectáculo improvisado, moviéndose con gestos erráticos, como poseído por una demencia serena que arrancaba sonrisas a los curiosos. A un costado reposaban sus pertenencias en una bolsa sucia. Al concluir su función, se dejó caer sobre la vereda para dormir, vulnerable como un niño abandonado. Entonces algunos hurgaron en su bolsa, buscando objetos de valor. Indignado, protesté contra aquel acto atroz, defendiendo la dignidad del desvalido como si defendiera la mía propia.

Aún con el enojo atravesándome el pecho, me dirigí al paradero. Allí reconocí a antiguos compañeros de trabajo. Nos saludamos con apretones de mano que parecían rescatar amistades olvidadas en el tiempo. Ellos subieron a un bus repleto y, al despedirse, me dijeron que pronto me enteraría de un nuevo trabajo.

 

 

La Wachuma

Purifiqué mi cuerpo físico en cuatro ocasiones con una dieta especial. Al finalizar el proceso, mi padre, furioso, me dijo:

—No te corresponde la herencia de la abundancia.

Con pena me retiré a la casa de mi bisabuela materna, en la ladera de un cerrito rodeado de muros de piedra y andenes donde se sembraban papas. Allí me recibió una mujer madura, vestida con ropas multicolores, quien me informó que la abuela había salido.

De pronto, un águila negra descendió del cielo y se posó sobre unos pequeños árboles, mirando hacia el norte, frente a un patio cubierto de hierba verde. El águila se transformó primero en un anciano y enseguida en una anciana. Junto con otras mujeres formamos un círculo. Una por una se fueron acercando para saludarla con reverencia, y yo hice lo mismo, siguiendo el orden.

Frente a ella, le confesé que durante años me había preparado para recibir su bendición. Entonces me entregó una incuña con hojas de coca. Escogí las más verdes y hermosas, pero al instante se marchitaban y se doblaban en mis manos. Así permanecí un largo rato, hasta que decreté con voz firme:

—Muéstrense las que correspondan.

Entonces apareció un tallo con seis hojas agrupadas de tres en tres; añadí una más para completar quintus de dos y tres unidades.

—¿Cuál es tu pedido? —me preguntó.

—Quiero abundancia —respondí con certeza.

Ella, sorprendida, pronunció una frase que sonaba similar al aimara y al quechua. Al preguntarle qué significaba, me contestó:

—Temprano puede ser que recibas algo.

Finalmente, me recomendó que me uniera con alguien de la costa. Confundido, me retiré de su presencia, preguntándome si debía establecerme en aquella región o salir en busca de algo en esas tierras lejanas.

 

 

El regalo de los ancestros

Se celebraba un concurso de vuelo de cometas en la fiesta de mi pueblo, durante la celebración del Wiñay Pacha. El cielo se llenaba de formas y colores, como si las almas de los difuntos disputaran un lugar en las alturas. Decidí participar con mi cometa verde, grande y majestuosa, que se enfrentaba a otra aún mayor de color violeta. La competencia consistía en permanecer el mayor tiempo posible en el aire, pero en aquel cielo reducido las cuerdas se enredaban, y varias cometas caían arrastrando consigo a las que aún resistían. La tarde oscurecía y los postes de luz se encendían uno tras otro, como luciérnagas. Solo dos cometas persistían, obstinadas en mantenerse en el aire. Finalmente, la mía, exhausta, cayó sobre la plaza, y la multitud corrió a desgarrarla en pedazos, guardando cada fragmento como si fuera un trofeo.

Entonces la lluvia irrumpió con furia, inundando calles y casas con agua y lodo. Caminé por la vereda procurando no mojarme demasiado, cargando bultos pesados que me vencían. Avanzaba lentamente hasta que un amigo me ayudó a acomodarlos sobre los hombros, pero el cuerpo no resistió y cayeron al suelo. Con esfuerzo los levanté de nuevo, abrazándolos a la altura del vientre, y se los entregué a la autoridad del pueblo. El hombre abrió el bulto, sacó varios paquetes envueltos en papel plateado y los repartió con solemnidad entre sus allegados, como si fueran regalos de cumpleaños.

 

 

La Chakana

Cerca de una decena de ambientes de piedra, levantados desde tiempos remotos en las faldas de un cerro de un valle interandino, se celebraba la fiesta de la Chakana. En una casa grande tronaba una orquesta cuyos parlantes producían un ruido insoportable, mientras los borrachos, ebrios de música y aguardiente, bailaban sin control, deslizándose tambaleantes por las calles polvorientas.

Al mismo tiempo, en un descampado, un grupo de músicos vestidos con ponchos rojos arrancaba de sus quenas melodías agudas que parecían llamar a la lluvia. De pronto me rodearon y, contagiado por su energía, me uní a su danza con alegría desbordante. Pero al poco rato, uno de ellos, con la quena aún en la mano, me pidió que le convidara cerveza. Le respondí con calma que no tenía por costumbre beber.

Entonces, decepcionados, siguieron su camino y me dejaron solo en la calle, con el eco de su música apagándose en la distancia. En los pueblos olvidados por el tiempo, donde todavía respiran los espíritus de los abuelos, es importante corresponderles siempre con nuestro cariño y atención.

 


La purificación

El mar se retiró dejando al descubierto lomas áridas; el viento levantaba un polvo arenoso sobre la tierra reseca. La gente invadía aquellos espacios desérticos levantando barricadas para marcar como suyas las tierras recién descubiertas. Yo buscaba mi mochila, donde guardaba mis herramientas de poder. Me acompañaba una mujer de cabellos negros y sonrisa enigmática. El paraje estaba irreconocible, y no recordaba dónde la había dejado, aunque confiaba en hallarla, pues ya me había comunicado con los guardianes de las montañas.

De pronto la encontré tirada en el suelo, al pie de una cuesta. Poco después, unos ladrones se me acercaron para entregarme otra mochila, disculpándose porque creyeron que estaba abandonada. Les agradecí y les di ocho soles como recompensa. La mujer, agotada de tanto andar, se sumergió con todas sus ropas en un pozo de aguas heladas. Al salir, tiritaba al borde del congelamiento, pero otras mujeres la cubrieron con mantas. Rebuscando en las mochilas encontré un abrigo y una camisa, aunque dudé que fueran míos. Luego hallé un par de botas con tacos y unos zapatos de montaña; decidimos quedarnos con estos últimos.

Llegamos después a un restaurante, propiedad de la familia de un paqo de barba tupida y negra. Nos saludamos con un apretón de manos y, con voz baja y cierta duda, le presenté a la mujer de sonrisa enigmática como mi novia. Nos acercamos a la mesa para comer, pero faltaba una silla para mí. Amablemente fui a buscar una en otro lugar y, cuando regresé, mi amigo ya no estaba: me dijeron que se había retirado para atender a otra pareja, sus parientes. Con nostalgia abandonamos el restaurante, y la mujer me invitó a mirar una estrella en el cielo.


 


 


 

 

CAPITULO II

 

 

La bendición del Apu Sinaq’ara

Por senderos montañosos, a veces acompañado solo por la sombra de mi propia soledad y otras por peregrinos que avanzaban en la penumbra de la noche, caminé hacia el Apu Qoylluriti y el Apu Sinaq’ara, la estrella brillante de los Andes. En cada apacheta, señalizado por cruces y montículos de piedras que guardan la memoria de caminantes desde la antigüedad, me detenía para recomponer el aliento, dejar el cansancio y desprender de mi pecho los miedos.

Al amanecer, cuando el sol asomaba tímido entre los picos de los macizos, avancé por el camino serpenteante que parecía abrirse solo para mí. La senda me condujo hasta una laguna pequeña, de aguas turquesas, nacidas del deshielo de la montaña. Allí, en su regazo, preparé la ofrenda y la entregué con reverencia a los espíritus tutelares que, invisibles y eternos, custodian desde las cumbres.

Entonces, una gran cometa irrumpió en la inmensidad del cielo. Revoloteaba como un ave gigante empeñada en liberarse de la cuerda que la sujetaba a la tierra. Mis fuerzas casi me abandonaban al intentar dominarla, y sentí el miedo de ser arrastrado por los aires como un frágil papel. Con esfuerzo la até a una baranda de hierro clavada en el suelo, anclada también a la firmeza de la tierra.

El viento, que antes soplaba con furia, se serenó de repente y la tormenta dejó de ser hostil. La gran cometa descendió suavemente, como si obedeciera al mandato del Apu, acompañada por otra más pequeña que la seguía en silencio.

 

 

La Waka Miculla

En el solsticio de invierno, en el hemisferio sur, celebramos la fiesta del Inti Raymi. En un centro ceremonial marcado por antiguos petroglifos en medio del desierto, se había congregado una multitud para recibir al Inti Tata y bañarse con sus primeros rayos al amanecer. Al borde de una pequeña loma, los comerciantes ofrecían productos diversos, desde utensilios para el hogar hasta herramientas para la agricultura.

Me aparté del gentío en busca de silencio interior. Entonces el ambiente comenzó a oscurecer y descubrí fogatas encendidas donde ardían ofrendas dedicadas a los espíritus guardianes del desierto. Continué explorando en la soledad de la noche hasta que, a lo lejos, divisé enormes piedras. En la penumbra, aquellas moles pétreas parecieron cobrar vida: de ellas emergieron gigantes humanoides que despertaban de un sueño milenario. Con movimientos torpes y pesados avanzaban como bestias hambrientas en busca de alimento.

Al sentir el peligro, un estremecimiento me recorrió el cuerpo y temí lo peor. Tomé valor e invoqué la fuerza de Inti Tata. Entonces, en el horizonte surgió su luz imponente, disipando la oscuridad. Los gigantes, cegados por aquel resplandor que quemaba sus sombras, retrocedieron apresurados y se ocultaron en sus guaridas.

 

 

La soberbia

En un andén, en las faldas de un cerro cercado por muros de piedra, realizábamos una ceremonia en secreto. De pronto, unas mujeres ricas, altaneras y soberbias nos descubrieron y se alejaron presurosas, decididas a buscar con quién acusarnos.

Entonces un hombre gigante irrumpió corriendo por el prado verde, aplastando sin compasión a cualquiera que se cruzara en su camino, como si fueran simples moscas bajo sus pies. Al ver el peligro, emprendimos la huida. Me quité mi casaca roja y la volteé para cambiarle el color, mientras mi compañero, temeroso, se preocupaba por su pantalón del mismo tono. Corrimos con todas nuestras fuerzas hasta detenernos, jadeantes. Por un instante el gigante desapareció, pero sabíamos que no tenía sentido seguir huyendo: podía alcanzarnos en cualquier momento.

Decidí trepar a la copa de un árbol para divisarlo y enfrentarlo cara a cara. Pero, sorpresivamente, ya estaba frente a mí. Era colosal: su cabeza alcanzaba la altura de mi cuerpo entero. La lucha fue desigual. Intentó clavarme un dedo en la cadera, pero logré esquivarlo e ingresé por su oído, golpeando sus órganos auditivos hasta hacerlo tambalear. Entonces comenzó a menguar, reduciéndose de tamaño hasta caer al suelo.

Aproveché para introducirle el mango de un pico por la oreja, pero se partía como madera podrida. Otros me alcanzaron palos más firmes, pero también se quebraban. Entre todos lo rellenamos con los pedazos astillados, hasta que finalmente la cabeza del gigante se abrió en dos fragmentos inertes de hueso, quedando inmóvil.

Presentí que aquel hombre gigante había sido enviado por la soberbia de dos paqos.

 

 

El Apu Illapa

El cielo retumbaba con relámpagos y truenos, y temí morir en medio de la montaña, alcanzado por un rayo. Entonces crucé un pasillo iluminado por una luz serena, impregnado de fragancias dulces que apaciguaban mi alma. Allí, un grupo de mujeres de presencia majestuosa me aguardaba en silencio, como guardianas del cielo.

De entre ellas surgió una figura vestida con seda blanca, transparente como la neblina. Su rostro alargado, con facciones duales, irradiaba belleza y misterio. Me invitó a entrar en una habitación y, en la tersura de su piel, donde el sudor brillaba como rocío, percibí el encuentro profundo entre lo humano y lo divino.

Descendí luego en medio de la selva y entré en una casa rústica de piso de tierra, donde nos reunimos con un viejo curandero de baja estatura y nariz triangular. Su incomodidad era evidente: el frío que emanaba del suelo parecía calarle hasta los huesos. En un rincón ardía su estufa, un horno extraño con manillas circulares y relojes antiguos que respondían solos al calor que generaba en su interior.

 

 

El control

Entré acompañado de una mujer de cabellos castaños a una base militar de construcciones aparentemente abandonadas. De inmediato, el pasaje se abrió hacia la sala de recepción de un hospital. Se unió a nosotros un hombre de carácter osco y autoritario, quien mostró unos papeles asegurando que la mujer había nacido en aquella maternidad.

Ella comenzó a transformarse por momentos: en perro, en vaca, en cabra. Su pelaje era corto y su comportamiento dócil. Nos pidieron acariciarla porque estaba embarazada. Pronto sufrió los dolores del parto y la recostaron sobre una mesa metálica. A su lado estaban sus hijos: la muchacha, que la sostenía desde la cabeza, y el muchacho, desde los pies. Entre pujos y gritos, el bebé nació cayendo violentamente al piso, sin que nadie lograra atraparlo en el aire. Con premura lo levanté y lo envolví en pañales.

El hijo exigió que no haya peleas entre hermanos; enojado le pedí que cuidara con más atención a su hermanito. Luego lo coloqué en el pecho de su madre, mientras un médico cortaba el cordón umbilical. La hija le colocó finos alambres en la cabeza y en la lengua, como si quisiera sujetarle los pensamientos y amordazarle la voz. La madre, desesperada, se lamentó porque se había acabado el jarabe que bebía. El bebé era gordo, de cabello abundante y lacio, y se decía que sus primeros años serían difíciles.

Salimos de la sala de operaciones llevando al bebé, listos para regresar a casa. La calle estaba oscura. Me lo alcanzaron para calmar mis tristezas; con desgano lo tomé en brazos, pero al mirarlo sentí ternura y tranquilidad. Al volver a verlo, ya estaba dentro de una pantalla de computadora.

Nos encontramos con un hombre conocido que, con gesto disimulado, me colocó una pulsera de metal con dos bolitas en los extremos. Observé que en otras personas esas bolitas se movían bajo la piel con voluntad propia. En la calle descubrí un hilo metálico que se extendía a lo largo de la vía, conectando todas las pulseras como si fueran nervios de un organismo artificial. Intenté quitármela, pero se calentó como mecanismo de defensa. El lodo servía para enfriarlas, y muchos lo usábamos para mitigar su ardor.

Regresé a mi casa, en un piso alto de un edificio. Mientras subía por las amplias gradas me crucé con varias personas; una de ellas también llevaba una pulsera similar y comentó que aún no estaba personalizada. Otros murmuraban que era un mecanismo de control para impedir ciertos comportamientos.

En el grupo reconocí a un viejo compañero de la escuela, alguien molestoso desde siempre. Me sirvió alcohol en una jarra de vidrio transparente, queriendo obligarme a beber. Al rechazar su orden, discutimos, y enfurecido me amenazó. Le respondí con un empujón que lo hizo caer unos escalones más abajo. Los demás me incitaban a golpearlo, pero me contuve: ahora era inofensivo, aunque empuñaba un gran cuchillo.

De repente, otro compañero salió del grupo blandiendo una gran espada de hoja ancha y lo golpeó sin compasión, enviándolo al fondo de las gradas. Entre ellos discutían, mientras el pequeño hombre aún gritaba que nadie los había visto, vociferando que gracias a sus atenciones todos vivían allí.

 

 

La Waka Wilka Wawawara

Participé en una competencia, una maratón de atletismo. Tiempo atrás ya había recorrido aquel tramo escarpado de subidas y descensos. Por un instante me descubrí en la ciudad donde transcurrió mi adolescencia, preparándome otra vez para la travesía. Vi a mi hermano menor mudarse de casa; lo ayudé a cargar sus pertenencias, pero él no me reconocía, como si el recuerdo se hubiera borrado de sus ojos.

Comencé a correr. Frente a mí se abrían dos puentes tendidos sobre un mismo río. Por costumbre elegí el de la izquierda, pero esta vez lo encontré duro y fatigoso, mientras los demás atletas cruzaban por el de la derecha, liviano como un soplo. Llegué al primer control y el encargado me pidió mi documento de identidad. Estaba seguro de no llevarlo, pero en el bolsillo de mi camisa hallé, como un milagro, una imagen congelada de mi propio rostro.

Más adelante, el camino volvió a bifurcarse. A la derecha, los corredores avanzaban en fila lenta y resignada; yo tomé el pasadizo izquierdo, libre y desierto. Al salir, apareció ante mí una ciudad de muros blancos donde todo era blanco: el suelo, el aire, los rostros confundidos de las personas que vagaban sin rumbo. Les indiqué que tomaran la calle angosta del lado izquierdo, que trepaba bordeando un cementerio. Me adelanté con rapidez hasta la cabecera de la construcción y crucé hacia el camino derecho. Entonces, las mismas personas a las que había guiado me sobrepasaron, veloces y renovadas, mientras yo me iba cansando, quedándome atrás.

De pronto, un grupo de atletas antiguos irrumpió corriendo: eran semejantes a momias egipcias, vendadas con telas rotas, y atravesaron mi cuerpo sin resistencia para seguir su camino. Escuché una voz firme que retumbó en el aire:

—No se distraigan, sigan adelante.

El escenario cambió. En medio del desierto, el suelo se volvió arena blanca; el polvo flotaba como una neblina lechosa, y en la distancia, hacia el lado derecho, emergían las siluetas de pirámides blancas.

En otra escena trabajaba en una construcción, un lugar extraño para mí. Me pidieron unir dos mangueras gruesas, cuyos acoples semejaban órganos masculino y femenino. Dudé en hacerlo, pero todos colaboraban. Intentamos una y otra vez, hasta que, al revisar, descubrimos que de uno de los acoples emergía un animal flaco y monstruoso, cubierto de babas negras, que se deslizó hacia un compañero y lo envolvió con sus aguas turbias, como la descarga pestilente de un desagüe atorado.

Luego me pidieron conectar otras dos mangueras más delgadas, por donde corría un líquido extraño. Antes debía liberar un seguro, pero tampoco encajaba. El experto intervino: vertió el líquido en un pozo de agua, revisó el acople y halló retenes de jebe que no correspondían. Los retiró y reparó la falla. Aprendí entonces que, para reparar algo, primero hay que cortar el flujo, como quien apaga la llave general de la electricidad.

Más adelante, limpiaba el cuerpo sin vida de una persona de piel clara, recostada sobre una mesa. Al mirarlo, me estremecí: era mi propio cuerpo, inerte, como esperando que algún día lo habitara otra vez. Pensé que sus órganos se marchitarían sin uso, como frutas abandonadas. El cuerpo es un vehículo, y la energía es quien lo anima.

 

 

El Apu Ausangate

En un encuentro ceremonial en medio de la selva, reconocí que no había sido invitado y merodeaba por los alrededores como un extraño en busca de su lugar. El frío mordía mis piernas, pues solo llevaba puesto un calzoncillo. Me dijeron que en un rincón hallaría abrigo. Entonces le pedí a una anciana risueña, vestida de blanco inmaculado, que me dejara entrar con ella en la maloca para encontrar calor en su interior. La construcción de madera vibraba con la energía de la montaña.

Dentro, contemplé a una persona entregada a sus ejercicios físicos; en otro ambiente, una danza sensual comenzaba entre personas de avanzada edad. Las parejas coqueteaban como adolescentes, como si la selva misma hubiera despertado en ellas una energía dormida. La anciana desapareció; la última vez que la vi agitaba unas pequeñas mancuernas en cada mano.

Con desgano invité a otra abuela a bailar, pero ella, adivinando mi inseguridad, me dejó solo en la fiesta.

Tiempo después, junto a varios trabajadores, formamos una fila frente a una oficina para reclamar la reposición de pasajes, pues nuestro contrato en la empresa había concluido. Al revisar el bolsillo del pantalón encontré un boleto; dudé si me correspondía devolución. Pregunté a un amigo que aún permanecía en la compañía, y él me respondió con firmeza que debía reclamar lo que era mío. Sin embargo, en mi interior me tentaba la idea de alterar el monto del pasaje.

 

 

El Apu Wamanlipa

Una mujer proveniente de las montañas me enseñaba con esmero que el agua, al caer en el pozo desde lo alto, dibujaba círculos concéntricos que podían expandirse en todas direcciones, siempre que no encontraran barreras en su camino. Sin embargo, en su aparente simpleza no alcancé a comprender del todo el mensaje oculto.

Aún permanecía en un aula del colegio, atrapado en una tarea pendiente que se resistía a concluir. Me pedían elaborar la planilla de pago para los trabajadores, pero con la condición de no incluir mi propio sueldo. Había varias computadoras, todas ocupadas. Otra amiga, absorta, observaba los astros en el cielo, mientras un compañero me sugería hacerlo desde el teléfono móvil, aunque la tarea parecía más difícil que descifrar una constelación.

Desde el interior de la oficina se alcanzaba a ver una inmensa laguna celeste y luminosa. Pensé en pedirle una computadora al jefe, pero el miedo me detuvo en el umbral de su puerta.

 

 

El Apu Chaupi Orqu

En una banca de madera de la plaza de la ciudad donde transcurrió mi adolescencia, me senté a recordar el camino hacia el centro de una montaña. Con buena fe reservé un asiento para un familiar que vestía un saco plomo, bien planchado, idéntico al de muchos transeúntes que cruzaban la plaza. Sospechosamente, un desconocido me filmaba con su teléfono celular, como si quisiera acusarme de un mal comportamiento, convencido de que ocupar un asiento público era una falta de ética.

De pronto, una perra se acercó con dos naranjas atadas a ambos lados de su rabo, simulando un grotesco rostro. Los transeúntes, burlones, rieron de su apariencia. El animal, triste y humillado, se aproximó como pidiendo auxilio. Entonces accedí a quitarle aquellos objetos colgantes, y la perra quedó aliviada.

En el otro extremo de la plaza, varios perros con aspecto de cerdos se enfrentaban en una feroz disputa. Me apresuré a lanzar piedras y a gritar con fuerza para ahuyentarlos y poner fin a la pelea.

Más tarde, junto a mis compañeros enanos participé en un concurso de entretenimiento televisivo. Subimos a una torre metálica que sostenía una plataforma donde se congregaban otros participantes. La competencia consistía en derribar a los contrincantes, obligándolos a caer al vacío. La estructura podía controlarse con la mente: se volvía flexible como una goma que se mecía en todas direcciones, provocando la caída de quienes perdían la concentración.

Superamos la primera prueba, aunque una pancarta nos identificaba como pertenecientes a un país extranjero. Al finalizar, nos retiramos por pasadizos estrechos, saludando a otros competidores mientras descendíamos unas escaleras angostas y empinadas. Sentía descontento por las dificultades del camino de salida, murmurando sobre lo mucho que uno debe recorrer para ser reconocido.

Una mujer a la que conocía desde niña me encargó dirigir la evaluación del personal que aspiraba a un puesto en su empresa. La prueba consistía en beber un mate de hierbas en tres partes, para limpiar las cargas emocionales. Se acercó un antiguo amigo de años de trabajo compartido: al probar la medicina, no pudo concluir la prueba. Después, uno de mis hermanos, tras beber la primera parte, perdió el control emocional; le dimos palmadas en el rostro, pero no despertaba del trance. Entonces le soplamos humo de tabaco y, al instante, recuperó la calma.

La mujer me recordó que es imprescindible respetar los procesos formales del Gran Camino.

En un arrebato de cólera, uno de mis hermanos me golpeó en el rostro. Dolido y furioso, corrí a esconderme lejos de él y, con remordimiento, le auguré que ese año enfermaría. Poco después, arrepentido, bajó la mirada. Otro familiar nos advirtió que no debíamos olvidar a nuestra madre.

Por consejo de otro hermano, revisé si tenía dinero en mi cuenta bancaria y, sin pensarlo demasiado, abordé un bus para huir hacia otra ciudad. Más adelante me encontraron, me tomaron del brazo e insistieron en que regresara. Uno de mis hermanos, vestido con una casaca amarilla, me sujetó con fuerza; le exigí que me soltara y, sin oponer resistencia, accedió.

Decidí, entre dudas, acompañarlos. En el paradero se detenían distintos buses, pero ninguno parecía conducirnos a nuestro destino. Por un instante quise escapar. Sin embargo, comprendí que nuestro verdadero destino era la ciudad de las flores, la tierra de nuestros ancestros.

 

 

El Apu Sinaq’ara

En las arenas de una playa frente al mar caminé junto a una mujer de baja estatura y energía sensual. Cuando la abracé por detrás, susurró con voz suave que el Apu estaba cerca. El viento agitaba las aguas y levantaba olas enormes que reventaban con furia contra la orilla: el propio mar respondía a su presencia.

Con mis maletas salí de un hospedaje y avancé por la calle principal del centro de la ciudad. De pronto, un ladrón me arrebató de los bolsillos un billete de veinte soles. Reaccioné con furia: lo sujeté de la cabeza y lo derribé violentamente contra el suelo, dejándolo inmóvil. En ese instante, un desfile alegórico irrumpió en la calle con carrozas y músicos. Unas señoras mayores levantaron el cuerpo malherido y lo colocaron con solemnidad sobre una banca de madera, mientras sus cómplices se acercaban a custodiarlo. Al verlos reunidos, me escabullí entre la muchedumbre, trepé a la azotea de un edificio para vigilarlos y, desde allí, contemplé el desfile que avanzaba como un río de música y colores. Cuando descendí, descubrí que estaba dentro de una clínica de salud.

Más tarde, en un taller, nos enseñaban a doblar tubos de plástico. Me correspondió hacer la prueba, pero me resultaba difícil lograr una curva precisa. El maestro advirtió que para cada medida existía un molde específico. Mi compañero, hablándome en aimara, me hizo sentir una conexión profunda con el alma: sus palabras me devolvían a las raíces de mi pueblo.

 

 

El Apu Tunupa

En una conversación con una mujer joven y un hombre mayor, me dijeron que mi lado izquierdo era más grande. No supe comprenderlo. Poco después, otra mujer familiar de la línea materna me sirvió con cariño un plato de carne y papas cocinado bajo la tierra, como si celebrara mi afinidad con ese lado oculto.

Esa noche, al recostarme en mi cama iluminada, descubrí allí a una mujer desnuda, a quien conocía desde siempre. Su cuerpo, lleno y tibio, me invitaba a la intimidad. Intenté apagar las luces para amarla, pero estas se resistían, permaneciendo encendidas, como si una fuerza protectora lo impidiera.

De pronto irrumpieron dos ancianas, con el rostro marcado por la preocupación. Me advirtieron que jamás debía unirme a ella, pues dañaría mi pie izquierdo. Como prueba, una de ellas me mostró el suyo: quemado, oscuro y malformado, testimonio de su desconocimiento.

Conmovido y agradecido, besé su mejilla en señal de respeto.

 

 

La Waka Tiahuanacu

En un ambiente festivo, iluminado por luces tenues, llamado Kalasasaya, se celebraba la fiesta del retorno del sol, Willka Cuti, acontecimiento sagrado en todos los pueblos andinos de Sudamérica. Varias personas se habían congregado y, entre ellas, desde un rincón inadvertido, distinguí a tres amigos paqos rodeados de gente. Al reconocerme, se abrieron paso y me ofrecieron una botella de vino tinto, mientras yo sostenía media botella en la mano. Sin embargo, en un descuido, aquel gesto de reconocimiento fue arrebatado por otra persona.

Más tarde, me encontré con una mujer paqo cuyo rostro estaba marcado por algunas manchas. La halagué, diciéndole que pronto estaría aún más hermosa. Ella, con confianza, me propuso que, si quería estar con ella, debía traerle un champú y un acondicionador. Apresurado, corrí a la tienda más cercana y compré solo el champú, restándole importancia al acondicionador. Arrepentido, decidí regresar por él. Al pagar, el vendedor no tenía vuelto y, por un instante, estuvo a punto de darme más de la cuenta. Pero un cliente se adelantó, impidiendo su error. Luego continuó conmigo y esta vez me entregó dos soles de vuelto, como un símbolo de que ambos procesos debían ir juntos.

Regresé volando sobre los techos de las construcciones del pueblo, ligero como un pájaro, para reencontrarme con ella. Pero al aproximarme, mi casa estaba irreconocible: antiguos muros de piedra labrada se alzaban, altos, al borde de un lago inmenso que parecía un espejo del cielo. En la otra orilla, montañas majestuosas, cubiertas de nieve, adornaban el horizonte.

 

 

El Apu Wichinqallu

Entre los peñascos en las faldas de una montaña, una pareja —un hombre y una mujer— me amenazaba con aplastarme usando enormes kuyas negras de más de un metro de altura. Decidido a defenderme, iniciamos la disputa: enfrenté sus ataques con mi kuya de similar tamaño, golpeando con tal fuerza que las suyas comenzaron a astillarse y rajarse. Me contuve, temeroso de que la mía corriera la misma suerte.

De pronto, desde las profundidades de la montaña, escuché una voz ronca, fuerte y enfadada, semejante al trueno. Gritó con autoridad y decepción:

—¡Váyanse! No quiero que lleguen hasta aquí, se pelean entre ustedes.

Las paredes del cerro comenzaron a cerrarse con violencia, devorando en su avance las rocas de mis adversarios. Escapé con dificultad, aferrándome a las laderas cubiertas de arbustos espinosos. Al mirar mis manos comprobé con asombro que aún conservaba intacta mi piedra negra.

De inmediato, otras kuyas negras, algunas incrustadas con cuarzos luminosos, se alzaron frente a mí desafiándome a un nuevo combate. Entonces descargué mi furia: las golpeé con dos kuyas hasta reducirlas a fragmentos inservibles.

En ese instante apareció un hombre enfurecido, montado en una bicicleta, que avanzaba por una calle en construcción. Al cruzarse con una máquina de movimiento de tierra, descargó su rabia contra ella, rompiendo de un golpe el espejo lateral de la cabina. El operador, al sentirse atacado, volcó su máquina hacia un costado y culpó al ciclista de todos los daños, como si hubiera estado esperando una excusa para deshacerse de aquel trabajo que lo consumía.

 

 

La Ñusta Umantu

En una calle angosta, la misma que recorrí durante varios años para ir a estudiar tras concluir la secundaria, me encaminé hacia el centro de estudios. A lo lejos, en la vereda, reconocí con sorpresa a una mujer a quien respeto con la misma devoción que lo hicieron mis ancestros. Sentí vergüenza de acercarme y, para disimular, me refugié entre mis amigos mientras ganaba valor.

Ella venía desde las tierras altas, donde el agua es cristalina. Era una joven de piel delicada, cabellos rizados y sonrisa radiante, a quien le encantaba jugar con los niños y niñas como si fuera una de ellos. En un descuido desapareció de mi vista y, de pronto, estaba frente a mí, mirándome con una dulzura fraternal que desarmaba mis temores.

En silencio, con los labios apenas curvados en una pregunta muda, me dijo:

—¿Me buscabas?

 

 

La Ñusta Quana

En la habitación de un hospedaje de dudosa fachada, en una ciudad por la que estaba de paso, abrí una puerta marcada con un símbolo de formas circulares que giraba como un disco, sin medir las consecuencias de aquel acto. En la oscuridad de la noche, un feroz tigre merodeaba en el patio de mi casa. Estaba hambriento y buscaba comida. Al descubrirlo, nos enfrentamos varias veces: lo espantaba con sonidos y ruidos escandalosos, mientras el miedo me apretaba, temiendo que me sorprendiera en cualquier instante. Mi perro, con sus ladridos, me ayudaba a señalar dónde se ocultaba la amenaza.

Escapé hacia la cima del techo de la casa; el felino saltó detrás de mí y alcanzó a incrustar sus garras en una de mis manos. Con esfuerzo logré liberarme, sin que quedaran heridas profundas.

Después, una abuela me condujo a un salón de clases para rendir un examen. Al leer las preguntas en el papel, tuve la sensación de enfrentarme a temas desconocidos. Con decepción, dudé en cada respuesta.

 

 

El Apu Misti

En una habitación, en el silencio tétrico de la noche, esperaba a alguien proveniente de tiempos desconocidos. Había dejado la puerta entreabierta y, de pronto, ingresó un paqo con quien había caminado en los albores de mi camino. Ya no era el mismo: se había transformado en un gigante que llenaba con su tamaño el pequeño cuarto, y su cabeza rozaba el techo.

Desde un rincón, entre los trastos, salió un roedor que en un parpadeo se convirtió en serpiente. Con miedo la toqué con mi mano izquierda e invoqué a las fuerzas de los Apus, de la Pachamama y de las Ñustas.

Entonces apareció una pequeña niña para guiarme hasta la casa de un hombre dedicado a cambiar dinero de distintas nacionalidades, como si tuviera la llave para abrir puertas a otros mundos. Caminamos juntos hasta llegar a un pueblo y, al encontrarlo, lo saludé levantando mi chuspa, donde guardaba mis hojas de coca y mis kuyas, signos de poder heredados de los abuelos.

Más tarde nos instalamos en el hospedaje del pueblo para pasar la noche. Cuando descansábamos en una habitación aún iluminada por el resplandor del cielo, irrumpió el hombre malhumorado para quejarse con el dueño del local por no haberle presentado a la niña, pues no veía con buenos ojos que lo hubieran dejado a un lado.

En medio de la penumbra descubrimos a una persona envuelta en vendas sucias, semejante a una momia salida de algún sótano olvidado. A la altura de sus genitales colgaba un látigo largo que apuntaba hacia un costado, y un hombre murmuró con una mezcla de seriedad y picardía que algunos solían jugar con esa herramienta, invocando placeres prohibidos.

De pronto ingresó otro paqo, hermano del gigante. Le pidieron que limpiara a una mujer joven, y él, acompañado de un ayudante, procedió con el ritual. Con sus manos rompió los hilos invisibles que enredaban el cuerpo de la muchacha, hilos que le impedían avanzar en su camino hacia la eternidad. Yo lo observaba desde un rincón, con recelo, deseando conservar mi anonimato.

Iniciaron entonces una danza circular alrededor de la mujer, con cantos y el retumbar de los bombos. Voces múltiples se entrelazaban hasta formar un coro sonoro que arrastraba los cuerpos. La energía era contagiosa y, aunque con desgano, decidí participar en el círculo.

Al concluir el baile, regresé a mi asiento para seguir observando desde la distancia. Los paqos se reunieron en el costado norte del gran salón. Uno de ellos, sorprendido al reconocerme, me invitó a unirme a su grupo, donde estaban los más antiguos, guardianes de secretos que no cabían en los libros. Allí, con solemnidad, servían champán espumoso, símbolo de expansión.

Un anciano, sentado a mi lado derecho y con la mirada puesta en el oeste, me pidió que renovara el sombrero viejo que llevaba puesto. Me prestaron uno nuevo, perteneciente a la comunidad Q’ero. Al colocarlo en mi cabeza, el anciano sentenció con voz gloriosa:

—Así tiene que ser.

Después brindó, bebió y continuó conversando conmigo. Sentí que la vida y la muerte son estados de un mismo camino.

Me alcanzaron una botella rebosante de champán. Challé la tierra y bebí. Dudé a quién debía entregarla para continuar el brindis, temiendo quebrar la dirección energética del círculo. Finalmente la pasé al compañero de mi lado izquierdo, convencido de que nuestro linaje se hallaba en ese camino, donde mi alma recordó su origen ancestral.

 

 

El Cheq’a thaqui

Tras recorrer once calvarios, me encontré con un círculo de personas que aguardaban en silencio, temerosas de ocupar el lugar central de la ceremonia. Ninguno hallaba el valor suficiente para asumir el mando. Con inseguridad y miedo avancé hacia el centro y, con la fuerza de mi voz, inicié el ritual.

Poco después llegamos a la falda de una montaña escarpada. Una mujer se me acercó y me mostró dos caminos: el Paña y el Lloque. Yo escogí el Paña, pero ella, sorprendida, como si no pudiera creer que había olvidado la lección ya aprendida, me corrigió con determinación:

—Tú eres Lloque, así hemos quedado.

Con el transcurrir de los días contemplé con asombro el derrumbe de un edificio. Sus paredes caían con estrépito, desmoronándose sin compasión por los transeúntes que pudieran hallarse cerca. Desde el interior de un bus, un hombre acompañado de una mujer observaba la caída con un gesto de conformidad, como si no fuera tragedia sino el restablecimiento del orden.

Más tarde me vi huyendo de una tormenta en un bote que se agitaba sobre un río torrentoso. Éramos varias familias intentando escapar. En el trayecto advertimos a una pareja que sus ovejas estaban siendo tragadas por las aguas. De pronto, el bote se transformó en una lancha veloz que nos transportaba con premura hacia tierras seguras.

Había llegado el momento de partir: cargamos muebles, artefactos y trastos de la casa en un camión enorme y emprendimos el viaje rumbo al norte, o quizá al oeste, aún sin decidirlo. Mi padre conducía, y lo acompañábamos mi hermano y una mujer joven. La carretera, ancha y pavimentada, nos llevó hasta una bifurcación. Tomamos el ramal izquierdo, pero pronto comprendimos el error y retrocedimos para tomar el derecho, más empinado y peligroso. Al avanzar un tramo, otros vehículos descendían a toda prisa, obligándonos a estacionar en un estrecho espacio al lado izquierdo del camino.

De pronto, los camiones que bajaban comenzaron a perder el control: descendían como bestias desbocadas, volcándose y estrellándose unos contra otros. Uno de ellos, cargado de vacas gordas, se precipitó al vacío. El caos era tal que la tierra entera tembló, y parte del camino donde estábamos se derrumbó. A un costado, otro camión estacionado se volcó, y varias personas corrieron a guarecerse alrededor del nuestro, donde permanecieron a salvo.

Fue entonces cuando del cielo cayó un avión de color amarillo, arrastrado por el viento. Al tocar tierra, como en un juego de niños, se transformó en un juguete inofensivo.

Pasado el desastre, mi padre se encontró con un hombre y le devolvió un paquete de billetes de uno y dos dólares. Con voz firme le aseguró que la deuda sería saldada después, y le advirtió que aún quedaban pendientes unos trescientos dólares, como si ese resto simbolizara la culminación de un sufrimiento arrastrado durante décadas.

 

 

La Waka Raqchi

Un hombre honesto, que en otro tiempo me había acompañado en una etapa de mi vida, me encargó recoger dos platos de comida preparada con ingredientes especiales y sabores distintos que había pedido con anticipación. Cuando me presenté en el restaurante, la respuesta fue indiferente: ya se habían agotado y solo quedaban opciones ajenas al pedido. El establecimiento estaba atendido por una mujer joven con quien, entre miradas cómplices, compartí un instante de coqueteo. Tenía un hijo pequeño que, con la insolencia de un príncipe malcriado, hacía lo que quería en el local, y aquella libertad descarada me llenó de indignación.

Al fondo vi a un anciano de aspecto sereno, sentado y con la mirada fija hacia el sur. A él llevé mi queja. Sin mediar palabra, tomó una soga, la blandió como látigo e intentó azotar al niño, que brincaba de un lado a otro esquivando los golpes hasta cansarlo. Entonces la mujer se volvió contra mí, furiosa, acusándome de haber instigado al anciano. Entre insultos, me arrojó agua tibia de una taza que me mojó el hombro izquierdo, y me amenazó diciendo que iría a reclamar a la ciudad capital.

El anciano, triste y abatido, contemplaba la escena sin fuerzas y, con voz quebrada, anunció también que viajaría a la ciudad capital. La mujer se alejó, confundiéndome con otro hombre, como si en su memoria no hubiera distinción entre rostros y nombres. Más tarde lo vi celebrando con un adolescente despreocupado, bebiendo cerveza en la esquina de una calle sin nombre. Desde lejos, nuestras miradas volvieron a cruzarse y, con un gesto descarado, me llamó para que me uniera a ellos, como si pretendiera borrar con un brindis la afrenta reciente.

 

 

La tierra de los reptiles

En una isla rodeada de aguas transparentes abandonamos una cabaña deteriorada y nos trasladamos a otra en mejor estado. Éramos tres quienes compartíamos la vida en aquel refugio. De pronto, una especie de comadreja se deslizó por la puerta que habíamos dejado entreabierta. Saltamos para impedirle el paso y luchamos un buen rato, hasta que logramos expulsarla y cerrar la entrada. Sin embargo, del otro lado seguía empujando con obstinación, como si se resistiera a abandonar su refugio.

Salimos entonces con un palo para ahuyentarla y descubrimos que ya no era una, sino dos. Entre gritos y golpes, las arrojamos por un barranco, creyendo haber recuperado la calma. No muy lejos, dos cocodrilos enormes descansaban en la orilla, con el vientre abultado y la quietud de quienes han devorado demasiado. Mi amigo, con temeridad infantil, se acercó a fotografiarlos, mientras yo temía que en cualquier momento se lanzaran contra nosotros.

Entonces comprendimos que los reptiles permanecen cerca de nosotros mientras les demos un lugar.


 


 

 


 


 

 

CAPITULO III

 

 

La bendición de la Ñusta

Una sombra me aplastaba, reclamando su territorio. Invoqué al Apu Qhapia, y él la envió a la profundidad del abismo.

De inmediato llegó mi abuela paterna; se recostó sobre mi cuerpo adormecido y sentí que me orinaba. En ese instante apareció mi hermana llorando, reclamando entre sollozos que la abuela estaba muerta. Sorprendido, levanté su cuerpo inmóvil y descubrí que se había transformado en un tigre sin piel, sin dientes ni garras, que lentamente se hundía en un pozo de agua.

Por compasión, lo arrastré hasta sacarlo del hoyo y lo conduje por un sendero, aunque a cada paso sentía que una sombra oscura me perseguía. Por momentos se adelantaba, cerrándome el paso y levantando laberintos de los que apenas lograba escapar, hasta que me encontré en un callejón sin salida.

Asustado, sin saber a dónde ir, un hombre me sugirió esconderme en una caja con tapa de barro empotrada en el suelo. Me metí dentro, con el torso desnudo, y allí permanecí hasta que volvieron a abrirla y me aseguraron que el peligro había pasado. Me reprendieron con dureza por no saber dominar el miedo. Entonces descubrí que me había orinado en los pantalones, y entre bromas me bautizaron con un par de suaves azotes en el trasero.

Sorpresivamente me eligieron como la autoridad de una nación ancestral. Subí a un estrado de gran altura y me situé primero al lado derecho de la autoridad saliente; luego me moví al izquierdo, declarando con solemnidad:

—Este es mi lugar.

Varios periodistas y fotógrafos rodearon a la autoridad que se despedía, llenándolo de entrevistas y destellos, mientras apenas dos reporteros se dignaban a tomarme una foto. Yo aún era un desconocido, aparentemente sin linaje.

Al terminar la ceremonia, ambos nos miramos frente a frente para estrecharnos la mano. Pero al volver a mirarlo, ya no era un hombre: se había transformado en una mujer que había conocido tiempo atrás. Me sonrió con hipocresía, mostrando dientes de oro, un collar brillante, anillos y joyas preciosas. En vez de abrir la palma, me ofreció la mano cerrada, como un puño.

Tras aquel suceso, una anciana se me acercó para felicitarme, contenta por mi mérito, como si en sus palabras quisiera recordarme que todo poder mal ejercido está condenado a apagarse pronto.

 


El guardián de la montaña

El viento fuerte en las alturas de la montaña purificó las cargas emocionales que mi corazón aún retenía, justo antes de entregar una ofrenda a los Apus y a la Pachamama a través del fuego. La nieve comenzó a caer lentamente, cubriéndolo todo con un manto blanco.

Descendí hacia una comunidad en las faldas del Apu, donde brotaban aguas calientes de las profundidades de la tierra. En los alrededores, varias personas trabajaban excavando y componiendo los caminos. Allí encontré un hoyo en la tierra; en su interior reposaba una piedra cúbica. Mi compañero halló otra más grande, también en forma de cubo, cuya cara superior veía en alto relieve símbolos indescifrables. Le sugerí que, si deseaba llevársela, debía primero pedir permiso al guardián de la montaña mediante una ofrenda especial: solo así se le permitiría abrir las puertas del conocimiento.

Llegamos luego a su casa, un recinto abandonado donde apenas se sostenían en pie los muros de adobe, de mediana altura y sin techo. Allí nos esperaba su hijo, un joven que contradecía mis sugerencias frente a su padre, acusándome de mentiroso. Enfurecido, tomé un tubo largo de plástico tirado en el suelo y empecé a golpear la cabeza del papá. No lograba hacerlo con la contundencia que buscaba, pero de cada golpe chispeaban pequeños rayos. El hombre se quejaba de dolor. Hice lo mismo con su hijo, y ambos escaparon corriendo.

Bajé después a tierras templadas del valle en busca de una mujer conocedora de hierbas medicinales. Al entrar en su casa, me sorprendió ofreciéndome dos baldes sucios; al mirar en su interior descubrí una sopa con trozos de carne de cerdo. Sentí repugnancia y abandoné el sitio.

Decepcionado, busqué movilidad para regresar a mi hogar. Caminé hasta encontrar un río que corría de este a oeste, junto al sendero. Allí vi nadar a dos mujeres disfrazadas con colas de pescado, que se sumergieron en las aguas hasta desaparecer en una cascada.

Finalmente llegué a una ciudad, y de inmediato la lluvia me recibió con prisa. La gente corría de un lado a otro buscando techo. Crucé una calle muy transitada, donde el tráfico estaba atascado y los espacios eran estrechos. Más adelante, una comparsa de bailarines bloqueaba el paso; sin otra alternativa, tuve que retornar en busca de otros caminos, como si los Apus me advirtieran que aún no era el momento de entrar en esa ciudad.

 

 

El guía de los guardianes

Una voz militar, enérgica y seca como un disparo, me ordena trasladarlos en el helicóptero. Nos preparamos para un vuelo hacia las entrañas de la selva; los tripulantes son un comando de paracaidistas que se han entrenado durante largos meses para irrumpir en una base terrorista. Sobrevolamos las copas verdes de los árboles cuando, de pronto, la nave —como herida de muerte— comienza a perder el control y se detiene al borde de un abismo. Desesperado, ensayo distintas maniobras, pero el motor se niega a responder.

Con voz rotunda, el militar me aconseja: debo mover dos perillas en la parte baja del tablero y empujar dos veces la palanca hacia abajo. Nervioso, confundido entre tantos indicadores y controles, apenas comprendo sus palabras. Entonces el hombre a mi costado interviene: acciona las perillas, empuja la palanca arriba y abajo dos veces, y el helicóptero vuelve a rugir, levantándose otra vez en vuelo.

Llegamos al punto acordado. Uno a uno, los paracaidistas se lanzan al vacío como aves entrenadas para la guerra. El último es distinto: permanece recostado en un rincón de la nave, confiado en su triunfo. Se incorpora con calma, se ajusta los lentes y, sin apuro, se precipita hacia el abismo.

En un claro de la selva, los militares cercan a un hombre de contextura atlética, piel oscura y mirada feroz. Soporta sin pestañear los golpes de sus captores y responde con violencia brutal. Con el paso de los minutos lo van desgastando, hasta dejarlo vencido. Desde lo alto del helicóptero ansío intervenir, pero el militar a mi lado me detiene con su arma y sentencia:

—No es tu pelea.

Tras el éxito de la misión, volamos hacia una ciudad enclavada en las montañas. Los soldados irrumpen en las casas, arrancando a los cómplices de sus escondites. Las mujeres corren despavoridas sin rumbo, y yo les aconsejo huir hacia el este, porque el sur ya está cercado. En ese instante, un ataque con cohetes sacude la ciudad, estremeciendo sus cimientos.

Autos, camiones y buses intentan huir por la carretera. Para cerrarles el paso, volcamos uno de los vehículos y lo atravesamos en medio de la vía. Los primeros logran escapar con dificultad, pero los demás se estrellan entre sí en un estrépito de hierros y gritos que no cesa. Yo observo la escena oculta tras un muro. Confiado, me expongo un instante de más: una esquirla me roza el cuerpo, dejándome apenas un susto.

 

 

El Qullana Apu

Retorné a mi casa al atardecer, pero antes debía cruzar un río estrecho, profundo, oscuro y turbio. Para no ensuciar la ropa, me quité los pantalones y el calzoncillo y, desnudo, lo atravesé hasta terminar entrando en la sala de una casa que no era mía. Al darme cuenta de mi estado, cubrí con vergüenza mis partes y me senté alrededor de una mesa. Allí me recibieron un hombre y una mujer de edad madura, reunidos para resolver un asunto, acompañados de un testigo silencioso.

Para iniciar la reunión faltaba una mujer que se tomaba la situación con ligereza, como si no tuviera peso alguno. Al bajar de su habitación en el segundo piso, primero ayudó a un niño en la calle que había tropezado y derramado un plato de comida. Su gesto, más calculado que sincero, me sorprendió: parecía aprovechar la presencia de los visitantes distinguidos.

El hombre, con voz paternal y firme, la llamó por su profesión y la invitó a sentarse a la mesa. Ya todos reunidos, le pidió exponer el problema que nos convocaba. Ella comenzó a hablar en un idioma distinto, parecido al italiano, insistiendo en que había seguido rigurosos procesos de sanación en una laguna. Aunque su lengua me resultaba ajena, pude comprenderla sin dificultad.

Al concluir la reunión me devolvieron mis zapatos, pero estaban sucios; dentro de uno encontré un calcetín usado. Sus hileras estaban pasadas de manera distinta, como si hubieran pertenecido a otro y no a mí, y aquella disonancia me incomodó. Sin embargo, también sentí que había hallado la justicia que buscaba.

 

 

Las sirenas

A orillas de la laguna de aguas azules, en la margen derecha, frente a la montaña del Gran Abuelo Qullana, se abre una poza del tamaño de una cancha de básquetbol, por donde el agua desciende hacia las tierras bajas de la quebrada.

En el fondo de esa poza, un hombre de cabellos dorados se bañaba en las aguas gélidas con la naturalidad de quien pertenece a otro mundo. Se sumergía hasta los hombros como si el frío no lo alcanzara. Más allá, en otra parte, dos sirenas se mecían: una de piel plateada y otra de fulgor dorado. Escuché murmurar que una de ellas había sido herida en la cola por aquel hombre.

Mientras las observaba en silencio desde lo alto de la ladera, una de ellas me descubrió y avanzó hacia mí, con la seducción encendida en la mirada. Presintiendo sus intenciones, hui despavorido entre los pastos verdes de la montaña hasta refugiarme en un grupo de mujeres que celebraban ceremonia. Erguidas, formaban dos hileras en equis, orando y cantando hacia la salida del sol. Con confianza crucé entre ellas, y en ese instante la sombra de la sirena dejó de perseguirme.

Más tarde, al encontrarme con el hombre, me señaló una casa de piedra y techo de paja, asegurándome que allí había un espacio para mí.

 

 

La quebrada Takana

Después de realizar la ceremonia de limpieza en la quebrada del desierto —ese portal al que los hechiceros acuden para implorar favores a las sombras— me senté junto a una mujer para pijchar coca. Al masticarla, ella murmuró que no tenía sabor; yo respondí que la mía sí estaba bien, pues la hoja siempre aclaraba verdades ocultas de nuestra alma.

Luego, acompañado de un hombre, nos dirigimos al área de visitas de una prisión. Allí, él se vistió con ropa elegante de mujer y entró al interior, dejándome en el umbral. Al poco rato, en la puerta, aparecieron varios hombres desnudos y fornidos, de piel oscura: prisioneros antiguos que dominaban el sitio. Me llamaban para unirme a ellos, me ofrecían lujuria, se jactaban de sus proezas y de los beneficios que recibían allí, exponiendo con orgullo sus atributos desmesurados.

Caminé entre ellos por el patio hasta que, en un arrebato de furia, golpeé a un hombre corpulento, más alto que yo, con una cicatriz que le cruzaba la espalda como testimonio de viejas batallas o de alguna hermandad criminal. El golpe lo derribó. Después intenté acometer contra un anciano, pero él, con fuerza inesperada, atrapó mi mano derecha bajo su brazo. Tras un largo forcejeo logré liberarme, exhausto.

Busqué entonces al que dirigía el reclusorio. En el trayecto arranqué un trozo de metal de los barrotes y lo empuñé como arma. Cuando lo encontré, descargué sobre su cabeza toda mi rabia. En ese instante, su cuerpo se transformó en un muñeco inflable, sin vida propia, sostenido apenas por una delgada manguera de aire comprimido que lo mantenía erguido. Lo golpeé una y otra vez hasta destrozarlo en pedazos, y la peluca que llevaba en la cabeza la lancé a un charco de barro.

 

 

La Waka Choquequilla

Al transcurrir la noche, alguien golpeó la puerta de mi habitación llamándome por mi nombre. Por la voz supe que era un hombre joven, desesperado, que imploraba ayuda.

Decidí viajar a la ciudad en busca de respuestas de un cuarzo cristalino con forma de cráneo humano que había movido ligeramente de su sitio, con la intención de auxiliar al muchacho. Me lancé en bicicleta por una carretera ancha hasta llegar a la casa de una mujer con la que había compartido caminos en otros tiempos. A pocos metros de su puerta, un control policial detenía a los transeúntes para pedir documentos, pero crucé por un costado sin ser advertido.

Ella me recibió con alegría: su tienda de alimentos prosperaba, y su esposo, maestro de plantas medicinales, gozaba de buena reputación. Me habló con voz grave: el portal de los ancestros, en el valle de los Incas, había sido tomado por una entidad oscura que se valía de una planta selvática desde que se construyó la carretera pavimentada cerca de aquel portal.

De pronto me encontré frente a la waka, al borde de un acantilado. Un sendero estrecho descendía hacia un laberinto de formaciones rocosas. En un claro reconocí a un ser híbrido, mitad hombre, mitad animal. Recibía a quienes llegaban tomándolos por la espalda, como si fuera parte de un rito de iniciación.

Con inseguridad bajé hasta el recinto. Apenas me acerqué, me sujetó con fuerza e ingresó a mi cuerpo por el hueso sacro. Al resistirme, pronunció con tono de vencedor:

—Ya suelta.

Subí de nuevo al acantilado, confundido y vencido, pero allí recuperé mis fuerzas. Lo miré otra vez: era un hombre corpulento, de piel oscura, con la cabeza oculta bajo una capucha. La ira me lanzó contra él; estiré su piel gruesa, elástica como goma negra, intentando arrancarle la máscara. Le clavé una espina de cactus en la mejilla y arranqué otras, pero mis manos carecieron de precisión. Él se defendía repitiendo una sola palabra:

—Soy inoxidable.

Cansado, sin saber cómo derrotarlo, invoqué a la Pachamama. Ella me sacó de aquel lugar, no sin antes golpear su cabeza alargada. Entonces comprendí: su fuerza residía en la violencia, y solo otro camino, más allá de la ira, podría vencerlo.

Me refugié en otra casa frente a la mía. Allí vivía una mujer curandera que siempre me inspiró respeto. Compartía el techo con sus dos hijos, que dormían en camas de una plaza. Ella, arreglándose para salir, me permitió quedarme. Salí a recoger mi cama vieja de dos plazas, pero al regresar encontré la habitación revuelta, como si cada rincón hubiese sido registrado. Nada faltaba; hasta el equipo de sonido seguía en su pedestal, aunque cayó de pronto, delatando una presencia extraña.

En ese instante apareció un antiguo compañero de la escuela primaria, ahora cordial y dispuesto a ayudarme con la mudanza. Juntos atravesamos un pasaje de un centro comercial, donde, frente a una mesa alta, se interponía un hombre elegantemente vestido que vendía boletos de lotería. Se decía que era un vampiro que marcaba a sus clientes para atacarlos después.

Sin pronunciar palabra, levantamos la cama por ambos costados y la pasamos por encima de su cabeza. Con ese gesto abrimos el camino hacia la nueva casa, apartándonos de sus dominios y dejando atrás el influjo de las sombras.

 

 

Detrás de las sombras

A las afueras de la escuela, varias mujeres, rebosantes de júbilo, devoraban platos preparados con sustancias tóxicas como si fueran manjares dulces, convencidas de estar actuando en coherencia con sus principios morales. Al advertir el peligro, las reprendí con severidad, pidiéndoles que abandonaran de inmediato aquel hábito dañino. Una de ellas protestó, asegurando que yo mismo les había dicho que aquello era medicina. Al descubrir la mentira, todas apartaron los platos, avergonzadas.

Pero los efectos ya se manifestaban: algunas tambaleaban sin control, caminando temerariamente sobre los altos muros de la escuela, como si jugaran con la muerte. Corrí a socorrerlas, temiendo que cayeran en cualquier instante.

En mi búsqueda de respuestas entré a un bar mugriento, un antro de perdición que ya conocía de otras veces. Los dueños me miraban con rabia y recelo, como si resguardaran un secreto demasiado pesado para ser descubierto. De pronto, irrumpió un grupo de jóvenes, hombres y mujeres, con pancartas en alto, gritando consignas de protesta. Tomé de la mano a uno de ellos y lo arrastré fuera del local, liberándolo de aquel encierro.

Seguí caminando. En un paradero de buses aguardé uno del servicio público que me condujera hacia un destino desconocido. Al detenerse, descendieron unas niñas acompañadas de su maestra, y el vehículo prosiguió su marcha sin mí. Entonces decidí que mis pies serían los que me llevarían a la respuesta que buscaba. Avancé confiado en las señales del camino, pero ninguna apareció; agotado, regresé por otra ruta hasta el mismo punto de partida.

Comencé de nuevo, esta vez tomando un rumbo distinto. Allí vi a un hombre que sometía con violencia a una mujer. Más adelante llegué a una ciudad de innumerables casas, algunas transformadas en edificios corroídos por los años y la desidia. En una de sus calles escuché murmurar que el dueño de un gran centro minero se ocultaba en un edificio de lujo.

 

 

La Waka Puma uta

Cansado, tras recorrer senderos irregulares, me recosté junto a un muro de piedra en la cima de un cerro pedregoso, desde donde el lago se desplegaba en toda su majestad. El agotamiento me venció y, por unos instantes, caí en un sueño profundo.

De aquellos montículos de piedra surgió una mujer de rostro redondo, que me observaba con ojos penetrantes, capaces de hurgar mis pensamientos. Su lengua, inquieta, asomaba una y otra vez, como si quisiera devorarme entero con su boca.

 

 

El hospedaje

De un bus repleto de gente que viajaba hacia distintos pueblos descendí con mi equipaje entre empujones. Cuando partió, descubrí con angustia que había olvidado bajar el bulto más grande. Sentí, por un instante, que una parte de mí seguía viajando en aquel bus.

De pronto apareció una mujer de aspecto desagradable, que se acurrucó contra mi vientre y murmuró con voz desesperada:

—Voy a dar a luz.

El asco me recorrió entero y, con brusquedad, la empujé lejos de mí.

Más tarde, en compañía de otra mujer, ingresé a un lujoso salón donde varias ancianas de la zona sur del Perú discutían con tono altivo sobre negocios y éxitos personales. Me limité a observar en silencio, cuidando que mi presencia no rompiera aquel aire de soberbia que flotaba en el ambiente.

Después asistí a la fiesta de despedida de una mujer en una pequeña casa. Ella reía, rodeada de sus amigos delincuentes, y todos bailamos con júbilo desbordado. Pero al finalizar la celebración, la encerramos allí mismo: habíamos descubierto que era una vampira. El vigilante fue un hombre jubilado y solitario, que decidió encargarse de su custodia.


 

 

CAPITULO IV

 

 

El Apu Salkantay y las ñustas

En el peregrinaje hacia las montañas caminábamos atentos al paisaje agreste, hombres y mujeres jóvenes avanzando por un corredor abierto al borde del abismo. El paso estaba protegido apenas por unas barandas metálicas inestables que, al menor roce, amenazaban con caerse. El suelo, cubierto por una esponja sintética, ofrecía un alivio frente a la caída. Al frente, un anciano de paso firme guiaba nuestra marcha.

De pronto, una mujer se dobló de dolor en el estómago. La trasladaron a una carpa provisional y la recostaron en una camilla. Decidí intervenir: tomé una piedra cercana e invoqué a las cuatro direcciones y a la estrella Qoto Mama. Imaginariamente uní las siete estrellas en el centro y, con la palma abierta de mi mano derecha, escaneé su vientre, mientras con la otra, sosteniendo la piedra, trazaba círculos. Al concluir, ella aseguró que el dolor había desaparecido.

Arranqué unas hierbas verdes de hojas anchas para limpiar mis manos y lancé la piedra al abismo, hacia el oeste, aconsejándole que se cuidara del frío. Retornamos de la excursión. La mujer, que al inicio parecía más alta que yo, al mirarla de nuevo estaba a mí misma altura. Entonces me preguntó si conocía o podía curar las enfermedades de los órganos sexuales femeninos. Le respondí con firmeza que sabía algunos métodos, pero que esa labor profunda correspondía a las mujeres que habían vivido la experiencia en su propia carne. Ahora, en su rostro, asomaban finos vellos claros.

Cerca de una mina de cobre encontré a otro caminante rumbo a la montaña. Sobre un cerrito pedí a una mujer que quemara mi ofrenda. Ella vaciló, sin saber cómo proceder. En ese momento apareció mi antiguo jefe de la construcción, convertido ahora en peregrino, y le pidió que le leyera las hojas de coca.

Apresurada, la mujer enterró mi ofrenda para atenderlo. Extendió su incuña, tomó un puñado de hojas y las dejó caer sobre la manta. Todas cayeron con la cara blanca, al revés. Con enojo exclamó:

—No se ve nada.

Me pregunté en silencio: ¿fue porque enterró la ofrenda o porque no había fuego para quemarla?

Llegaron más personas solicitando sus servicios y, en un descuido, me alejé con la promesa de regresar para pagarle. Desde la distancia, una mujer que conocía desde años atrás me observaba, como si quisiera decirme que las ñustas del agua no pueden portar la energía del fuego.

 


Las heridas de la infancia

Ante las adversidades y los bloqueos en los caminos hacia la fluidez con la energía del dinero, participé en una reunión en plena intersección de dos calles bulliciosas de la ciudad donde había pasado muchos años de mi vida. Allí se congregaban hombres y mujeres de rasgos oriundos y mestizos de estas tierras, vestidos elegantemente con ropas modernas. Todos aguardábamos el anuncio de una noticia importante.

Uno de ellos me entregó un saco de color verde. Lo dejé en el suelo con desdén, incapaz de reconocer en ese instante el valor de lo que se me ofrecía. Otro hombre lo recogió y se lo llevó consigo; no me incomodó, pues preferí que lo usara alguien más. Entonces comenzaron a circular los vehículos. Un bus amarillo, repleto de participantes que regresaban a sus hogares, avanzó lentamente entre la multitud, rozándonos con su cabina como si quisiera recordarnos que la reunión había llegado a su fin.

Me adentré en un salón de escuela primaria. Allí una niña pequeña humillaba con palabras punzantes a otra mayor y más alta, que escuchaba en silencio, resignada. La injusticia me encendió la sangre. Poco después, un grupo de niños irrumpió y, al verme, comenzaron a burlarse con frases hirientes. Al principio guardé calma, pero sus manos insolentes tocaron mi cuerpo con desprecio. El enojo me dominó y reaccioné con violencia, golpeándolos hasta que se dispersaron.

La culpa me inquietó de inmediato. Hui del aula recorriendo un túnel que desembocaba junto al horno de una pollería. Afuera, la calle estaba oscura, marcada por zanjas y montículos de tierra. El remordimiento de haber castigado a los niños me perseguía, junto con la sensación de que me rastreaban.

Quise llegar a la casa de mis abuelos, hacia el este, para hallar refugio. Pero en el camino aparecieron otros niños mayores, con rostros torcidos de rabia, que al verme comenzaron a perseguirme. Trepé muros y caminé sobre sus cimas hasta alcanzar el techo de una casa antigua de bloquetas de concreto, donde intenté ocultarme. No pasó mucho hasta que me descubrieron. Corrí de techo en techo, mientras ellos me lanzaban piedras y palos, y yo, con desesperación, devolvía los mismos para no ser herido. Sabía que tarde o temprano me hallarían, pues tenían ojos desperdigados en cada rincón de la ciudad.

Reconciliarme con las heridas de la infancia era el siguiente paso.

 

 

Los Conflictos de la adolescencia

Habían transcurrido veintinueve días desde el último encuentro con la energía del dinero. Esta vez deseaba ver a mi padre para hablar de ello. Entré en la sala de la casa, donde dos de mis hermanos estaban reunidos mirando la televisión. Uno de ellos cambió el canal para ver su programa preferido, pero no le di importancia: yo estaba absorto en las noticias que revisaba en mi teléfono.

De pronto comenzó a provocarme, lanzando groserías contra una mujer a la que despreciaba y acusándome de tener un hijo con ella. Con calma, y sin tomarlo en serio, le pregunté a quién se refería. Deduje que hablaba de una muchacha rubia, de familia próspera de un pueblo de los Andes. Pero él siguió en su arrebato, cada vez más encendido.

Mi paciencia se agotó. Con enojo, rompí el periódico que tanto le interesaba. La discusión estalló. Le propiné un puñetazo en el rostro, aunque la fuerza del golpe se desvaneció en el aire, como si los guías me recordaran que la rabia no era el camino para resolver nuestras diferencias. Otro de mis hermanos intervino para calmar el escándalo, pero aquel, más grande y fuerte que yo, implacable, me amenazó con un lapicero como si fuese un puñal. En el forcejeo logré sujetar sus manos y obligarlo a soltarlo, descubriendo que en realidad escondía otro lapicero entre los dedos, como armas disimuladas.

Quise quejarme, pero mi voz apenas se escuchó, como si el miedo la hubiera apagado. Él, con furia, me dijo que no era más que un niño de ocho años. Yo, con sarcasmo, le respondí que se parecía a un adolescente de cero años.

En ese instante irrumpió mi padre, como quien llega a imponer orden en una casa que amenaza con desmoronarse. Con apuro le ofrecí una silla, arrancándosela a mi hermano. Poco después apareció otro hombre, con la voz frágil y quebradiza anudada en la garganta, que denunció haber sido víctima de los mismos abusos. El aire se volvió denso, y los presentes, conscientes de la gravedad de sus palabras, decidieron concederle a mi hermano una última oportunidad para enmendar su sombra; de lo contrario, sería castigado con severidad implacable.


 

El miedo a cambiar

En las calles de un barrio donde las personas se desplazaban en direcciones opuestas, un hombre de bigotes instaló una mesa y una silla para comenzar a pagar los jornales. Lo haría en efectivo, contando con despreocupación un paquete de billetes en su mano derecha. Yo lo observaba con temor, convencido de que en cualquier momento algún ladrón, atraído por tanta confianza, lo despojaría de todo.

A pocos pasos, alrededor de otra mesa, se hallaban sentados una mujer y su marido, conocidos míos, que discutían con resignación sobre las infidelidades de él. Ambos coincidían, con desprecio, en que la dueña de la tienda situada frente a ellos no anhelaba otra cosa que dinero. Al acercarme, el hombre me entregó cuatro fajos de billetes, cada uno de diez mil en denominaciones de cincuenta: en total, cuarenta mil que debía depositar en el banco.

Tomé aquel encargo como quien carga en la espalda un peso heredado de generaciones y me puse en marcha. Pero el camino pronto se volvió extraño. Avanzaba desconfiado, temiendo asaltos, atravesando un pasadizo atestado de personas que ralentizaban mis pasos. De pronto me descubrí montado en una bicicleta, pedaleando entre calles empedradas, jardines luminosos y árboles generosos, mientras niños jugueteaban a mi alrededor. Una distracción bastó para perder el equilibrio y caer sobre un arbusto, del que me rescató una mujer de semblante compasivo.

Luego ascendí por una calle empinada, que crucé con sorprendente facilidad, hasta desembocar en una avenida ancha por donde corría la línea del tren. De repente, la ruta se precipitó en una bajada desbordada, difícil de controlar. La bicicleta, en su ímpetu, aumentaba la velocidad como si obedeciera a una voluntad ajena a la mía, hasta que, finalmente, se detuvo en medio de una pampa solitaria. Allí escuché una voz que murmuraba: la carretera conduce al aeropuerto.

Al principio me invadió una nostalgia oscura, como la de un viajero extraviado en la noche; pero, al mismo tiempo, me sentí aliviado con ganas de volar.

 

 

El primer trabajo

Al evocar las historias orales de mi madre, de mi abuela y de mi bisabuela sobre sus primeros trabajos en la comunidad, viajé junto a tres de mis hermanos en una camioneta de color verde oscuro, recorriendo las mismas rutas que ella había transitado en su juventud. A medio camino nos topamos con un control policial itinerante; a lo lejos, las queñuas de las zonas altoandinas se mecían como guardianes perpetuos.

Mientras aguardábamos la presencia de la autoridad, una neblina blanca descendió de improviso y cubrió la carretera, volviendo invisible el horizonte. Cuando el velo se disipó, apareció un hombre vestido con un traje plateado, semejante a un ser de otro mundo, que en un parpadeo se transformó en una mujer policía. Ella pidió los documentos al conductor y, al comprobar que todo estaba en regla, nos permitió continuar. El sol brillaba con esplendor, y varios turistas descendieron de sus vehículos para admirar el valle que se abría ante sus ojos.

Nosotros también bajamos para explorar los alrededores; uno de mis hermanos, rendido por el cansancio, decidió quedarse, reposando al borde de la carretera. Los demás volvimos a la camioneta, sorteando con facilidad baches anegados de fango y agua. El conductor, otro de mis hermanos, murmuró con un dejo de nostalgia que esos caminos ya no eran como en los años sesenta.

Al poco tiempo nos hallamos frente a dos túneles estrechos, oscuros y húmedos. Mis hermanos los atravesaron con dificultad; cuando lo intenté, quedé atrapado en uno, como si las paredes mismas quisieran retenerme. Logré salir con esfuerzo, pero al otro lado descubrimos que ya no éramos los mismos: habíamos cruzado un portal hacia otro tiempo. Nuestros cuerpos se habían transformado en los de forasteros de tierras lejanas, desnudos, apenas cubiertos con calzoncillos viejos. Corríamos pasando charcos de agua y barro; en uno de ellos, a un hermano casi se le escapó la prenda, y se aferraba desesperadamente a ella. Tres mujeres nos acompañaban en la misma condición, llevando vestidos improvisados con bombachas raídas.

El camino concluyó en el fondo de una quebrada rodeada de montañas imponentes. Allí, el grupo comenzó a discutir. El que nos guiaba confesó que su verdadera intención había sido encontrar un porvenir distinto. Una de las mujeres lo enfrentó con rabia, acusándolo de haberla engañado. La desconfianza se extendió como peste: nadie creía ya en su liderazgo.

Nos encontrábamos en el tramo de lo desconocido. La incertidumbre nos envolvía como un manto de neblina, la desconfianza nos debilitaba, pero en ese mismo paso también se abría un resquicio de esperanza. Teníamos, por primera vez, la oportunidad de elegir un camino nuevo.

 

 

El fracaso de un viaje

Desde los años en que comencé a trabajar, y pese al empeño que ponía en mis proyectos, el fracaso regresaba una y otra vez, como la huella obstinada de mi carácter. Fue entonces cuando decidí ir al encuentro de mi abuelo.

A mediados del siglo XX, cuando en los cines todavía se estrenaban películas de Charles Chaplin, me encontré con un niño tímido, obligado a memorizar las nuevas costumbres y tradiciones de la familia.

Ya adolescente, escuchaba canciones románticas y trabajaba junto a un grupo de hombres curtidos por el esfuerzo. Era su último día en aquel oficio. Algunos compañeros, eufóricos, partían en un camión destartalado, despidiéndose con risas y gritos, como si hubieran ganado el viaje de sus sueños; otros pocos permanecían ahí mismo, resignados. El muchacho estaba sumido en una tristeza tan profunda que la emoción amenazaba con desbordarse en lágrimas. Un compañero, al verlo, le advirtió que no debía llorar, pues el maestro podría reprenderlo con severidad.

 

 

La danza de mi abuela

A un pequeño bebé le susurré con voz baja:

—Tú encarnaste de una mujer llamada Marina.

Sus ojos, recién llegados de otros mundos, me miraban con desconfianza. Me vestí con un calzoncillo sobre otro, como si ese gesto me diera seguridad. Estaba por iniciar una reunión: acababan de arreglar las instalaciones eléctricas cerca de la escuela de danzas. Confiado, me acerqué a un hombre alto, de tez trigueña, para preguntarle si conocía a una mujer esbelta que permanecía de pie frente a nosotros. Pero, al percibir en él un carácter imponente, me retracté, le pedí disculpas y lo acompañé a sentarse en los asientos a las afueras de la escuela.

Allí concurrían mujeres que se arreglaban con trajes coloridos, pues pronto comenzaría un desfile. El punto de reunión quedaba a un costado del edificio municipal, cuyos balcones del segundo piso se asomaban hacia un parque verde. Sentía que las damas me observaban con curiosidad y agrado. Nos despedimos con cortesía, y le propuse volver a encontrarnos para realizar proyectos en común. Sin embargo, advertí que había olvidado preguntarle su nombre. Lo vi subir por unas gradas de concreto que conducían a la plataforma superior del parque. Decidí seguirlo, pero la multitud que avanzaba en la misma dirección me lo impidió. Entonces, de un salto, volé sobre las cabezas y llegué fácilmente hasta lo alto.

Vestía una túnica negra que cubría casi todo mi cuerpo. Al contemplar mis piernas delgadas, sentí una vergüenza repentina. Esperaba junto a otros para participar en el desfile alegórico. La vereda era conocida como la zona de vuelo. Nadie se atrevía a saltar. Yo decidí hacerlo. Mi cuerpo se volvió liviano y planeé con serenidad por el espacio abierto, impulsándome desde estatuas con forma de árboles frondosos de color verde oscuro. La alegría me envolvía. Las bailarinas me aplaudían con asombro, y finalmente descendí entre estatuas adornadas de flores y un sapo de piedra. Incliné la cabeza en señal de gratitud a los presentes. Sin embargo, la celebración se apagó pronto para dar paso a los aplausos destinados a otros.

Era el momento de bailar. Esperamos nuestro turno en fila. Empezó la coreografía, pero yo estaba perdido: no sabía qué pasos dar. El hombre mayor que tenía delante me señaló con paciencia los movimientos. Al verme torpe, un grupo de personas entró a un edificio grande para deliberar sobre mi situación. Temía que decidieran sacarme del baile o reubicarme en un lugar más vistoso, pues sabían que poseía la capacidad de volar, y ese prodigio podía realzar la presentación del conjunto.

Poco después, mis pies comenzaron a hallar el ritmo y entré en sincronía con los demás. El hombre mayor me sonrió y me animó, diciéndome que lo estaba haciendo bien. En su voz percibí la certeza de que me conocía de otros tiempos, aunque en esta memoria onírica yo aún no lo recordaba.

 

 

Inca

Al darle a mi abuela el espacio sagrado que merecía, aún no me sentía digno de ocupar el mío. Caminé entonces junto a una mujer por las calles de una ciudad desconocida. Me atraía su belleza serena y la acompañé hasta el instituto donde estudiaba. Nos despedimos con un gesto breve, y yo crucé hacia un restaurante que quedaba justo al frente.

Allí encontré a un hombre descuidado, de cabellos revueltos, recostado sobre unos muebles cubiertos con sábanas blancas. En otros tiempos había hecho fortuna, pero ahora vivía apartado, llevando una existencia tranquila junto a dos mujeres que atendían el local.

Ingresé con la inocencia de un niño, pidiendo un postre dulce, pues pasaba un tiempo de escasez. La cajera me avergonzó frente a su compañera por llevar tan poco dinero. Para mi sorpresa, aquella mujer era la misma a quien había acompañado al instituto. Entonces el dueño del restaurante, con voz serena, declaró que quería estudiar, aunque confesó estar demasiado habituado a vivir despreocupado. Yo le respondí que también lo haría y, por ello, le pedí alojamiento en algún rincón de su casa. Él me ofreció el puesto de lavador de vajillas. Dudé, hasta que apareció un amigo y me animó a aceptarlo, con la promesa de que trabajaríamos juntos.

Con el paso del tiempo, debía salir de viaje en la noche para entregar unas fotografías a sus dueños. En mis manos cargaba un trozo de carne de cerdo que un perro me miraba ansioso por arrebatar. Lo protegí con firmeza y pedí a la mujer que trabajaba en la parte posterior del local un sitio donde guardarlo. Ella me exigió un precio demasiado alto, imposible de pagar. Pero el dueño intervino, recordándole que yo era parte del equipo, y me permitió guardarlo sin costo alguno.

Abandoné el local con un equipaje liviano. La salida estaba obstruida y resultaba difícil franquearla. Afuera, la calle oscura me recibió con luces intermitentes que invitaban a avanzar con cautela. Revisaba las direcciones en un pedazo de papel usado; las fotografías, ya antiguas, me desanimaban, además de que no conocía ni la ciudad ni sus calles.

De pronto me acerqué a un desfile colorido que poco a poco se transformó en protesta. En medio de la multitud se cruzó conmigo una mujer de facciones masculinas y orígenes africanos, de cabello esponjoso. Con seguridad me dijo:

—Estuvimos en el restaurante. Tú eres Inca.

Sorprendido, pensé que quizás se había confundido, o que me confundía yo mismo con recuerdos de otro restaurante. Sin embargo, al continuar avanzando, otras personas también me saludaban con ese mismo apelativo: Inca. Y quedé perplejo.

Continué caminando hasta reunirme con dos personas en un parque amplio, donde presenciamos una competencia de vuelo de cometas de formas extrañas, organizada por una escuela militar. Les comenté que tenía experiencia en vuelo con parapente y que sabía reconocer a los buenos pilotos. Uno de ellos, intrigado, me preguntó cuántos vuelos había realizado. Guardé silencio por un instante, y luego respondí con palabras abundantes: describí técnicas y maniobras en el aire como si en mí habitara la voz de un experto. Pero en el fondo sabía que mi experiencia era escasa.

Uno me observó con desconfianza; el otro, simplemente no me creyó. Aquella suspicacia fue una lección.

 


El dinero

En la calle principal que cruzaba la plaza de armas de una ciudad realizábamos el mantenimiento de los muros con distintos equipos móviles y herramientas. Al mismo tiempo, un nutrido desfile recorría la vía en celebración de las Fiestas Patrias. Cansado del trabajo rutinario, me oculté tras una pared en el lado derecho para descansar. Alcancé a escuchar al supervisor quejarse con voz áspera, diciendo que nada podía hacerse con trabajadores flojos. Al sentirme señalado, decidí abandonar la obra por la parte baja.

Al acercarme a un puesto de control me advirtieron que, si alguien dejaba la obra, ya no habría retorno. Permanecí indeciso, observando a los transeúntes que, de pie, contemplaban el desfile, mientras los de atrás exigían que se agacharan para no dañar el piso de tierra compactada. Finalmente, regresé. Ahora vestía un chaleco verde y ocupaba el cargo de supervisor de obra.

Me crucé con muchos hombres que renunciaban al trabajo. Luego encontré a un guardia que controlaba el ingreso, anotando en un cuaderno los nombres de quienes subían al segundo nivel. Impaciente por la demora, murmuré que un control automático sería más rápido.

En la plataforma superior, una mujer coqueteaba con un hombre gordo que también llevaba chaleco, símbolo de supervisor o jefe de área. En la obra trabajaba un operador de grúa lento e inexperto, que había sido futbolista en un país lejano del oriente. Sus compañeros lo respetaban, aunque lo habían visto fumar estupefacientes. Otra trabajadora era universitaria: malhumorada, descuidada y superficial. Le gustaba divertirse en fiestas, no valoraba sus pertenencias y se deshacía de ellas con ligereza. Dormía desnuda, y sus pies estaban fríos como un trozo de hielo. Había mucho por ordenar.

Más tarde abordamos un automóvil de color rojo descapotado, de tiempos antiguos. En los asientos delanteros iban dos personas; en la parte trasera, a la izquierda, se acomodaba un hombre muy gordo, y a su derecha, otro de mediana gordura. En el suelo, un hombre delgado con un maletín negro se resistía a subir, pero cedió ante la insistencia de sus tíos y primos. Con timidez se arrimó al costado del más corpulento, sintiéndose oprimido por la falta de espacio.

Le preguntaron de qué año era el coche. Respondió con desdén, asegurando que no era tan nuevo. Sus primos rieron con buen humor y replicaron que apenas tenía cuatro años de fabricación. En el trayecto, desde el lado derecho del automóvil, saludaron a dos mujeres de caderas anchas; la de la izquierda era aún más corpulenta que su compañera. Intercambiaron palabras con coquetería, dejando atrás antiguos pleitos. Sin embargo, ambas se portaron groseras con el hombre delgado.

Entonces el paisaje cambió. Me vi envuelto en el abrazo cariñoso de una mujer al finalizar una ceremonia en círculo, donde participábamos hombres y mujeres de distintos territorios. Entre ellos estaba una amiga paqo. Ella debía viajar para reencontrarse con su familia, pero dudaba, porque no tenía dinero para hacerlo. Entonces preguntó con voz segura:

—¿Quién puede ayudarme a encontrar el dinero?

En ese instante, un rayo eléctrico atravesó mi dedo medio de la mano derecha. Una visión se abrió ante mí: los ojos claros de un hombre, de barba larga, me observaban fijamente desde una casa rodeada de árboles y arbustos verdes. Sobre una mesa, dos niños vestidos con ropas ligeras jugaban con inocencia y luego salieron corriendo hacia la tienda de una mujer que estaba por cerrar, a comprar estampitas que brillaban como augurios de un destino ostentoso.

 

 

El Tras tatarabuelo

Desperté de un largo sueño a un hombre viejo, cubierto de canas y de tez trigueña. Lo moví con cautela para sacarlo con urgencia de su habitación. Había perdido la movilidad de las piernas y noté, con tristeza, que se había orinado en los pantalones. En ese instante ingresó su hija, que protestó airada porque lo había movido de su cama, exclamando que debía permanecer allí para participar en una ceremonia.

Afuera de la casa, hombres y mujeres armados con palos y herramientas clamaban justicia con la intención de lincharlo. El cerco de barrotes apenas contenía a la muchedumbre: antiguos trabajadores de la tierra despojados de sus propiedades. Ante la amenaza, decidimos huir, trasladando al anciano en una carretilla de pequeñas ruedas. Piedras y objetos llovían sobre nosotros, que apenas lográbamos esquivar.

Más adelante, otro grupo nos interceptó, golpeando a los familiares. Logramos escapar por un instante y refugiarnos en un ambiente improvisado donde debíamos decidir el siguiente paso. Al hijo mayor le pedí calma; pero él, furibundo, me replicó:

—Te pido por ley que te mantengas a cuarenta metros de distancia.

—Aquí no tienes autoridad —le respondí.

Decepcionado, renuncié a la tarea de acompañarlos. Ellos continuaron la huida, y yo observé cómo eran violentamente maltratados por los indignados.

Entonces comprendí que debía intervenir, porque aquel era mi destino. Saqué al anciano del tumulto y lo conduje hacia un lugar seguro, recorriendo construcciones de muros altos, hasta que alguien me abrió las puertas de una casa grande. Entré en calma por un pasadizo que conducía a una casita de madera. A través de una pequeña ventana observé a un cura vestido con ropas blancas, sentado en su silla. Toqué la puerta y, al verlo frente a mí, reconocí con asombro que se trataba del Papa León XIV.

Conmovido, le confesé que la multitud quería linchar al hombre viejo, sucio y vestido con harapos. El Papa, con la serenidad de un santo, pronunció:

—Bienvenidos, vamos a sanarnos.

Al volver la vista hacia mis espaldas, toda la muchedumbre permanecía de pie, en silencio, tranquila, dispuesta a volver a empezar.

 

 

EL retorno del tras tatarabuelo

En la sala de espera aguardábamos los resultados. Del techo colgaba un cable eléctrico que pendía como una serpiente dormida. De pronto cayó y electrocutó a un hombre desconocido; enseguida alcanzó a un amigo, raquítico y encorvado, que a su vez me lo colocó con violencia sobre la cabeza. El dolor fue tan intenso que casi me arrancó la gorra. Luego pasé el cable a otro hombre, dueño de una empresa constructora, que hablaba por celular; al sentir la descarga, lo sacudió con furia. Así jugamos entre todos, como si en cada sacudida recibiéramos una extraña bendición, electrocutándonos hasta el cansancio.

Afuera nos esperaba un mayordomo vestido con traje elegante, con la apariencia híbrida de un mono y un personaje cómico. Desde el interior de una oficina, un hombre con voz firme ordenó:

—Repartan el yogurt primero a los más desposeídos y luego a los demás, de acuerdo con el nivel de necesidad.

Abordamos un bus viejo, al que cargaron por la puerta trasera decenas de paquetes de yogurt, y comenzamos a repartirlos a las personas que aguardaban en fila. Una vez saciados, los beneficiados jugaron con lodo, como niños. Al pasar, alguien me manchó el pantalón por detrás; apuré el paso, de buen ánimo, para no convertirme en presa de sus juegos. Llevaba puesta una gorra anaranjada, distintivo de pertenencia al círculo de organizadores. Crucé una calle que corría de sur a norte, mientras bailarines desfilaban portando antorchas que iluminaban la oscuridad de la noche.

A las afueras de un mercado, varias mujeres se reunían en dos grupos que pronto se unieron formando un círculo. Caminé curioso cerca de ellas. Algunas vestían ropas negras y estaban maquilladas de negro; tranquilas, almorzaban sentadas en la vereda. A una mujer que atendía un quiosco le pedí azúcar rubia, pero en su lugar me sirvió un plato de sopa donde flotaba un mosquito. Sin decir nada lo retiré, pero enseguida encontró un palito que confundió con otro insecto. Se disculpó, me hizo un descuento y me cobró diez soles.

Seguidamente regresé a mi casa. En la parte superior de los muros se extendía un cable eléctrico. Cada vez que los gatos lo rozaban, se electrocutaban y huían despavoridos. El cable parecía tener vida propia, reaccionando al menor movimiento, como una serpiente de fuego que vigilara a los que intentaran cruzar.

 

 

La identidad perdida

Una mujer y su empleado contaban monedas y lingotes de oro en el almacén de una casa antigua, con patios espaciosos. Más adelante, en un segundo conteo, hallaron apenas unas pocas monedas de plata y tres sacos de quinua mezclada con granos de maíz. Llamaron entonces a otro hombre, encargado de llevar las cuentas en una libreta ajada, y confirmaron que habían sido robados. Tiempo después se supo que los ladrones eran un padre y su hijo, ambos vencidos por el vicio del alcohol.

En una playa paradisíaca, varios hombres jóvenes festejaban tocando instrumentos musicales de formas desconocidas, acompañados por sus mujeres, y celebraban el nacimiento de un bebé. Ellas vestían ropas de seda blanca, semidesnudas, irradiando una belleza que desbordaba el aire con un resplandor de gozo y armonía.

De pronto desperté de un sueño profundo. No recordaba nada, salvo el temblor de un presentimiento. Sospechosamente, una mujer desnuda se deslizó hacia la puerta, cubriéndose el cuerpo con un retazo de madera hallado en la pared, y salió de la habitación apresuradamente. Al revisar mis pertenencias descubrí que se había llevado mi documento de identidad, como si hubiera robado la memoria de mis raíces.

 

 

El cuti

Montado en mi moto, retornaba desde la frontera por orillas del lago por una carretera asfaltada que aún guardaba el brillo húmedo de la lluvia. De pronto, en sentido contrario, apareció una bicicleta adaptada con un pequeño motor que, a toda velocidad y con la determinación de una mala intención, me golpeó de costado y estuvo a punto de derribarme sobre el asfalto mojado. Sin darle mayor importancia, seguí mi camino hasta llegar a la esquina de una casa, donde un automóvil se había estrellado. Los paramédicos, con rostros tensos, trasladaban en camillas a los heridos rumbo al hospital. En mi interior comprendí que aquello no era un accidente más, sino un presagio: el anuncio de que se avecinaban días tormentosos y enfrentamientos con entidades surgidas desde las sombras.

Una noche descansaba recostado en mi pequeña cama, cuando irrumpieron dos niños traviesos que levantaron el colchón por el extremo izquierdo, queriendo hacerme caer al suelo. Desperté molesto y los reprendí con el rigor de quien defiende su íntimo refugio. Seguidamente, un viento sibilante irrumpió acompañado de una nube de mosquitos que, con violencia, destapó la colcha que me cubría. Sentí un frío agudo clavarse en mis rodillas, como si la helada de las profundidades de la tierra hubiese encontrado su morada en mis huesos.

Pedí a mis guías que ordenaran aquella energía intrusa y, de pronto, mi cuerpo se elevó con la ligereza de un soplo. Volaba por los aires con naturalidad, aunque, precavido, reduje la velocidad para no enredarme en los cables eléctricos que cruzaban como serpientes de luz los vacíos del camino. Fue entonces cuando escuché voces de discusión: una pareja de estafadores, hombre y mujer, pretendía escapar en un pequeño platillo volante de las acusaciones que los perseguían. Al descubrir sus intenciones, los atrapamos junto a sus víctimas, y tomé aquel artefacto para colocarlo sobre mi pecho, con el propósito de disolver su poder oscuro.

Pronto se reunieron más afectados, clamando justicia. Al desarmar el platillo, se precipitó al suelo una bolsa transparente repleta de billetes de dólares, fríos como la helada de invierno en las madrugadas de los Andes. Decidimos repartirlos, y alguien propuso hacer una lista en una computadora para entregar partes iguales a cada uno. Pero recordé que los billetes son símbolos de la frialdad que endurece el alma, y que dividirlos con exactitud sería traicionar el principio sagrado del ayni. Entonces invertí la mirada del mundo: lo de arriba descendió y lo de abajo ascendió, y nadie advirtió mi secreto modo de observar. Indiqué que cada cual tomara lo que su conciencia considerara justo, y que el resto quedara en manos de los estafadores.

 

 

La Waka Huanaq Qahuarin

En la entrada pastaban varios toros bravos, como guardianes ancestrales que ponían a prueba mi valor. Crucé con cautela, temiendo que en cualquier momento me embistieran. Era la morada de mis ancestros, un recinto de piedra y barro donde la memoria de la tierra parecía tener voz propia. Afuera, un hombre triste velaba junto a una tumba solitaria. Le aconsejé levantar la vista hacia el cielo y buscar en él la estrella de la Cruz del Sur. Al dar otro paso descubrí a dos personas más, cada una apostada junto a su propia tumba, como si aguardaran, inmóviles y pacientes, el rompimiento de una promesa de amantes.

Ingresé entonces a la casa. Hombres y mujeres danzaban con trajes antiguos de la comunidad, moviéndose en círculos interminables al compás de quenas y bombos, como si la música brotara de las propias paredes de barro. Un bailarín se me acercó y, con una sonrisa cómplice, me felicitó por mis suegros, insinuando que pertenecían a una familia importante. Sorprendido, recorrí los pasillos en busca de la mujer con quien estaba comprometido, pero sus huellas parecían borrarse en cada rincón, y no logré hallarla.

En la cocina, un hombre esbelto introducía un pollo aderezado en el horno y aclaraba que su cocción tardaría toda la tarde. Me recomendó colocar también los panecillos. En otra mesa, una mujer corpulenta amasaba panes con el fervor de un ritual: los sumergía en aceite hirviente, los sacaba y volvía a amasarlos, mezclándolos con azúcar hasta darles la forma de una galleta con silueta femenina. Murmuró que representaba a la Pachamama.

Quise imitar su arte, pero mis manos torpes no supieron. Opté entonces por algo más sencillo: una galleta modesta. Tomé los restos de masa, los reuní, los extendí con un rodillo sobre la mesa y los corté en pequeños cuadritos. Sabía que los ingredientes eran perfectos y confiaba en que, aun en su simpleza, honrarían a lo femenino.

 

 

El Ancestro olvidado

Cargué unas valijas en un taxi para regresar a casa, pero el carro tomó calles ajenas y, sin pensarlo mucho, decidí descender en medio del camino. El conductor me cobró seis soles y medio por el servicio; me pareció una tarifa abusiva. Con voz áspera me advirtió que, si no tenía el monto exacto, retendría mi equipaje hasta que le entregara la suma completa. Le pagué con malestar y, en silencio, pedí a mis guías que la justicia descendiera desde lo divino.

En un desembarcadero frente al mar, entre grúas corroídas y oxidadas que semejaban esqueletos de gigantes abandonados, encontré a un amigo dedicado al mantenimiento de embarcaciones pesqueras. Estaba acompañado de un grupo de hombres que me recibieron como si me hubieran esperado desde hacía años. Me invitaron a compartir conservas enlatadas de moluscos y, mientras yo miraba curioso el interior de la lata, me aseguraron que aquel alimento, al ser ingerido, abriría mis sueños como quien abre una puerta sellada. Confié en su buena fe y acepté.

Cuando desperté, me descubrí en un ambiente luminoso, sentado alrededor de una mesa inmensa. A mi lado había mujeres de ojos claros que decían provenir de tierras donde la nieve nunca se retira. Sus voces eran pausadas, casi ceremoniales, y comentaban que yo era hijo de otro compromiso del jefe de la fábrica: un hijo legítimo todavía no reconocido.

 

 

La deuda pagada

En las afueras de una casa antigua que un profesor había alquilado para alojar a sus trabajadores, uno de ellos se resistía a entrar por miedo a encontrarse con almas en pena. Le sugerí soplar tabaco en los rincones para armonizar el ambiente. Sin que él lo supiera, sus compañeros le ofrecieron un vaso de refresco mezclado con somnífero para que durmiera sin inquietudes.

La casa, olvidada por el tiempo, fue sacudida por una limpieza febril: barrieron con escobas nuevas y cambiaron los muebles como quien cambia la ropa a un enfermo que se aferra a la vida. Entre los desechados hallé uno de color beige, todavía en buen estado, y lo cargué sobre mis hombros rumbo a mi habitación, situada en el fondo de la misma casa. Crucé los pasadizos oscuros con el peso a cuestas, pero al llegar descubrí que el cuarto estaba abandonado, con el techo a punto de desplomarse. Dudé de que fuera el mío y continué hasta otro, frente a un patio estrecho rodeado de habitaciones tétricas y en ruina. En su puerta colgaba un candado con las llaves aún puestas. Entré, pero el vecindario me resultó desconocido, como si jamás hubiera vivido allí.

Decidí entonces regresar con el mueble, pero en el trayecto se enganchó en una cuerda de tender ropa que atravesaba el patio de esquina a esquina. Mientras luchaba por liberarlo, aparecieron una niña y una mujer que me ayudaron a desenredar el cordel. Otra mujer se unió a la tarea. Fue entonces cuando la niña, con una solemnidad impropia de su edad, me pidió que donara seiscientos soles para una causa benéfica, asegurando que podía hacerlo sin que mi economía se resintiera.

Poco después ingresé en una tienda enorme, repleta de instrumentos musicales de buena calidad, donde los dueños —un empleado de banco y su socia— exhibían precios altos que parecían imposibles. Busqué quenas parecidas a las mías, pero no hallé ninguna. Crucé los pasadizos como quien recorre un laberinto de sonidos sin alma.

Al caer la tarde, acompañé a una familia —padre, madre e hijo— a un parque de diversiones atiborrado de gente. Habían alquilado un carrito arrastrado por un toro, y al finalizar el paseo el padre me pidió que lo devolviera a su dueño. Acepté gustoso, pero cuando intenté entregarlo descubrí que el toro se había transformado en un cerdo. Al hallar a la supuesta dueña, esta negó que fuera suyo y se rehusó a recibirlo. Irritado, lo dejé en su corral y me marché.

 

 

En busca de la maestra

Arribamos a una casa en un pueblo pintoresco de la sierra, donde las calles ascendían con suavidad. Cada uno de nosotros se acomodó en una cama para pasar la noche, pero yo, consciente de mi labor de encontrar a la maestra faltante, insistí en tener la mía propia. La encargada de la logística, al notar mi incomodidad, sugirió buscar otra casa en el mismo pueblo. Le recordé que era su responsabilidad organizar y prever esos detalles. Ella, paciente y servicial, aceptó mi pedido con una sonrisa.

Más abajo, en la misma calle, hallamos una casa color beige con marcos marrones. Tocó la puerta entreabierta; nadie respondió, y entró con la naturalidad de quien cruza el acceso de su propio hogar. La seguí por detrás, y desde el fondo del pasadizo una voz de mujer respondió, fuerte como una ola del mar: toda la casa estaba disponible. La consideré demasiado grande para mí solo. En la esquina de la manzana nos ofrecieron otra opción: una vivienda donde alquilaban una habitación a cambio de cuidar un perro.

Seguimos explorando alternativas. Me recomendaron ubicar al supervisor, un periodista cuya presencia me resultaba vagamente conocida. Me dijeron que visitaba el proyecto de vez en cuando y que la casa donde se alojaba permanecía desocupada la mayor parte del tiempo: amplia y cómoda, aunque en medio de la selva. Aquello me desanimó: estaba demasiado lejos, y tendría que trasladarme en bicicleta todos los días.

Más tarde, en la ciudad de calles rectas y ordenadas, caminé junto a un hombre que acostumbraba reunirse cada fin de semana en un bar con sus amigos. Nos siguieron dos perros amistosos, pero al dar vuelta en una esquina desaparecieron como sombras. Le pedí a mi compañero que los buscara mientras yo proseguía por una calle angosta que desembocaba en una avenida amplia, bordeada de edificios. Allí desfilaba un carro alegórico: sobre un camión de plataforma, adornado con telas multicolores, viajaban mujeres con ropas brillantes y festivas. La escena me pareció simulada, como si la fiesta escondiera un secreto. Mi amigo se acercó a saludar a una de ellas; se reconocieron, y yo, desde la distancia, percibí que aquel encuentro carecía de sinceridad.

En la parte final del recorrido apareció un desfile escolar. Quise fotografiar a los alumnos, que pertenecían a un colegio privado. Sin embargo, me desanimé, dudando de que alguien quisiera comprar las imágenes, aunque en el fondo sabía que sí lo harían.

De pronto, un actor que me agradaba por sus ocurrencias en una serie televisiva surgió con la ropa sucia y arrugada. Un profesor me pidió que planchara su pantalón, y aproveché para planchar también el mío. Al hacerlo, unas monedas rodaron de mi bolsillo, como si buscaran ser vistas. Acto seguido me invitaron a participar en la práctica de ejercicios aeróbicos junto a otras personas en el mismo ambiente, como si la vida misma reclamara acción y movimiento.

 

 

El valor de la sinceridad

Viajaba en el asiento trasero, rodeado de tres mujeres hermosas. Tras cumplir con una tarea exitosa, regresábamos en automóvil, alegres, y yo había felicitado a cada una por el logro alcanzado. En la parte delantera, junto al copiloto, otra mujer de carácter sobrio me observaba con dureza. Con gesto descontento me reprochó la felicitación, pues la consideraba falsa. Entonces recordé, con la claridad amarga de una revelación, que en el fondo no era más que una interesada, algo que por un instante había olvidado.

Tiempo después, sentado con tranquilidad, viajaba hacia la ciudad capital en el primer nivel de un bus de dos pisos. De pronto, un hombre de porte militar y actitud temeraria comenzó a sujetar los hombros de la conductora, apenas una adolescente. Su comportamiento me irritó, y decidí pedir ayuda a los pasajeros del segundo nivel para que lo hicieran desistir. Sin embargo, descubrí con angustia que mi voz era muda: apenas lograba articular palabra.

En ese momento ingresaron dos hombres y una mujer —pareja de uno de ellos—, trayendo un respiro de calma. No obstante, al descubrir en un rincón una congeladora con botellas de cerveza, quisieron beber. Les advertí que no podían hacerlo, pero el hombre temerario reapareció en la cabina e intentó incitarlos a libar. Ellos dudaron de mi advertencia hasta que, con voz firme, les aseguré que, si se atrevían, los haría detener en el siguiente puesto policial. Uno de ellos recapacitó, comprendiendo la trampa en la que estaban a punto de caer. Finalmente, renunciaron a la tentación y nos tomamos de las manos, sellando nuestra amistad.

Llegamos a las periferias de la ciudad, un lugar que, decían, pertenecía a la Independencia. Cada pasajero descendió con su equipaje. Al abrir mi maleta descubrí varios pollitos, a los que añadí una botella de chicha de maíz. Escuché su piar suave y cerré de inmediato para que no escaparan. El hombre militar abandonó el bus, pero antes de marcharse me lanzó una señal burlona, como si quisiera decirme en silencio que yo le temía.

Enseguida busqué a una mujer con la que debía encontrarme. Avancé por una calle oscura, repleta de bares y discotecas, moviéndome con sigilo, temeroso de ser asaltado por algún delincuente. Me alejé de esos antros hasta desembocar en una avenida amplia, atestada de niños que aguardaban la llegada de un artista famoso. Estaban apretujados tras barandas metálicas que les impedían avanzar. Yo tampoco podía salir del jaleo y me avergonzaba pedir permiso.

De pronto, una parte de la baranda cedió y varios niños cayeron al suelo. Los organizadores, angustiados, se apresuraron a despejar la avenida, y en ese instante aproveché para escapar del centro de la multitud. Un hombre con un niño sobre los hombros se burlaba de los guardias de seguridad lanzándoles una pelota. Uno de ellos lo reprendió con firmeza. Yo intenté avanzar hacia la parte alta de la avenida, pero me encontré con tribunas abarrotadas de gente que esperaba al artista. Toda la vía estaba ocupada, sin resquicio para continuar.



El empoderamiento

Cargado con una mochila bonita en la espalda y otra en la mano, recorría una calle solitaria de paredes blancas en busca del servicio urbano que me llevara al terminal de buses, con la intención de viajar al pequeño pueblo olvidado del bisabuelo. Tras una larga espera apareció una que me condujo hasta un paradero próximo, donde debía abordar otra hacia mi verdadero destino. Pasaron varias unidades, todas repletas de gente y sin rumbo claro, hasta que llegó una unidad móvil pequeña con un letrero que decía “Terminal”. Subí apresurado y me senté detrás de la conductora. Frente a mí viajaban dos mujeres: una joven y una anciana que ocupaba el asiento junto a la puerta. Para no incomodarlas, me acomodé de cuclillas, pero la anciana, con ternura, se arrimó hacia su compañera y me cedió un espacio en su asiento.

En el camino subió un hombre que, con un gesto inusual, acarició mi mochila. Al sentir su mano me recorrió una desconfianza áspera, de que quería robarme. En una esquina descendió apresurado, entregándome dos monedas como si yo fuera el cobrador. La conductora, agradecida, las tomó con premura junto con una moneda de un sol que yo llevaba en la mano.

El viaje se volvió extraño. La conductora se negó a continuar su ruta habitual alegando que no había pasajeros. Entonces subió otro hombre que también dijo querer ir al terminal. El carro, viejo y sin luces intermitentes, tomó un camino alterno por un pasaje estrecho. Descendimos por unas escaleras hasta quedar atascados en un callejón sin salida. Decidimos regresar por donde habíamos entrado, y yo la ayudé a cargar el carro como si fuera un juguete liviano.

Durante el trayecto, la conductora, con un cinismo que rozaba el orgullo, se jactaba de su buen trabajo; y al encontrarse con una mujer, la increpó con dureza para que dejara de hablar mal de ella.

Bajo la oscuridad de la noche crucé una alameda iluminada por postes de luz. En los pequeños muros de concreto que bordeaban los jardines, grupos de gente bebían licor, algunos de ellos fotógrafos de parque que abandonaban su oficio al caer la tarde. A lo lejos, una mujer corpulenta reprendía con severidad a su hijo, que iba sobre los hombros de su padre. El niño, con asombro infantil, preguntó:

—¿Esto es la aduana?

Uno de los fotógrafos se quejaba de su jefe con voz cargada de decepción. Decía que lo llenaba de elogios, lo adornaba con calificativos rimbombantes y le prometía beneficios que nunca cumplía. Ni siquiera reconocía a su segunda mujer. Prefería encargar los trabajos importantes a otro compañero. Lo escuché con paciencia y le aconsejé que se atreviera a exponer su malestar frente a su jefe, para así decidir con claridad el rumbo de su destino.

 

 

Waka Paucartambo

A través de la ventana de un bus reconocí a una mujer entrada en años. Cuando era joven, mucho tiempo atrás, le había tomado fotografías en ropa de baño sobre la arena ardiente de una playa del mar austral. Era de aquellas mujeres que buscaban la compañía de hombres adinerados. Al verme, se sintió ofendida y comenzó a señalarme, preguntando cómo podía atreverme a mirar a una mujer mayor con intenciones eróticas. Sorprendido, preferí ignorarla para no desatar un enfrentamiento. Fingí dormir bajo mis lentes oscuros. El bus se detuvo por un instante y ella continuó vociferando, alegando que yo necesitaba un castigo. En su furia mandó a su perro para que me atacara; al no lograrlo, se acercó ella misma a la puerta del bus, intentando subir sin conseguirlo.

Poco después, un turista llegado de territorios sureños empezó a filmar con su teléfono a una mujer. Ella, al darse cuenta, se irritó porque no le había pedido permiso, y estalló una discusión. Me pidieron opinión y les sugerí que borrara la grabación; con ello se dio por cerrado el asunto. Ambos me agradecieron, y al instante apareció otra mujer que, por el contrario, estaba dispuesta a que le hicieran un video.

El bus avanzó hasta pegarse a un edificio de ventanas amplias y vidrios oscuros. En su interior celebraban una fiesta: hombres y mujeres bebían licor sentados alrededor de las mesas. Yo alcé la mano desde mi asiento para saludarlos con la botella que sostenía, como si nos uniera un brindis invisible. Una ventanita pequeña se abrió, y desde allí me ofrecieron varias botellas de agua y un martillo grueso de jebe. Compartí las demás botellas que me alcanzaban con los otros pasajeros, pero ellos las recibieron con desgano, sin interés, como si aquella fiesta que brillaba del otro lado de los vidrios no tuviera nada que ver con sus vidas.



La renovación

Compartía la habitación con uno de mis hermanos, burlón y travieso. De tanto molestarme, terminé quejándome a mi padre, quien, con determinación, le dio tres azotes con un látigo para corregirlo. Algunos vecinos protestaron al presenciar aquella escena, alegando que esos métodos ya no se practicaban en la actualidad.

Poco después descubrí que mi hermano usaba a escondidas mi pantalón desde hacía tiempo. Al reclamarle, se burló de mí como si nada le importara. Entonces acudí a mi madre para que lo reprendiera y lo obligara a devolver la prenda. Ella fue hasta él y le bajó los pantalones, pero estaba demasiado cansada para darle su merecido. Mi padre reapareció y le propinó otros tres latigazos. Enojado, aproveché para darle yo una palmada en el rostro. Luego, en un gesto de reconciliación, comenzamos a danzar como símbolo de confraternidad y del cierre de un ciclo de usurpación.

Mi hermano se retiró de la fiesta y se fue a deambular, hambriento y solitario, por un mercado. Al encontrarlo, lo reprendí severamente y le pedí que se vistiera con una camisa a cuadros de color azul o rojo.

Al volver a casa encontré, sobre un pequeño muro, dos filosos cuchillos que relucían. Pensé en los niños que podían pasar por allí y herirse, y los guardé con cuidado en la cocina. Por una esquina derrumbada del cerco ingresaron varias ovejas. Al intentar ahuyentarlas, se transformaron en gallinas y patos. Reconocí a uno de ellos como propiedad de un vecino; lo separé para entregárselo personalmente, mientras al resto intentaba sacarlos. Los animales, al querer retirarse, quedaban atrapados entre grietas y piedras. Los ayudé levantándolas, aunque algunos ya estaban muertos. Continué con la tarea hasta que una plaga de piojos comenzó a trepar por mis brazos; salté de inmediato para librarme de ellos.

Al terminar, me acerqué a la orilla de un mar levemente agitado. Allí apareció un hombre delgado, con ropas anchas y una chuspa cruzada en el pecho, que entró en las aguas sin miedo hasta sumergirse casi por completo, llevando consigo cuatro bandejas de flores blancas. Al salir, el lado derecho del mar, desde donde yo lo observaba, se secó como los llanos de un desierto. Pensé que quizá las aguas, en su vaivén eterno, devolverían aquellas bandejas a la orilla.

En un abrir y cerrar de ojos regresé a casa, como si una ceremonia hubiera concluido. Recogí algunas flores de distintos colores, entre ellas gladiolos que ya habían perdido su brillo, y las reuní en un macetero de plástico. También había flores fragantes que permanecían intactas en el jardín. Al verlas, una mujer preguntó cuánto costaban; respondí que entre cinco y quince soles. Pronto mi casa estaba repleta de flores en los jardines.

Entonces llegó una adolescente trayendo cinco bandejas de flores blancas, semejantes a las entregadas al mar. Le pedí que me dejara una, pero prefirió dejar todas, orientándolas hacia la salida del sol. Observé con detenimiento las bandejas: las flores estaban alineadas, ordenadas una tras otra con exactitud.

En el patio trasero, dos mellizos —un hombre y una mujer— jugaban en un columpio improvisado, cuyas sogas habían amarrado a la viga de una casa de madera abandonada. De pronto, al mirar hacia el oriente, un huracán comenzó a levantarse, derribando los arcos de heno almacenados en las casas vecinas y esparciéndolos con furia por los aires. Nos acurrucamos en un rincón para evitar ser arrastrados, y por un instante el vendaval casi se llevó consigo a uno de los adolescentes. Sentí entonces que él había provocado irresponsablemente aquel accidente y lo reprendí con severidad.

 

 

El llamado de los vientos

Con el teléfono celular en la mano, frente a una mujer, me avergoncé al recibir una llamada de larga distancia. Dudaba si debía expresar la emoción que me embargaba en ese instante, y preferí soltar una frase sencilla que me dejó salir airoso: saludos desde mi pueblo.

Del otro lado escuché la voz de un amigo leal en su trabajo, y de inmediato su jefe intervino con una pregunta:

—En la ciudad de los vientos, ¿trabajan con calefacción?

Respondí afirmativamente. Él comentó que mis compañeros no sabían usarlas y estaban malogrando las máquinas. Luego, con voz seria, reconoció que yo era un buen trabajador y me comunicó que me considerarían para futuros proyectos. Aproveché la ocasión para preguntar por el saldo del sueldo de la quincena y pedí que fuese incluido en el pago del mes siguiente.

Ellos continuaron hablando entre sí, como si hubieran olvidado mi presencia. Supuse que la llamada había concluido y decidí colgar, pero no fue posible. Pensando que era una falla del teléfono, lo apagué. Entonces, sorpresivamente, escuché al jefe despedirse con una frase breve:

—Te estaremos llamando.

Me quedé sentado, con el corazón contento. En ese momento un hombre se acercó y me dijo que tenía la espalda encorvada. Inmediatamente reaccioné, enderezándome con una respiración profunda que descendió hasta la ingle. Él me miró y añadió:

—Tienes más años de los que aparentas… así es como se rejuvenece.

 

 

Los Programadores

La ciudad, erguida a orillas del lago, se preparaba para recibir a numerosos artistas llegados de tierras lejanas. El propósito era forjar alianzas y fortalecer lazos de amistad. Arribamos con un grupo de compañeros; junto a un amigo me hospedé en una casa mediana, mientras al resto los acompañamos a un hotel de varios pisos.

De pronto, irrumpieron hombres armados con fusiles, furiosos, exigiendo que abandonáramos la ciudad. El enfrentamiento estalló y mis amigos los persiguieron por las calles aledañas. Indignado, el líder de nuestro grupo propuso acudir al jefe de aquellos hombres. Subimos por las escaleras del mismo hotel hasta lo alto, donde se hallaba la oficina de la máxima autoridad. Antes de entrar, cada compañero me entregó su documento de identidad. Solo dos ingresamos. Le relatamos lo ocurrido y pedimos ayuda militar para encontrar y castigar a los delincuentes.

El jefe, un hombre de rasgos orientales, nos respondió con tono sereno que aquello era un simple ajuste de cuentas y no correspondía intervenir.

Seguidamente ingresamos a un complejo acuático iluminado, con varias piscinas donde se bañaban los soldados. Antes de entrar formaban una fila desnudos, cubriendo sus partes íntimas con pequeñas toallas. La prueba consistía en atravesar un espacio cerrado para salir a una piscina de gran tamaño. En lengua aimara, el instructor llamó en voz alta al grupo de los Jamañkaras, que significa “potos pelados”, para que se presentaran a la fila. Uno a uno, los reclutas se sumergían en el pozo.

Desnudo, caminaba de un lado a otro sin saber a qué grupo unirme. Entonces aparecieron dos amigos ingenieros de los tiempos de la construcción. Decían pertenecer al grupo de los programadores, y caminé junto a ellos. Nos acercamos al pozo con aguas burbujeantes en el fondo. Cada uno se fue sumergiendo. Al llegar mi turno, inhalé todo el aire que pude y me lancé de cabeza. Sumergido en sus aguas lechosas durante unos segundos, me asusté al no hallar la salida. Más adelante, el túnel comenzó a aclararse y aceleré mis movimientos para no quedar ahogado.

Después del baño nos vestimos con ropa en una fila de vestidores blancos, pero en mí persistía la inseguridad: como si aquel ritual no bastara para sentirme seguro de mis talentos.

Mientras caminaba por la plaza de la ciudad, encontré a otros dos amigos ingenieros. Al enterarme de sus talentos me sentí incapaz de enfrentar las exigencias de un programador. Pensé que era necesario estudiar en la universidad, pero una voz profunda surgió desde dentro de mí y me susurró que ya conocía el lenguaje de la programación, que era capaz de ordenar las intrincadas raíces de un árbol.

 

 

Las raíces lejanas

Al atardecer, cuando el sol se inclinaba hacia el horizonte, subí apresurado, junto a dos de mis hermanos, las escaleras que conducían a la azotea de una institución de estudios. Allí, numerosos estudiantes realizaban pruebas de vuelo con drones de todos los tamaños, algunos provistos de pantallas táctiles. En especial, un grupo se esforzaba para lograr que despegara un dron del tamaño de una persona.

Seguidamente abandoné la azotea y recorrí un túnel oscuro que desembocaba en una cancha de fútbol de césped amarillento. A un costado, un joven paqo presidía una ceremonia antes de iniciar los juegos deportivos. Me acerqué a ayudarlo en los preparativos, siguiendo con respeto sus indicaciones: coloqué una ofrenda en el centro, y una mujer puso otra junto a la mía. Sentado sobre mis piernas, realicé reverencias, inclinando el cuerpo varias veces.

De pronto, el cielo comenzó a nublarse y un trueno retumbó con fuerza: los Apus habían dado su aprobación. Terminada la ceremonia, nos ubicamos a un costado de la cancha. Pedí a la mujer que se colocara a mi lado izquierdo. El organizador de los juegos, sorprendido, me dijo que lo había hecho de manera distinta, refiriéndose al proceso ritual. Y con gesto de conformidad, declaró su agrado.

 

 

Las memorias olvidadas

Llegué a lo alto de una ciudad extranjera con forma de olla y recorrí los alrededores de un mercado donde los puestos de ropa se extendían como un enjambre interminable. Estaba perdido y con miedo, buscando el paradero de buses para regresar. No me atrevía a preguntar a nadie, temiendo que descubrieran que no llevaba documentos que me permitieran transitar libremente por esas tierras. Más adelante me aparté con rapidez al notar que dos policías hacían sus rondas. Sin salida, reuní valor y pregunté a un hombre que pasaba cerca; me indicó que siguiera por la misma calle. Exhausto, me senté en un banco del parque y, para mi sorpresa, el mismo hombre volvió a aparecer. Esta vez me señaló una calle distinta para continuar. Seguí sus consejos, pero solo encontré un descampado. Sentí que me había engañado y el día estaba por terminar.

De regreso, por otro camino, encontré dos pequeños buses que aguardaban llenar sus asientos antes de partir. Tranquilizado, aproveché ese respiro para acercarme a un mercadillo de artefactos eléctricos, acompañado de dos mujeres y tres varones. Pregunté por el precio de cámaras fotográficas y repuestos de automóvil, mientras mis acompañantes, caminando en pareja, conversaban distraídos y de buen humor.

En una cancha encontré a un hombre experto en artes marciales que luchaba contra otro: montado sobre los hombros de su contrincante, le torció la cabeza sin piedad hasta degollarlo. Luego apareció su cómplice, un hombre con cabeza de felino, que devoró aquella cabeza cercenada como si bebiera la memoria de su adversario. Decían los antiguos que esas batallas existían desde tiempos remotos: algunas se prolongaban durante horas interminables y otras se resolvían en un parpadeo.

El escenario volvió a encenderse de expectativas. Un hombre vestido con ropas multicolores, semejantes a las de las regiones asiáticas, cayó abatido sobre una estaca que le traspasó el pecho. Aún respiraba, mirando al cielo con sus últimos alientos, tendido con los pies hacia el norte y la cabeza hacia el sur. Su compañera, con atuendos semejantes, se acercó y, en un acto de fidelidad, se arrojó sobre él, dejando que la misma estaca atravesara ambos cuerpos. Antes de morir, retiró una chuspa de su cuello y la entregó al vencedor: un combatiente exhausto que apenas lograba levantarse tras los golpes recibidos.

 

 

El cierre de un ciclo

Una pequeña mujer a la que conocía, que caminaba libremente en un parque al que recién había llegado, se quejó de acoso porque yo había tomado su cuerpo con sensualidad por detrás. De inmediato intervino un policía para reprender aquel comportamiento. Frente a nosotros, bajo un árbol donde jugaba un grupo de niños, disparó su escopeta contra una muchacha que, en pocos instantes, fue poseída por fuerzas oscuras. La joven, en trance de furia, atacó al policía, que ya no tenía municiones para defenderse. Entonces apareció un hombre que la conocía de cerca y, con voz firme, trató de devolverla a la calma. Le recordó que entendía su dolor porque en la niñez había sido violentada, y con ese gesto buscaba recuperar su esencia humana.

Más adelante, varias personas luchábamos por conseguir una camiseta colocada en una ruma, condición necesaria para abordar un bus que se iba de viaje. Cada quien debía encontrar la prenda que le correspondía. En el tumulto no hallé la mía, y desde lejos alguien anunció que luego la devolvería. Con firmeza respondí que los alcanzaría después, pues sabía que con mis ejercicios en otro lugar obtendría el dinero suficiente para comprar mi propia camiseta. Me elevé entonces, volando sobre una escoba. Una mujer de cabellos rubios apareció detrás de mí, también volando; reía de sí misma.

En una habitación iluminada, sobre un piso de madera, recordaba historias pasadas junto a una mujer con la que había trabajado años atrás. Ella coqueteaba conmigo, dedicándome una canción romántica. Entonces irrumpió un hombre furioso que se presentó como su novio. Me felicitó con sarcasmo e insinuó que había tenido intimidad con ella, asegurando incluso que poseía un video. Lo escuché en silencio, esperando que se calmara. Luego, dirigiéndome a su amigo, le dije que ya había perdido a su amada por desconfiar de su integridad. Él, lejos de apaciguarse, se enfureció aún más.

Más tarde entré en un local descuidado y desordenado, con el piso cubierto de paja molida. Allí atendía una hermosa mujer que vendía snacks y otros alimentos. Vi que no tenía tiempo para limpiar y, con espíritu desinteresado, comencé a barrer, juntando las virutas en un saco de yute que luego llevé a la calle.

Al regresar, encontré a otra mujer y a un hombre limpiando los estantes. Sin reparar en mi presencia, se quejaban de lo sucio que estaba el piso, como si ignoraran el estado en que había estado antes.

En un bus de servicio urbano viajaba junto a una mujer que caminaba apoyada en un andador. El conductor era un paqo al que conocía desde años atrás, y el cobrador, un amigo que no nos cobró pasaje. Al llegar al paradero, la mujer descendió sin los andadores: esta vez ya no los necesitaba. El bus giró en U y regresó por donde había venido, como señal de un ciclo que había llegado a su fin.

 


Glosario

 

· Apu(s) – Espíritus tutelares de las montañas.

· Ausangate – Apu protector de toda la región sur de Perú

· Aimara – Lengua de los pueblos a orillas del lago Titicaca

· Ayni – Reciprocidad, compartir

· Chakana – Cruz andina, puente entre los 3 y 4 mundos

· Challar – Bendecir con una bebida

· Chaupi Orqu – Apu donde se reúnen los Apus y Ñustas

· Cheq’a thaqui – Camino izquierdo

· Chicha – Bebida fermentada a base maíz, quinua u otro

· Chojña – Verde

· Choquechaca – Ñusta, puente femenino

· Choquequilla – Waka de los ancestros

· Chullo – Gorro tradicional andino

· Chuspa – Bolsa pequeña tejida de lana

· Coca mama – Madre coca

· Cocha – Laguna

· Copacahuana – Waka oráculo

· Cuti – Retornar energías densas a quien lo originó

· Despacho – Ofrenda andina para ofrecer a las deidades

· Huanaq Qahuarin – Waka principal de la ciudad de Cusco

· Huayna – Joven

· Illapa – Apu del Rayo

· Inca – Soberano del Tahuantinsuyo

· Incuña – Tela ritual tejida de lana

· Inti – Padre sol.

· Inti Raymi – Fiesta del Sol

· Jamañkara – Poto pelado o grupo étnico.

· Janqu – Blanco

· Janqu auqui – Padre con canas

· Janqu tayca – Madre con canas

· Karpay – Ceremonia de Iniciación

· Kuya – Piedra consagrada

· Laika(s) – Brujo, hechicero oscuro

· Lloque – Lado izquierdo

· Mama – Figuras femeninas sagradas (ej. Coca Mama).

· Misti – Apu joven, es un volcán activo

· Ñusta(s) – Princesas del agua o montaña, espíritus femeninos

· Pachamama – Madre Tierra, madre cósmica

· Paña – Lado derecho

· Paqo – Sacerdote andino

· Paucartambo – Pueblo a la entrada de la selva

· Pijchar – Masticar hojas de coca

· Puma uta – Casa de pumas

· Putuputuni – Apu con cuevas

· Q’ero – Comunidad de sacerdotes de Cusco

· Qalasasaya – Templo del Tihuanacu

· Qamaña – Vivir, espacio para pernoctar.

· Qhapia – Apu protector de Yunguyo, antiguo volcán de agua

· Qoto mama – Las Pléyades

· Quana – Ñusta protector de Yunguyo

· Queñua – Árbol originario

· Quintu(s) – Hojas de grupos de 2, 3, 4, 6 para ofrendar.

· Qullana – Jefe de una región

· Raqchi – Waka de Wiracocha

· Salkantay – Apu con energía salvaje

· Sinakara – Apu del lado izquierdo

· Taipi – Centro, medio

· Takana – Ciudad de la costa

· Tatito – Diminutivo de Tata

· Tihuanacu – Waka de la portada del sol

· Titicaca – Lago sagrado entre Perú y Bolivia.

· Tunupa – Apu guía de los yatiris

· Umantu – Princesa del lago Titicaca

· Wachuma – Planta maestra, San Pedro

· Waka – Lugares, templos o entidades sagradas.

· Wallata – Ganzo de los andes

· Wamanlipa – Apu protector de comunidad Q’ero

· Warawara – Estrella

· Wichinqallu – Apu Amauta, maestro

· Willka – Divino o padre sol

· Willka warawara – Planeta Venus

· Wiñay Pacha – Mundo eterno, día de los muertos

· Yatiri – Sanador andino, guía espiritual.

 

Nota: Estas palabras aimaras y quechuas son los que se conocen en esta zona del lago Titicaca y en algunas partes de Cusco. En otras regiones, ciertas palabras pueden tener un significado distinto.


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